The maturation process of the analyst has much in
common with psychic
development in general[1]
(Gabbard, Ogden, 2009, p. 312).
Este texto es una modificación del que se publicó originalmente en esta
bibliografía:
Barrios S
(2016). Última nota sobre Ogden: de la técnica psicoanalítica indispensable
para que haya proceso; reflexiones sobre la docencia y la supervisión, así como
de la adquisición de la identidad analítica y la prosa psicoanalítica, la
manera de construir conocimiento. RevSocColPsi, 41, pgs 325-350.
Este es un ensayo acerca del psicoanalista,
no es sobre el paciente. Una aseveración inquietante, lo digo porque la mente
del analista es su instrumento de trabajo. Y es pertinente meditar sobre
técnica, formación y supervisión, sobre la adquisición de la identidad
analítica y la prosa de nuestra disciplina, un género literario específico y
variado.
En la psicología monopersonal el analista
sirve de espejo que refleja los contenidos mentales del paciente. En la
bipersonal, en cambio, el analista es un objeto a donde el analizando proyecta
sus relaciones objetales internas. Mientras que en la intersubjetiva el
analista también es sujeto, es copartícipe en la creación del proceso analítico.
Es activo en la construcción de la relación trasferencia contratrasferencia,
pues cede parte de su individualidad a esa tercera subjetividad simbólica que
emerge de la dialéctica consciente e inconsciente entre analista y analizando. De
modo que la mente del analista también afecta el devenir del proceso analítico.
La neutralidad y la abstinencia son
elementos indispensables de la actitud analítica, pero también son ideales
inalcanzables. Tal como el analizando llega, por primera vez, con la dinámica
de sus objetos internos, al analista también le sucede esto. Así como el
paciente tiene su propia estructura de personalidad, el analista tiene
mecanismos de defensa y relaciones objetales, valores e ideales, identidad
y experiencia, además de la influencia
de colegas, profesores y supervisores, sin soslayar su propio analista, el
modelo teórico que profesa, lo que ha leído sobre temas analíticos y no
analíticos (Ogden, 2008;
Gabbard, Ogden, 2009).
Así las cosas, es mucho pedir a un analista
que se comprometa a trabajar sobre la relación trasferencia contratrasferencia,
pues no hay límite para la intensidad ni la complejidad de los sentimientos y
pensamientos que puedan surgir en el setting analítico (Ogden, 1997). El asunto
del psicoanálisis es la vulnerabilidad y la vida emocional del analista, así
que el gran reto técnico está en ser capaz de simbolizar[2] esas experiencias
compartidas con el analizando, para construir conocimiento mediante la
secuencia de insights que se den durante el proceso, con la finalidad
terapéutica de que el paciente viva una vida más satisfactoria.
Entonces es razonable preguntarse, ¿cómo se
forma una persona para trabajar como psicoanalista?
El tercero analítico es un sujeto simbólico
que emerge de la vida compartida entre analista y analizando, donde desarrollan
juntos la voz para narrar esa experiencia, mientras que cada uno habla con sus
propias palabras acerca de lo que sucede en el setting con la finalidad de que
el paciente viva mejor. Esta relación es la interacción entre los reveries del
dúo analítico, y se busca que las circunstancias del encuentro, la intimidad y la
estabilidad, promuevan la asimetría, la asociación libre y la atención
libremente flotante. Así que bien vale la pena reflexionar acerca de los
elementos esenciales de la técnica psicoanalítica.
El objetivo de la técnica es promover el
proceso, que, a su vez, depende de la cualidad intersubjetiva particular de
cada relación analítica. Se basa en que analista y analizando, juntos, aun
cuando asimétricamente, hagan un tercero analítico intersubjetivo donde pueda
darse el análisis de la trasferencia y la contratrasferencia, lo cual requiere del reverie del analista y del
analizando. Así es posible darle un nuevo contexto a la experiencia
inconsciente que se está viviendo. En las palabras de Winnicott (1971), el
psicoanálisis sucede en el lugar a donde se sobrepone el juego del paciente y
el del analista. Esta experiencia supone creatividad. Es la simbolización en el
diálogo analítico que surge de los aspectos inconscientes del mundo objetal del
paciente y el analista, en el contexto de condiciones ambientales que promueven
el reverie del dúo analítico. El analista escucha, consciente e
inconscientemente, receptivo a los pedidos, también conscientes e
inconscientes, del analizando, sin que aflore el proceso secundario ni la
urgencia de ordenar la experiencia.
Freud (1913) pensaba que era esencial que el
analizando se reclinara en el diván, mientras el analista se sentaba por detrás
de la cabecera, afuera de su vista, porque esta situación promovía la intimidad
de la relación analítica, la facilitaba, le daba privacidad al paciente para
experimentarla sin sentirse observado, mientras que, por el otro lado, el
analista se entrega a la atención libremente flotante. Se requiere privacidad
para que haya asociaciones que puedan ponerse en relación con los contenidos
inconscientes. El reverie es indispensable para que haya análisis, y el diván
lo promueve. De manera que el diván favorece las condiciones para la
elaboración. Por eso es indispensable. Entonces durante la entrevista es
pertinente aclarar su importancia.
Pero, por el otro lado, que el paciente lo utilice,
o no, no implica que haya, o no, proceso analítico. Es más, cuando el paciente
deja de emplearlo tampoco significa que se haya detenido el proceso. Puede
suceder que se presenten momentos en que el uso del diván se vuelva aterrador,
entonces sería una contractuación forzarlo a acostarse. Esto no es iatrogenia
ni una infracción, pero sí, definitivamente, es material que no hay que perder
de vista.
El proceso analítico es una construcción
inconsciente entre analista y analizando con su propio movimiento y sus propios
tiempos. Es una creación única y compartida. Se define por su esencia, no por la
forma, lo cual incluye la dosificación del análisis. Una mayor frecuencia de
las sesiones promueve que se sobreponga el reverie del paciente y del analista,
aun cuando no es imposible analizar con una menor dosis.
En otro orden de ideas, Freud introdujo la
regla fundamental. Y la regla fundamental se debe enunciarse durante la entrevista,
claro. Pero el análisis es una relación humana en la que el paciente busca
vivir con más satisfacción y libertad, y el aislamiento, el silencio, también
tienen valor. Protegen al individuo de las presiones de la vida en medio de los
avatares de la maraña de las relaciones objetales impredecibles. Hay momentos
dominados por sensaciones, y la construcción de la experiencia se hace en
privado, suspendiendo temporalmente el relato al analista, como objeto y como
ambiente. Hay ocasiones privadas en la experiencia humana que son saludables.
Comunicarse y callar son instancias de la
condición humana. Crean y preservan la sensación de vida del individuo y del
proceso. Aluden a lo que puede comunicarse y es permitido reservarse, incluso a
lo que debe reservarse. La privacidad debe valorarse tanto como la
comunicación. Además el silencio tiene significado trasferencial. La privacidad
vale. Y hay ocasiones en que el paciente busca palabras, mientras que en otras
oportunidades simplemente quiere mantenerse callado.
Pero tampoco se atenúa la regla fundamental (Ogden,
1997). En lugar de exigirle al paciente que hable, se le invita mediante la
actitud a hacerlo casi sin decírselo. En las primeras sesiones el analizando
aprende en la práctica qué quiere decir ‘diálogo psicoanalítico’. La idea es
introducirlo al setting analítico donde sostiene una conversación diferente de
todas los que haya tenido en el mundo, incluso si viene del consultorio de otro
analista.
