jueves, 23 de mayo de 2013

¡Hoy me morí!



Videoblog: ¡Hoy me morí!


Tan solo se necesita amor
John Lennon




Pero no hay de qué alarmarse. No fue nada grave, ni siquiera algo doloroso, tampoco dramático ni molesto. Simplemente se apagó la luz. No vi nada más, tampoco sentí cosa alguna, ningún ruido se escuchó, el aire simplemente se aquietó. Además fue muy interesante: no tenía angustia, miedo ni nostalgia, tan solo desaparecieron las sensaciones, los recuerdos y los anhelos. Perdí por completo el interés en el pasado, el presente y el futuro. Ni siquiera sentía hambre. Un neurofisiólogo diría: “muy sencillo, hombre, se interrumpieron todas las aferencias hacia el cerebro, dejó de fluir la información que se dirigía hacia el sistema nervioso central, un tejido muy ávido por el oxígeno y la glucosa, de modo que luego de interrumpir su irrigación el cerebro empieza a degradarse rápidamente y entre más tiempo pasa, más se deteriora, pierde la capacidad de construir percepciones, se desmantelan las memorias, hasta que por último desaparece por completo la capacidad de regular el cuerpo”.

De modo que, con todo conocimiento de causa, puedo informar que la muerte solo le importa a los que siguen vivos. Desde el punto de vista de nosotros los difuntos da igual si el mecanismo del fallecimiento, como dicen los médicos legistas, fue a causa de un accidente de tránsito o aéreo, si fue un infarto o un derrame cerebral, si se trató de una cuchillada o de un balazo, incluso, si el deceso fue lento o súbito. No importa. Morir es como apagar un interruptor. Pero el hábito de vivir es muy arraigado, el único paraíso es el que ya se perdió.

Solo escuché una voz masculina y solemne:

-En conclusión, luego de oír su punto de vista, después de recabar información, pruebas y demás, puedo decirle que lo declaramos inocente. Tiene vía libre para seguir con su camino hacia el cielo –continuó con su tono serio y muy bien articulado, aun cuando ahora un poco dubitativo, este señor desconocido se dirigía a mí-. Pero no hay de qué alegrarse, el margen a su favor fue estrecho luego de una controversia amplia. Aun cuando parece ser una buena persona, en líneas generales, de todos modos no dejó una muy buena impresión entre las mujeres que lo conocieron íntimamente.

Luego se aproximó una anfitriona, de edad indescifrable y de facciones inofensivas, traía un papel en la mano derecha en el que podía leerse mi nombre en el encabezado. Simplemente me dijo:

-Sígame por favor.

Caminamos por un corredor largo, y muy transitado por personas afanadas, como si estuvieran en un aeropuerto internacional. Noté que, indudablemente, las filas más populosas eran las que se dirigían hacia los mostradores en los que podía leerse “Cristianismo”, o cualquiera de sus vertientes, junto con la de los musulmanes. Las demás, es decir judíos, taoistas, chintoistas y budistas, por ejemplo, eran mucho menos concurridas. Tal vez el éxito de las religiones cristianas se deba a que se trata de ideologías románticas en las que hay una lucha entre el bien y el mal, y por lo general triunfan los buenos. De todas maneras me contuve, no sabía que me esperaba allí, entonces identifiqué dos hileras de longitud moderada, una era para los agnósticos y la otra para los ateos. Elegí la de los agnósticos. Y cuando por fin me atendieron en el mostrador, trascribieron a un hermoso computador último modelo los datos del formulario que traía la anfitriona en la mano derecha, el funcionario marcó mi hoja con una cinta roja adhesiva. Supe que había problemas.

Ahora apareció un guardia de seguridad gigantesco, armado, acompañado de un gran perro negro con bozal. Sentí terror sagrado. Me preguntó:

-¿Habla español?

-Sí –respondí preocupado.

-Sígame, por favor.

Caminé a su lado durante un buen rato. Veía incontables caras desconocidas ir y venir, pero curiosamente nadie tenía equipaje. Hasta que por fin llegamos a una gran puerta de vidrio esmerilado. Se trataba de un lugar identificado con el nombre anodino, aun cuando amenazante, de “Centro de Investigaciones y Procesamiento” en letra pequeña debajo de las siglas CIP y de un emblema que me hizo recordar la báscula que representa la justicia. El guardia abrió el portal con una tarjeta plástica blanca con una banda magnética al respaldo. Cuando la cruzamos me ordenó con cortesía fingida que esperara sentado en un tándem frente a un televisor de pantalla plana empotrado en la pared. Me quedé petrificado. El lugar se parecía mucho esas estaciones de policía en el Bronx que tanto se ven en las películas de gánsteres. Al cabo de un buen rato oí mi nombre por el altavoz, y a continuación la mujer de voz electrónica dijo:

-Por favor diríjase a la sala número seis.