Conminar al paciente a que lo diga todo va
en contra del proceso analítico. Esta actitud autoritaria se opone a la
dialéctica del reverie analista analizado. Además hay deleite en comunicar,
pero también en lo íntimo, en lo incomunicado y lo sagrado, elementos que bien vale
la pena preservar. Tener en cuenta la intimidad del paciente evita llegar al
impase, cuando el silencio se vuelve una resistencia inanalizable. Es una
temeridad exigirle al analizando que lo diga todo, a veces no sabe qué decir ni
quién lo dice porque en el análisis ha descubierto que la primera persona del
singular es más bien un plural, pues hay escisiones, siente que quiere decir
algo pero no sabe qué es.
El paciente debe saber que es tan libre de
hablar como de callar. Privilegiar el habla por encima del silencio equivale a
favorecer la trasferencia positiva sobre la negativa, la gratitud sobre la
envidia, el amor sobre el odio, la posición depresiva sobre la
esquizoparanoide. Es una contractuación que eventualmente hace colapsar la
dialéctica de las subjetividades del dúo analítico. Cargarse en el sentido de
un polo lleva el proceso al terreno de la psicopatología, lo cual implica
fallas a la hora de construir y preservar la relación analítica. Se sustituye
la experiencia de vivir juntos por el placer perverso de la excitación maníaca
y las construcciones as-if, por ejemplo. Cuando el análisis funciona bajo la
presión de la regla fundamental, el paciente podría sentir que el psicoanálisis
es una evisceración emocional. Forzar el habla es una irrupción que paraliza el
reverie, alejando la posibilidad de analizarse genuinamente.
Y la contraparte de la regla fundamental es
la atención libremente flotante. Su fin es captar los aspectos inconscientes de
las comunicaciones del paciente. Entonces no debería estar atada a reglas. Su
funcionamiento debería ser libre, el analista está dispuesto a jugar en el
sentido winnicottiano de la expresión. Requiere tacto y habilidad. Se trata de
escuchar sin preocuparse de nada más. El trabajo del analista es analizar, entonces
crea las condiciones mentales que abren el espacio para que sus objetos
internos resuenen con los del paciente. Oye sin organizar datos. Capta al
paciente. Recibe su experiencia. Se trata de esa misma escucha de Freud,
Winnicott y Bion.
Cuando la regla fundamental coincide con la
atención libremente flotante se promueve en el paciente y el analista un estado
de receptividad, consciente e inconsciente, una disposición anímica que
llamamos reverie, que permite vivir asimétricamente lo que está sucediendo en
el setting analítico. Es bueno que en el psicoanálisis haya holgura para las
palabras y las ideas. La experiencia es ilimitada, incompleta, es una
sensibilidad, es la atmósfera de la mente, es imaginativa, y es allí a donde el
reverie del analista y del analizando se relacionan. Es un asunto íntimo, y aun
cuando el analista no le cuenta al paciente todo sobre su experiencia privada,
sí le habla desde su vértice de la experiencia. Sucede que el reverie abarca
desde lo más cotidiano, prosaico y, en ocasiones, hasta lo más embarazoso de la
vida privada, hasta el punto que hay momentos en que no es fácil hablar sobre
ello. Estos asuntos tocan la frontera entre lo privado y lo público. Pero
también es cierto que las ocurrencias contratransferenciales no son propiedad
exclusiva del analista, surgen del momento en la relación analítica. Eventos
psicológicos individuales que se construyen intersubjetivamente, una
construcción simbólica compartida en la dialéctica de la relación entre el
analista y el analizando. Después de todo, no hay algo así como un analista sin
un analizando, ni un analizando sin un analista, parafraseando a Winnicott. En
la interacción entre el reverie del analista y el del paciente hay que tener en
cuenta que todo, absolutamente todo, afecta el cuerpo y la mente del dúo
analítico. Las palabras, los silencios, las actitudes, el género, las
inclinaciones sexuales, todo tiene que ver. Se trata de una interacción
continua, y este es un hecho universal que surge cuando al menos dos personas
están juntas, pero lo que diferencia la situación analítica es la técnica.
Podríamos decir que el reverie del analista escucha la melodía, la
tonalidad, la musicalidad del lenguaje del analizando, y, aun cuando no intenta
propositivamente de encontrar significados ni símbolos, sí se interesa por lo
que dice el paciente, cómo suena y siente lo que sucede en la sesión. Esta es
la musicalidad de lo que pasa en el consultorio, los sonidos vivientes del
lenguaje, consciente e inconsciente.
La poesía y la
ficción, como el contenido manifiesto de la sesión, narran cosas implícitas,
que no se han dicho, cosas que con frecuencia son inenarrables. Pero no hay que
traducir ni decodificar todos los símbolos de la asociación libre, al menos
inmediatamente. De la misma manera en que la prosa se hace
poética cuando hay elementos que riman, en el setting analítico también aparece
el sentido cuando hay elementos conscientes e inconscientes, intersubjetivos,
que reverberan unos con otros.
Así que el analista del siglo XXI trabaja
más que el analista clásico (Coderch, 2012). Desde la década de 1990 el énfasis
del psicoanálisis pasó de qué significa la asociación, el sueño, el enactment,
el síntoma, a qué sucede consciente e inconscientemente en la intersubjetividad
del dúo analítico. Lo cual implica que el lenguaje del analista cambió. Con el
advenimiento de la intersubjetividad no solo se interpreta lo inconsciente, hay
necesidad de capturar y trasmitir lo que está sucediendo en el dúo analítico.
En este enfoque ya no se valida la interpretación con las asociaciones
subsecuentes del paciente, se observa el destino de esas palabras del analista,
sea en un tiempo corto o largo (Ogden, 1997, Ogden, 1999).
Por último, hay que considerar que todo
análisis es incompleto. La trasferencia y la contratransferencia son
interminables. De modo que es distinto un análisis fértil de uno terminado, pues
supone que podría existir una mente libre de conflictos (Ogden, 1997; Ogden,
1999; Gabbard, Ogden, 2009; Balsam, 2012).
¿Pero, cómo
se forma a una persona capaz de hacer todo esto?
Psicoanalista
es alguien que conoce la teoría y la técnica, pero no solo eso, también tiene
entrenamiento y experiencia en hablar con el analizando de una manera que se
sienta y suene espontánea, y que le sea útil. Se trata de un lenguaje que no se
practica ni se simula, tampoco lo dictan convencionalismos ni hay una fórmula
magistral para hacerlo. Es por eso que enseñar el psicoanálisis es un arte, tanto como ejercerlo (Ogden
2006b).
Es un desafío el contrato analítico[3]: estar disponible
consciente e inconscientemente para participar en la vida, también consciente e
inconsciente, del paciente. Trabajo exigente en que tanto el analista, como el
analizando, pierden juntos sus mentes individuales: las dejan momentáneamente
de lado en sus capacidades de pensar y crear experiencias como personas
separadas para construir juntos, aun cuando asimétricamente, el proceso
analítico, dando lugar a su efecto
terapéutica al crear
claridades de las que puedan surgir nuevas formas de pensar y soñar (Ogden,
1997).
El aprendizaje psicoanalítico tiene dos
aspectos, por un lado, el procedimiento para mantener la relación analítica,
que incluye interpretar, empleando el reverie y la contratransferencia; y, por
el otro, llega un momento en que hay necesidad olvidar todo esto para alcanzar
la libertad mental para construir una relación analítica particular con cada
paciente. Así que la enseñanza psicoanalítica es paradójica: una persona que
sabe, le enseña a alguien que no sabe, y quiere aprender acerca de la
importancia de tolerar el no saber (Ogden, 2006b).
Y tal vez por la rigidez en la aplicación
del método y la técnica se van tantos pacientes al principio de la vida del
analista. Pues está más preocupado por el procedimiento que por las vicisitudes
del analizando. Además hay momentos del ejercicio del oficio en que el analista
sustituye el sonido de su voz y sus propias palabras por fórmulas aprobadas por
la técnica de alguna escuela de pensamiento, hasta puede imitar o identificarse
con otro analista o supervisor, alguien a quien respete y admire.
Soñar es la forma más pura del pensamiento
según Bion (Gabbard, Ogden, 2009). Y el psicoanalista en formación aprende a
pensar y a soñar en situaciones en que la tendencia habitual sería cerrar
espacios. Soñar, dormido y despierto, es el trabajo inconsciente que se hace
con las percepciones corporales y las emociones, volviéndolas, eventualmente,
pensamiento. Así que la enseñanza del psicoanálisis es una forma colectiva de
soñar la experiencia clínica individual. En un nivel está el contenido
manifiesto que podría narrarse en palabras, y en el otro está el latente, la
experiencia, que es inenarrable. Y la formación analítica trata de aumentar la
capacidad de simbolizar a partir de las incontables experiencias que se dan en
la situación analítica.
De modo que el asunto no es solo conocer la
teoría y la técnica psicoanalítica, se requiere que el analista crezca,
construya su propia identidad analítica. Que se sienta cómodo como analista.
Así puede dialogar psicoanalíticamente con el analizando, lo cual es un logro,
la voz terapéutica no es artificial. El lenguaje analítico es el de una persona
que está viva, un idioma tan difícil de aprender como el arte de versificar
(Ogden, 1997).
Junto con el análisis personal, la
supervisión es un medio invaluable para trasmitir conocimiento psicoanalítico.
Es una manera de ayudar al supervisado a desarrollar su capacidad de soñar
experiencias emocionales con el paciente. Además ayuda a superar problemas en
el reverie que interfieren con la posibilidad de utilizar interpretativamente
esa experiencia en el setting, elaborar sueños interrumpidos del analista que
lo dejan ciego frente a algún aspecto emocional de la experiencia compartida
con el paciente. El supervisor ayuda al supervisado a trabajar consciente e
inconsciente sobre aspectos de la relación analítica que no había podido soñar
hasta entonces o apenas lograba soñarla parcialmente.
Pero hay que tener en cuenta que el
supervisado sueña al paciente durante la supervisión, no lleva el paciente en
sí, entonces se crea una ficción verdadera para el supervisado sobre la
experiencia emocional que vive con el analizando. Además considere que se da
una relación inconsciente entre la supervisión y la relación analítica. También
hay que tener en mente que la supervisión individual, como cualquier
presentación de material clínico, requiere de las mismas libertades y
limitaciones de la relación analítica: el material debe tratarse con respeto y
confidencialidad. Después de todo, cuando un analista se arriesga a compartir
material clínico con sus colegas también le está mostrando su intimidad, su
subjetividad y lo está invitando a que participe en ella. Y para realizar este
trabajo, el supervisor aporta un marco que promueve que el supervisado tenga la
libertad para pensar y soñar y vivir la experiencia de lo que sucede en esa
relación analítica de supervisión (Ogden, 2005b). Además la supervisión es una
forma de sueño guiado, por así decirlo. Comentar los casos con los colegas es
constructivo para todos. La
presentación del material clínico en una supervisión colectiva es la
experiencia de un sueño en que los miembros del seminario utilizan sus
capacidades para aprender sobre aspectos de la experiencia que ese dúo
analítico, y que en ocasiones no podían elaborar juntos (Ogden 2006b;
Gabbard, Ogden, 2009).
Pero el psicoanalista que ha terminado de
formarse todavía busca su propia voz, su estilo analítico personal. La
adquisición de la identidad analítica se da durante los años que vienen al de
terminar de formarse. Muchas experiencias, como analistas y como persona, son
fundamentales en la maduración. Dato importante si consideramos que la
capacidad de pensar y soñar es la vía principal para aprender a partir de la
experiencia y crecer psicológicamente. Que cuando se interrumpe porque el
estímulo supera la capacidad de elaboración, se requiere de una segunda
persona, un analista. Y esto se cumple para el paciente y el analista, de modo
que en virtud de la intersubjetividad el analista analiza al paciente, pero
también el analizando analiza al analista. De la misma manera en que se
requiere al menos dos personas para conformar una sola, como en el caso de la
relación madre bebé, se requieren tres para llegar a ser un niño edípico
saludable. Pero también se necesitan momentos de aislamiento. El trabajo que el
analista hace entre sesiones es tan importante como el que hace dentro de la
sesión propiamente dicha.
Madurar como psicoanalista implica soñarse a
sí mismo, escucharse para desarrollar una voz propia, lo cual conlleva un nuevo
parricidio pues la persona se libera de las ataduras a la voz del analista, el
supervisor y el maestro. Bion razonó que la madurez del analista implica no
estar sometido a teorías ni a identificaciones con otras personas; mientras que
Winnicott lo expresó en términos de desarrollar la capacidad de estar solo.
Cada paciente exige un analista diferente, de manera que la espontaneidad es
decisiva, el psicoanálisis no se planea. Así las cosas, la maduración del
analista es un proceso de liberación, puesto que es amo y esclavo de la teoría,
a la vez que debe ser original liberándose de la ortodoxia.
Hay que desmitificar el gradiente de
madurez. Claro que, por el otro lado, estas reflexiones no son una arenga para
derrocar la gerontocracia, tampoco una invitación a la defensa maniaca en
contra de la madurez, revelándose ante el establecimiento, ni mucho menos una
incitación a tomarse el cielo por asalto. Las considero, más bien, una
invitación a que cada cual se haga cargo de su papel generacional, en su
momento histórico particular. Nuestra colectividad se enriquece y crece con la
pluralidad. La experiencia generativa de la formación psicoanalítica inicia un
proceso que perdura para siempre en la mente del analista, pues en palabras
Bion, el continente, es decir la capacidad de trabajar ideas sin perturbarlas
siempre está en relación con el contenido, o sea, lo que está por elaborarse, y
este es el aprendizaje a partir de la experiencia.
El estilo analítico de cada cual describe
aspectos personales de la manera en que ejerce el psicoanálisis, aspectos que
van más allá de la técnica y de los principios para la práctica desarrollados
por generaciones anteriores de analistas. El estilo psicoanalítico implica que
el analista conozca la teoría y la técnica, pero también tiene que ver con el
uso que hace de las particularidades de su personalidad, reflejadas en su
manera de pensar, oír, hablar, pero también en su empleo de la metáfora y demás
componentes de su personalidad. El analista toma elementos de su experiencia
como analista, pero también como analizando, padre de familia, hijo, cónyuge,
docente, estudiante, en fin de todas las facetas de su vida. Además su manera
de pensar también está relacionada de forma intersubjetiva con la de sus
colegas, profesores, el analista y sus antecesores psicoanalíticos. Entonces es
fundamental la actividad del analista en su sociedad psicoanalítica, en su
instituto y en su grupo de estudio.