Obedecí.

Se trataba de un espacio pequeño con una ventana al fondo. Se veía el día veraniego. Alrededor de la mesa larga situada en el centro, había un grupo de hombres y mujeres, todos mayores que yo. Me miraron de pies a cabeza con desconfianza. Me sentí intimidado. Entonces un señor, tal vez el mayor de todos, me dijo:

-¿Cómo está?

-Buenas tardes –tartamudeé.

-Somos el comité que investigará su vida y procesará su solicitud para seguir adelante con el viaje después de la muerte hacia el cielo. Siga, siéntese.

-Gracias.

-Sabemos que usted ha muerto, de manera que las redes de células nerviosas que conformaban su cerebro se han desvanecido para toda la eternidad. Dentro de poco formarán parte del polvo que una vez fue su cuerpo. De manera que su testimonio no tiene valor en esta diligencia porque sus recuerdos y experiencia se perdieron con ellas. Pero con el progreso, y luego de haber investigado y procesado innumerables solicitudes desde que el hombre es hombre. Como imaginará, nos dedicamos a este oficio desde que pasó por acá la primera persona hace ciento sesenta mil años. Qué tiempos aquellos -suspiró el anciano pensativo-. En ese entonces nuestra labor era mucho más sencilla. La gente tenía poco lenguaje y la cultura era estrecha, además la moral era clara, los Diez Mandamientos eran todo lo que se necesitaba saber para vivir bien, y en paz. Además la expectativa de vida en promedio era de treinta años, de manera que era muy fácil decidir a quién se premiaría y a quién se castigaría por toda la eternidad. Pero ahora, con la medicina moderna y las medidas de salud pública, la expectativa de vida llegó a los ochenta años, y, como si fuera poco, las culturas y los idiomas se enriquecieron increíblemente, de manera que nuestro trabajo también se hizo mucho más exigente. Por eso decidimos formar estos. comités para tomar decisiones más cuidadosas, y, claro esta, para dispersar la responsabilidad, porque, como imaginará, con frecuencia cometíamos errores, premiábamos réprobos y castigamos hombres ejemplares. Tuvimos que modernizarnos ahora que la humanidad está llena de áreas grises, ya nada es blanco o negro como antes –me pareció que los ojos del anciano se humedecieron un poco, tal vez a causa de la nostalgia-. ¡Qué tiempos aquellos! Ahora nos servimos de tecnología de punta. Así que aquí sentados, con usted, observaremos estos cuatro videos que sintetizan las etapas fundamentales de su vida, y que, curiosamente, parecen estar ligados a las mujeres según los títulos de los discos de información que ocupa toda su vida en la Tierra. Mal signo en todo caso. Y si sumamos a estos elementos probatorios que está acá en su calidad de agnóstico, puedo decirle que definitivamente ha empezado con el pie izquierdo. Tendrá que hacer un esfuerzo enorme para convencer a este comité de su bondad. O al menos de que es un hombre normal, y que por lo tanto merece una vida apacible y confortable después de la muerte puesto dejó alguna cosa buena en quien lo conoció.



4 comentarios:

  1. Me ha fascinado leerte. Lo seguiré haciendo
    Maria Socorro Mármol Brís

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    Respuestas
    1. Será verdad que de entre las palabras corrientes del lenguaje, es la “vida” la que a través de la historia ha gozado de más favor entre los hombres. Al revés de la vida en cambio, “la muerte” parece que tuviera para todos una resonancia amenazadora. Hay para el hombre algo hostil en saber que no existe lo eterno y se da vanos esfuerzos por librarse de pensar en ella.
      Pero lo sabemos todos. Nacer y morir son los términos inviolables de la vida.
      Pienso en lo desdichados que seríamos si fuéramos inmortales y me consuela saber que la muerte, con todo, es la única manera de escapar al flujo cambiante de las cosas en este mundo.
      Excelente cuento, me gustó mucho, salud.
      Conocerlo, ha dejado muy buenas cosas en mí. Gracias

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    2. Te agradezco mucho tus anotaciones pofundas, me animan tus palabras para seguir publicando textos con regularidad.

      Saludos, y mil gracia

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