El consejo de Bion es escucharse escuchando,
mientras que luego Ogden (2005b) agrega, escucharse hablando. La
responsabilidad del analista es inventarse un nuevo psicoanálisis con cada
paciente, por eso siempre hay que pensar, “cómo lo estoy haciendo”.
Experiencias de madurez que implican oírse a sí mismo, hablando con los
pacientes, para desarrollar una voz psicoanalítica propia, espontánea, a través
de la crítica de sí mismo frente a las experiencias vividas con los pacientes.
Tal vez por esta razón son tan fértiles los momentos clínicos extremos para el
analista.
De tal forma que el analista tiene la
oportunidad, y la responsabilidad, de transformarse según quien es, a través
del aprendizaje a partir de su experiencia. Y tal vez el elemento más
importante en este proceso de maduración es el desarrollo de su propia
capacidad de hacer uso de lo que le es único, idiosincrático. La meta es llegar
a ser coherente con su propio estilo analítico, logrando su manera personal de
estar y hablar con el analizando, su propia manera de ejercer el psicoanálisis
(Ogden, 2008; Gabbard, Ogden, 2009).
Y para terminar esta sección sobre la
formación del psicoanalista, quisiera consignar en estas páginas que Ogden (2005b,
pgs. 1,271-73) escribió un elogio de perder el tiempo. Argumentó que, de vez en
cuando, en la relación docente estudiante, o supervisor supervisado, debe
haber, espontáneamente, cierto tiempo que promueva la libertad para asociar
libremente. Ratos que amplían la profundidad y el rango de la experiencia de
aprender al abrir la puerta a pensamientos no necesariamente ligados a asuntos
académicos del pensum. Recomienda, por ejemplo, leer literatura extranalítica,
sea poesía o ficción. Argumenta que este ejercicio sirve de entrenamiento para
tolerar la asociación libre del paciente y captar el significado latente de las
combinaciones de palabras. Además lo considera una forma de ampliar la capacidad de descubrir y responder
con vida a los efectos creados por el uso del lenguaje del paciente y del
analista. Pero también recomienda leer textos psicoanalíticos en voz alta, línea por línea, en el ambiente
del seminario, en pos de descubrir cómo piensa y escribe el autor, cómo el
lector se trasforma con la experiencia de estudiarlo (Ogden 2006b).
Al leer se empieza a escribir. El analista
se crea y se descubre mediante la experiencia de redactar sus propios textos,
analíticos y extranalíticos. Este trabajo mental pone atención en el devenir
del propio proceso de maduración, como respuesta a la necesidad de seguir
creciendo y cambiando para ser original y sincero en su pensamiento y
comportamiento como analista. De modo que la narrativa psicoanalítica implica
desarrollar lo que es único y vivo de la experiencia del autor. Salvo en el
diario, las personas no escriben lo que piensan, más bien piensan lo que
escriben. Redactar favorece la elaboración, el desarrollo, y ser analista
implica lograr una personalidad altamente individual, un ideal que se construye
poco a poco, consciente e inconscientemente. Escribir es un aspecto fundamental
de la identidad analítica que hace parte integral de nuestro quehacer (Ogden,
2005a; Gabbard, Ogden, 2009).
Durante el primer siglo del psicoanálisis hubo grandes pensadores,
pero solo un gran autor angloparlante: Winnicott (Ogden, 2005a). En su obra la forma y el
contenido se complementan hasta el punto que es difícil leerlo de manera
oblicua, con algún método de lectura rápida para saber de qué se trata el
texto. El resultado suele ser trivial, desemboca en aforismos que no reflejan
su riqueza. Por lo general su lenguaje no llega a conclusiones, crea
experiencias inseparables del contenido. Ideas que deja ahí, para jugar, por
eso es tan difícil parafrasearlo.
Y Bion es el segundo modelo de prosa psicoanalítica
para Ogden (2004a). Autor
difícil, lo cual no es un defecto. Para el inglés una comunicación científica
también es una obra de arte. Su
prosa no busca informar, pretende trasmitir la experiencia emocional del
analista en su trabajo. No describe, muestra, enseña en la práctica al leerlo.
Crea un estado de ánimo que trasmite la experiencia, reta certezas y aclara
confusiones. Además en su etapa tardía, Bion intentó limpiar el lenguaje
psicoanalítico de la penumbra de asociaciones rígidas y arcaicas que lo limitaban,
entonces utilizó neologismos y términos matemáticos. El psicoanálisis busca
significados que convergen, a la vez que construye significados y asociaciones.
La literatura psicoanalítica, como cualquier
otra forma de la prosa, es una interpretación. En este caso particular, sus
ideas se refieren a la relación consciente inconsciente. Y surgen de conceptos
desarrollados mediante un método riguroso; a la vez que es una creación en
palabras acerca de una experiencia, algo de por sí inenarrable. Partes esenciales vida de un analista, que tal como lo señala la Tabla de Bion (1963), se trata del
apogeo del pensamiento y el desarrollo mental, puesto que aluden al concepto y al
sistema científico deductivo.
Lo
que hace tan peculiar y exigente la prosa psicoanalítica es que la experiencia
del analista es emocional, no tiene palabras. De modo que al escribirla se
trasforma a través de un acto creativo de ponerla en palabras para trasmitir al
lector la verdad emocional que vivió con el paciente. El texto versa sobre la
melodía de lo que ha sucedido en el setting analítico, y es artístico en la
medida en que emplea el idioma de una manera que le dé al lector los elementos
esenciales de esa experiencia clínica particular. Situación semejante a la de
relatar un sueño: el soñante no narra el sueño en sí, refiere una versión,
simbolizada, creada en el presente acerca de esa experiencia pasada que le
sucedió al dormir. El artículo psicoanalítico no trata sobre la experiencia con
el paciente, es una creación del autor, una nueva experiencia a propósito de lo
vivido con ese paciente en ese momento particular. Entonces la prosa psicoanalítica es creativa. Pero a
diferencia de la ficción, el analista se mantiene fiel a la estructura
fundamental de lo sucedido en el setting. Entonces se presenta una paradoja: la
experiencia es inenarrable de modo que al relatarla se transforma en ficción,
pero, por el otro lado, también es una crónica, un texto comparte una verdad
emocional con el lector, verdad que sigue viva en la memoria del autor y en la
manera en que cambió con ella. Entonces redactar es una oscilación entre la
experiencia y la teoría analíticas. Además los personajes que figuran en el
material clínico y en el desenvolvimiento de la trama, se basan en quienes
intervinieron en el setting, en la vitalidad y tridimensionalidad a esa
relación trasferencia contratrasferencia, de modo que hay un equilibrio frágil
entre la experiencia con el paciente y los personajes de la historia en el
artículo. Adicionalmente la literatura psicoanalítica también es una metáfora,
lo cual le da un significado más amplio. Pero es central mantener el diálogo
entre la teoría y la experiencia analítica a través de la vitalidad de la
escritura, aun cuando la experiencia en sí sea inalcanzable.
A mi manera de ver las cosas, el analista
autor es un narrador personaje, y el reporte de caso psicoanalítico es una
forma particular del monólogo interior, en el sentido literario de la
expresión, aun cuando la prosa psicoanalítica también tiene unas bases teóricas
y el compromiso de narrar lo que sucedió en el tercero analítico
intersubjetivo. El arte del texto
psicoanalítico es que sea plausible, tal como sucede con cualquier otra forma
de la prosa, desde el cuento y la novela, hasta el ensayo y el artículo
científico. Redactar es un vicio, un juego, en palabras de Winnicott
(1971). Simbolizar es uno de los grandes placeres de la vida, sin olvidar las
incontables ventajas que tiene como mecanismo de defensa ligado a la posición
depresiva. El escrito es un lugar virtual que le ofrece al autor la libertad
para poner en acción sus relaciones objetales, de tal manera que resuenen con
las del lector, así que una publicación también es una construcción
intersubjetivo que surge de la dialéctica de las subjetividades del autor y el
lector. Se trata de un espacio creativo construido conjuntamente por quien
escribe y quien lee, incluso cuando lo estudia o lo descarta, lo guarda para
otro día, lo cita o lo olvida, es en esa interacción con los demás que las
publicaciones cobran vida, y forjan su propio destino. No es solo cuestión de
publicar, o no publicar, ni estoy tan seguro de la importancia de qué tanto se
difunde una publicación, escribir organiza la mente. Y en este sentido me
parece que los textos sí se parecen a los hijos, no solo en que son un parto,
cuando salen al mundo exterior deben ir equipados con lo suficiente para
defenderse solos, que no les falte ni les sobre nada. Así que en este momento
debo darle las gracias, amable lector, sin su mirada estas palabras estarían
sin vida.
En el 2005 Ogden publicó “On psychoanalytic
writing”, versa sobre su sistema para escribir y da sus diez recomendaciones
para un autor. Es un texto amable que invita a todos los psicoanalistas del
mundo a escribir, teniendo en cuenta
que la prosa es particular, no hay reglas ni instrucciones. En eso se asemeja a
la asociación libre. No hay una manera correcta ni una incorrecta de
narrar. Aun cuando el escrito
psicoanalítico debe tener coherencia desde el punto de vista teórico, y a
diferencia de la ficción, pero la voz literaria del analista es como la
de cualquier otro escritor. Tal vez
por eso estos consejos se asemejan tanto a los de otros autores.
1. Escritor es alguien que escribe, y en el momento
en que deja de hacerlo, deja de ser escritor, de modo que el autor crea el
texto, y el texto crea al autor. El escrito se apropia de su vida, así esté
haciendo otra cosa. Situación que no es del todo grata, exige la capacidad de
perdonarse las atrocidades que a veces han quedado publicadas.
Al
redactar hay elementos conscientes e inconscientes, el lenguaje da vida a la
experiencia, la palabra tiene poder. Aun cuando la prosa psicoanalítica es un género literario por sí solo,
Miguel de Cervantes Saavedra (1605, p. 21) plantea esta situación en las líneas
iniciales de la introducción del Quijote:
Desocupado lector: podrás creerme sin tener que
jurarlo que querré que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más
hermoso, el más gallardo y más juicioso que pudiera imaginarse. Pero no he
podio yo contravenir el orden de la naturaleza, que en ella cada cosa engendra
su semejante. Y así, ¿qué podía engendrar el estéril y mal cultivado ingenio
mío sino la historia de un hijo seco, mustio, antojadizo y lleno de
pensamientos varios y nunca imaginados por ningún otro, como engendrado que fue
en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y todo triste ruido su
morada?
Escribir
requiere de un estado psicológico muy parecido a la meditación, donde el autor
libra su lucha solitaria contra las palabras díscolas para construir un
documento inteligible, elocuente, plausible, coherente, interesante,
experimentando con la forma y el contenido (Ogden, 1997). La competencia por ocupar el tiempo del lector
desocupado es enorme, de manera que es aconsejable hacerle la vida amable,
tratarlo con respeto y consideración, entretenerlo, estimular sus dudas.
2. Escribir es un placer. El idioma es arcilla
dúctil. Redactar supone algo de inspiración y talento, pero sobre todo trabajo
y dedicación.
A este respecto es interesante leer
el planteamiento de Haruki Murakami (2010,
p. 108):
Por supuesto, también hay en este mundo (aun que
puedan contarse con los dedos de una mano) personajes dotados de un enorme y
auténtico talento, un talento inmarcesible que les permite escribir obras cuya
calidad nunca disminuye. Es un caudal de agua que pueden usar a su antojo,
porque nunca se agota. Y esto es algo de lo que la literatura debe alegrarse.
Si no existieran gigantes como ellos, la historia de la literatura no podría
enorgullecerse de la riqueza acumulada hasta ahora. Si tuviera que dar nombres
concretos, mencionaría a Shakespeare, Balzac, Dickens… Pero los gigantes son
eso: gigantes. Son a todas luces seres excepcionales, legendarios. Los
escritores que no somos gigantes, es decir, la gran mayoría –por supuesto, yo
me cuento entre ellos-, tenemos que ir supliendo nuestras carencias a base de
esfuerzo y de ir ingeniándonoslas en muchos aspectos. De otro modo nos
resultaría imposible escribir durante un periodo prolongado novelas dignas de
tenerse en cuenta. De qué manera, y en qué dirección cada uno va supliendo sus
propias carencias, eso dependerá ya del gusto y las particularidades de cada
cual.
A Ogden le interesa la forma y el contenido
de su obra, por eso es tan grato y aliviador leerlo. Barrunto que el
psicoanálisis le produce deleite. Para él es lo central. Sus escritos trasmiten
entusiasmo, la urgencia de desarrollar y entender nuestra bella disciplina. Que
si bien no descubre nada nuevo en sus textos, la innovación de su aporte está
en la manera de narrarlo con intensiones de que la metáfora del tercero
analítico intersubjetivo sirva de modelo para pensar en lo que está sucediendo
en el setting y en la vida del psicoanalista. Es un firme creyente de que todo
analista, como todo paciente, es diferente, y debe llegar a ser lo mejor que pueda
ser. El psicoanálisis es un discurso de libertad para todos.
3. El estado de ánimo al redactar, por el otro lado,
también se parece mucho a la reverie en el setting analítico: el autor se
vuelve más permeable al influjo del inconsciente, y la lectura en voz alta
puede ayudarlo en este sentido. Escribir es soñar despierto. Una experiencia
situada en la frontera entre la mente y el cuerpo. Así el texto adquiere vida,
no solo corrección gramatical y ortográfica, los programas de computador de hoy
ayudan mucho en este sentido.
En
la cita que viene a continuación, Svetlana Alexievich (2005, p. 43) cuenta sobre su lucha por elaborar y
simbolizar y narrar el trauma de sobrevivir a la catástrofe nuclear de
Chernóbil. Cabe anotar que el trauma es un tema bastante presente en la
literatura extranalítica desde hace mucho tiempo, como en el caso de Vasilli
Grossman, y más recientemente, en el de Patrick Modiano, desde Freud sabemos
que sublimar alivia.
-Yo soy testigo de Chernóbil…, el acontecimiento
más importante del siglo XX, a pesar de las terribles guerras y revoluciones
que marcan esta época. Han pasado veinte años de la catástrofe, pero hasta hoy
me persigue las mismas preguntas: ¿de qué dar testimonio, del pasado o del
futuro? Es tan fácil deslizarse a la banalidad. A la banalidad del horror… pero
yo miro a Chernóbil como al inicio de una nueva historia; Chernóbil no solo
significa conocimiento, sino también preconocimiento, porque el hombre se ha
puesto en cuestión con su anterior concepción de sí mismo y del mundo. Cuando
hablamos del pasado o del futuro, introducimos en estas palabras nuestra
concepción del tiempo, pero Chernóbil es ante todo una catástrofe del tiempo.
Los radionúclidos diseminados por nuestra Tierra vivirán cincuenta, cien,
doscientos mil años. Y más. Desde el punto de vista de la vida humana, son
eternos. Entonces, ¿qué somos capaces de entender? ¿Está dentro de nuestras
capacidades alcanzar y reconocer un sentido en este horror del que seguimos
ignorándolo casi todo?
Otro elemento interesante que aporta esta autora
es la capacidad de narrar eventos con cierta distancia, lo cual hace la
diferencia entre la banalidad y la literatura. Un elemento que bien vale la
pena considerarse a la hora de redactar textos psicoanalíticos. Ya que esta
distancia histórica está dada la capacidad simbolización, un logro que implica
elaborar el duelo, superar la identidad simbólica (Segal, 1957).
Cuando
un analista escribe sobre perversión, por ejemplo, no puede hacerlo sin narrar
su propia experiencia en la relación trasferencia contratrasferencia, de lo
contrario sería una pintura falsa y desvitalizada, una disección higiénica,
impersonal, teórica de los sucesos en el consultorio. De manera que para
analizarla hay que vivirla, y elaborar la relación trasferencia
contratrasferencia (Ogden, 1997).
4. El autor no debe tropezarse con el lector. El
texto tiene por qué ser libresco. Si la obra trata de la erudición y la
rigurosidad y el ingenio del autor, no es sobre la experiencia analítica, es un
documento de otra índole. Es importante detectar el lenguaje altisonante, el
retruécano, los lugares comunes, lo aburrido, la imitación, la monotonía, la
perogrullada.
Claro que todo depende de la finalidad del texto.
Una vez me gané un concurso literario con un cuento narrado en primera persona,
titulado “La Casa de las Geishas” (Barrios, 2009). En la premiación uno de los
jueces comentó que lo había divertido el ferrocarril de siete adjetivos
rocambolescos que utilicé para describir el vino durante una cena gurmé a todo
dar. La pedantería ambientaba el relato.
Para Ogden y Borges, entre muchos otros autores,
Shakespeare es ejemplo de discreción y genialidad. Lo consideran un narrador
sutil, invisible, que no se le atraviesa al lector. Pero es imposible complacer
a todo el mundo, ya lo sabemos. León Tolstoi (1906) argumenta todo lo
contrario. Declara que admirar a Sheakespeare es un hábito de pensamiento de la
humanidad. Insiste en que su obra es larga, pedante y tediosa, que sus tramas
son imposibles y sus personajes inverosímiles, además nadie habla como ellos.
Por esa razón decidí más bien traer un fragmento
tomado de Jack London (1909, p. 29) que figura en un cuento interesantísimo
sobre boxeo, sin que yo sea especialmente entusiasta del deporte de las narices
chatas. Pero de este relato en particular me gustó el suspenso y la solidaridad
que me despertó ese narrador imperceptible con el personaje principal, un
antihéroe:
King se animó con un estallido de fuerza. Dio dos
golpes sucesivos –una izquierda, apenas demasiado elevada, al plexo solar, y un
cross a la mandíbula-. No fueron golpes muy pesados; con todo, Sandel estaba
tan débil y aturdido que cayó y quedó temblando. El árbitro, de pie junto a él,
le gritó la cuenta de segundos fatales al oído. Si no se levantaba antes de que
se pronunciara el décimo, perdería la pelea. El público se quedó en silencio.
King se mantuvo en pie sobre sus piernas temblorosas. Un mareo mortal se abatió
sobre él y, ante sus ojos, el de caras osciló y se hundió, mientras que a sus
oídos llegaba, como desde una distancia remota, la cuenta del árbitro. La pelea
era suya. Era imposible que un hombre tan castigado pudiera levantarse.
Solamente la Juventud podía levantarse, y Sandel se levantó. A la cuenta de
cuatro movió la cabeza y manoteó ciegamente hacia las cuerdas. A la cuenta de
siete se sostenía en una rodilla, en la que descansaba, con la cabeza oscilando
atontada entre los hombros. Cuando el árbitro gritó “¡Nueve!”, Sandel se puso
de pie, en guardia, con su brazo izquierdo plegado contra su cara y el
izquierdo contra el estómago. Sus puntos vitales estaban resguardados, mientras
se inclinaba hacia adelante para acercarse a King, con la esperanza de provocar
un clinch y ganar más tiempo.
En
principio no habría necesidad de exhibir todo el conocimiento en un texto
enciclopédico, resistencial, angustiado, ni urgencia de hacer una arqueología
sobre todos los conceptos que se tocan, a menos que se esté redactando un
diccionario, claro está. El
psicoanalista no es un historiador grave que pretende, vanamente, describir
todo con exactitud. Más bien es un
narrador personaje casi invisible, que no quisiera figurar en el texto, aun
cuando es ineludible revelar algo de sí mismo. Lo cual me pone a pensar en cómo elige un psicoanalista el material
clínico sobre el que escribe.
5. Y no olvide la economía de las palabras. Cada
texto debe estar equipado con lo suficiente para explicarse por sí solo, pero
también debe estar libre de detalles superfluos que no benefician el relato.
“Funes el
memorioso” es un cuento de Borges (1944, p. 489) que atrajo a Ogden (2003a)
porque relata la incapacidad de un personaje para pensar y soñar, para
diferenciar el percibir del fantasear, el dormir del despertar, lo consciente
de lo inconsciente.
Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario
infinito para la serie natural de los número, un inútil catálogo mental de
todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta
balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso mundo de
Funes. Este, no lo olvidemos, era incapaz de ideas generales, platónicas. No
sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y
diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de
perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de
frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada
vez.
Es legítimo aprovechar el contexto, es bastante
aconsejable dejarle espacio a la imaginación del lector. Explicárselo todo es
fatigante y, en ocasiones, hasta ofensivo. Pero todo esto depende de la
finalidad del texto, a quién va dirigido, y en este sentido no es lo mismo un
cuento que un artículo científico o un texto de referencia, por ejemplo.
6. La prosa psicoanalítica es personal, como la
asociación libre, cada autor tiene su propia manera de escribir. En esto se
parece a cualquier forma de literatura, sea poesía o ficción.
Ogden insiste en no repetir. Pero a mí me parece
sorprendente esta aseveración. Claro que también es posible que el español
tolere mejor cierta reiteración que el inglés, aun cuando en ambos idiomas
existe la aliteración, por ejemplo. Además Paul Auster (2006) lo hace
bellamente en “The Brooklyn follies”. A lo largo de la obra repite
periódicamente tal vez a manera de síntesis para orientar el lector. En todo
caso, creo que una breve síntesis estratégicamente ubicada
en el texto no hace daño, por el contrario redondea la idea, aclara el camino
de la historia, sirve para realzar alguna idea que pudo haber quedado escondida
dentro del relato.
La ilustración que viene a continuación proviene
de “2,666” de Roberto Bolaño (2004, p. 126).
El tercer día fue idéntico al segundo: llamaron a
Morini, se llamaron entre ellos, sopesaron diversas formas de actuación,
sopesaron la salud mental de Morini, su grado innegable de madurez y sentido
común, y no hicieron nada. Al cuarto día Pelletier llamó directamente a la
Universidad de Turín. Habló con un joven austriaco que trabajaba temporalmente
en el departamento de alemán. El austriaco no tenía idea de dónde podía
hallarse Morini. Le pidió que pusiera al aparato la secretaria del
departamento. El austriaco le informó de que la secretaria había salido a desayunar
y todavía no había vuelto. Pelletier llamó de inmediato a Espinoza y le contó
la llamada telefónica con lujo de detalles. Espinoza le dijo que lo dejara
probar suerte a él.
En este párrafo figuran al menos diez y ocho
repeticiones casi imperceptibles. Me parece que el problema de la reiteración
es la cacofonía, que si puede evitarse, y beneficia el relato, bienvenida sea
la repetición. Incluso Haruki Murakami sugiere que
la melodía de un escrito debería sentirse como el ritmo al trotar, mientras que
Paul Auster prefiere el de caminar, yo en cambio me lo figuro como untarle
mantequilla al pan. Me gusta que el texto sea fluido y tenga textura.
7. No hay que desesperar por encontrar un tema
apropiado. Siempre aparecen. El universo está lleno de ideas en busca de un
narrador. Todo puede narrarse, y al final ser interesante y útil.
Este punto quiero ilustrarlo con el párrafo
inicial de “La fiesta de la insignificancia” de Milan Kundera (2013, p. 11).
Era el mes de junio, el sol asomaba entre las
nubes y Alain pasaba lentamente por una calle de París. Observaba a las
jovencitas que, todas ellas, enseñaban el ombligo entre el borde del pantalón
de cintura baja y la camiseta muy corta. Estaba arrobado; arrobado e incluso
trastornado: como si el poder de seducción de las jovencitas ya no se
concentrara en sus muslos, ni en sus nalgas, ni en sus pechos, sino en ese
hoyito redondo situado en mitad de su cuerpo.
Esto tiene que ser una ironía. Me maravilla cómo
las profundas elucubraciones de este autor puedan partir del ombligo de las
jovencitas. Esperaba algo más enjundioso de un intelectual de su talla. Me
sorprendió. Y debo confesar que precisamente por eso leí este libro de pasta a
pasta sin parar.
8. Hay que tolerar la frustración de los primeros
borradores.
En lo personal,
llega un momento en que me aburro de mis propios escritos, entonces descanso de
ellos: los guardo por un tiempo, corto o largo, lo suficiente para olvidarlos.
Así, al retomarlos, me alegro de verlos otra vez, y encuentro errores con más
facilidad. Pero, aún así, me parece que hay que renunciar al ideal de un texto
acabado, perfecto, completo, siempre hay algo para corregirles. Nunca se sabe
qué pueda encontrarse allí. Seguramente por eso García Márquez decía que le
daba miedo volver a leer sus escritos ya publicados.
“El cuento más
hermoso del mundo”, de Rudyard Kipling (1893, p. 259), lo tradujo Borges del
inglés en 1965, narra esta lucha con las versiones anteriores.
Reuní mis
notas; las leí: el resultado no era satisfactorio. Volví a leerlas. No había
nada que no hubiera podido extraerse de libros ajenos, salvo quizá la historia
de la batalla en el puerto. Las aventuras de un vikingo habían sido noveladas
ya muchas veces; la historia de un galeote griego tampoco era nueva y, aunque yo
escribiera las dos, ¿quién podría confirmar o impugnar la veracidad de los
detalles? Tanto me valdría redactar un cuento del porvenir. Los Señores de la
Vida y la Muerte eran tan astutos como lo había insinuado Grish Chunder. No
dejaría pasar nada que pudiera inquietar o apaciguar el ánimo de los hombres.
Aunque estaba convencido de eso, no podía abandonar el cuento. El entusiasmo
alternaba con la depresión, no una vez, sino muchas en las siguientes semanas.
Mi ánimo variaba con el sol de marzo y con las nubes indecisas. De noche, o en
la belleza de una mañana de primavera, creía poder escribir esa historia y
conmover a los continentes. En los atardeceres lluviosos percibí que podría
escribirse el cuento, pero que no sería otra cosa que una pieza de museo apócrifa,
con falsa pátina y falsa herrumbre. Entonces maldije a Charlie de muchos modos,
aunque la culpa no era suya.
9. La forma del texto está al servicio del
contenido, se complementan. Hay que conocer la estructura básica del artículo
psicoanalítico -introducción, con la presentación del problema investigación,
revisión de la literatura, material clínico, discusión y conclusiones-, pero al
desarrollar una voz literaria propia, es útil experimentar con otras maneras de
escribir, tal como lo hizo Freud, de hecho, sus textos son variadísimas.
Son tantas las posibilidades de comunicación
que ofrece la relación transferencia contratrasferencia que no sorprende la
diversidad de la prosa psicoanalítica, cada dúo analítico tiene su propio
lenguaje, un sistema particular de símbolos a partir de la dialéctica de las
subjetividades del analista y el analizando.
A continuación traigo las palabras que
figuran al principio de “La maravillosa vida breve de Óscar Wao” de Junot Díaz
(2008, p. 23). Una obra
premiada con el Pulitzer del 2008.
Nuestro héroe no era uno de esos dominicanos de
quienes todo el mundo anda hablando, no era ningún jonronero ni fly bachatero,
ni un playboy con un millón de conquistas.
Y salvo en una época temprana de su vida, nunca
tuvo mucha suerte con las jevas (qué poco dominicano de su parte).
Entonces tenía siete años.
Pero no todos están de acuerdo con estas
construcciones, consideran el folklorismo un defecto fatal. Mario Vargas Llosa
(2012) insiste en que la cultura se ha trivializado, que la banalidad ha
usurpado el lugar de los intelectuales con la ayuda nefasta de la Internet, un
herramienta infernal de diseminación masiva de ideas insulsas que, además, de
la mano de las redes sociales y las aplicaciones de los teléfonos inteligentes,
ha corrompido el idioma.
Otros autores (Nardeau, Barlow 2013), en
cambio, aducen que este fenómeno es natural, deseable y bello. El español es el
idioma de quinientos millones de personas, el doble de los hablantes franceses,
por ejemplo. Es el idioma oficial de 21 países. Y el 60% de los
hispanohablantes viven, aman, elaboran duelos, maduran y aprenden a partir de
la experiencia en Colombia, España, México y Argentina. Además es el segundo
idioma más utilizado y estudiado en Estados Unidos. Aun cuando en ese país
coexiste con el spanglish, o inglañol, objeto de estudio cuidadoso por parte de
la Academia de la Lengua Norteamericana, cuyas sedes más grandes se encuentran
en Nueva York, Los Ángeles y Phoenix. En todo caso, en ese país es posible
encontrarse con alguien que diga: “vamos
a la mareketa en mi truca y la parquiamos un bloque adelante, pa´ verlo por la
window”[4].
El español es uno de los idiomas de mayor
entropía. Este aspecto se refiere a su tendencia al cambio, a su movilidad y
dinamismo, a que la adaptación de extranjerismos es su mayor fuente de nuevas
palabras. En cambio en el extremo opuesto del espectro de la entropía podríamos
citar el caso del mandarín, una lengua prácticamente estática desde hace
siglos.
10. La originalidad es un ideal persecutorio, todo
pensamiento tiene contexto.
Las
publicaciones nunca son originales, siempre se refieren a otras, no hay una sola
que sea el punto de partida de todas las demás. Y, de por sí, es un acto creativo y de genialidad
descubrir de nuevo la trasferencia como situación total, el yo corporal, la
elaboración onírica, la intersubjetividad, la relación trasferencia
contratrasferencia, por ejemplo.
Para ilustrar este asunto Ogden (2005) escogió “Pierre
Menard, autor del Quijote”, otro cuento de Borges (1941, pgs. 449-450):
No hay ejercicio intelectual que no sea
finalmente útil. Una doctrina filosófica es al principio una descripción
verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo –cuando no un
párrafo o un nombre- de la historia de la filosofía. En la literatura, esa caducidad
final es aun más notoria. “El Quijote –me dijo Menard- fue ante todo un libro
agradable; ahora es una ocasión de brindis patrióticos, de soberbia gramatical,
de obscenas ediciones de lujo”. La gloria es una incomprensión y quizá la peor.
En suma, estas páginas son una invitación
para todos a arriesgarse a escribir. Es divertido. Además ayuda renunciar a las
aspiraciones de originalidad, pues lo ingenioso de un texto es la manera en que
se plantea el asunto, y dicho sea de paso, todos los temas valen la pena, todo
depende de cómo lo narre el autor. Lo que hace maravilloso un escrito es su
convicción de que se está escribiendo algo indispensable.
Y para terminar este planteamiento sobre la
conexiones entre la prosa analítica y la extranalítica, en el 2014 apareció
publicada una novela policiaca de Ogden, titulada “The parts left out, a
novel”. La trama se sitúa en un pueblo rural en Kansas, a donde un policía
sensible a la condición humana, permeable a las vicisitudes del inconsciente,
investiga el uxoricidio que cometió un marido dócil y un padre de familia
ejemplar. Un homicida improbable del que nadie hubiera esperado semejante cosa,
mucho menos frente a los ojos exorbitados de sus hijitos.
En otro orden de ideas, Ogden, como otros
pensadores de estirpe intersubjetiva, concibe el psicoanálisis como un
tratamiento (Bion, 1962; Stolorow, et al, 1994; Ogden, 1997; 2004; Stern, 2004;
Bohleber, 2010; Ferro, 2011; Mawson, 2011; Coderch, 2012). Y aun cuando no lo
menciona, en el universo de la literatura psicoanalítica coexisten al menos dos
maneras de investigar. Una de orientación clínica centrada en el reporte de
caso, instrumento invaluable para construir conocimiento desde fines del siglo
XIX. Pero también hay una vertiente apoyada en las técnicas de investigación de
las ciencias naturales, estudian la eficacia y las indicaciones del tratamiento
psicoanalítico. Se trata de trabajos cualitativos y cuantitativos con técnicas
estadísticas. Además la intersubjetividad está estrechamente relacionada con la
corriente filosófica conocida como fenomenología, y existen metodologías de
esta índole para investigar dentro de este marco conceptual.
Pero estas metodologías disímiles de
investigación no conviven apaciblemente, hay controversia. Una facción, tal vez
mayoritaria, advierte que esta clase de
enfoque simplifica de manera burda y equivocada lo inefable de la subjetividad
en un elemental conjunto de variables directas e indirectas. Argumentan que
estos protocolos obedecen más que al interés por el descubrimiento, a
conflictos inconscientes del investigador que los lleva a defender el
psicoanálisis pues su identidad analítica está en vilo. En el otro bando, en
cambio, los partidarios de estas técnicas enarbolan el argumento de que
desaprovechar los métodos de investigación estadística aísla intelectualmente
al psicoanálisis, lo dispersa y promueve el estancamiento, la ortodoxia, pues
sus premisas se aceptan como artículos de fe. Y algunos pensadores más esgrimen
el argumento de que por ser una disciplina hermenéutica el relativismo del
psicoanálisis imposibilita construir conocimiento científico, situándolo en el
mismo lugar epistemológico de la astrología, la medicina alternativa, la
nigromancia, sistemas de pensamiento respetables y milenarios que se enorgullecen
de ser refractarios al método científico.
Mi muy personal opinión es que el método
científico es una lógica humilde, útil y viable para el psicoanálisis. Se basa
en que toda afirmación, y toda refutación, tienen una probabilidad calculable
de error en el contexto del observador. De manera que se diseñan experimentos
para contestar la pregunta de investigación que, por una parte, puedan
reproducirse por otros investigadores y, por otra, atenúan el conflicto de
intereses y el sesgo del observador, pues disciplina las pasiones de quien
investiga. Así que en el psicoanálisis hay un bilingüismo a la hora de
investigar: por una parte el reporte de casos habla desde la perspectiva
intersubjetiva, desnaturalizando lo menos posible la experiencia y, por otra, hay
discusiones lícitas sobre la eficacia y las indicaciones del tratamiento
psicoanalítico. Un método no sustituye ni contradice al otro. Entonces el
analista sigue construyendo conocimiento a través del valiosísimo reporte de
casos, a la vez que participa en protocolos de investigación con metodologías
con diseños experimentales y análisis estadístico. La plausibilidad de esta
clase de investigaciones se basa en la conjetura de que el psicoanálisis
también es una ciencia, y progresa mediante el conocimiento que se construye
con ese método, el que le corresponde a estas disciplinas, por lo tanto, es
objeto de investigación sistemática, en especial sobre la técnica, la teoría
del cambio, la cura, el proceso, el desenlace. De modo que ahora participamos
en la construcción de un psicoanálisis basado en la evidencia.
Y no hay que olvidar que también existen
métodos de investigación dirigidos a estudiar la neurobiología de la mente
mediante imágenes diagnósticas, por ejemplo. Además de generar conocimiento, se
trata de herramientas conceptuales útiles para comunicarse con otras
disciplinas, así como con el público analítico y no analítico por igual.
Para terminar, traigo una anécdota. Entrando
a cine una noche, una señora se me acercó y se presentó. Luego me contó que
vivía en Nueva Zelanda, y que pasaba vacaciones en Bogotá visitando a su
familia. Entonces me explicó que me había reconocido por la fotografía que
aparecía en el encabezado de mi blog, y me dio las gracias, explicó que
disfrutaba de leer los escritos que publico allí periódicamente. Se trata de
textos breves de difusión, que nunca contienen material clínico. Después de un
rato de conversación entretenida y alegre, nos despedimos con un beso amable en
la mejilla para internamos en la oscuridad del teatro, cada uno con su gente,
para ver la película. No olvidé a mi nueva amiga del cine. Este episodio me
hizo pensar que aun cuando el papel impreso es mucho más prestigioso, la
Internet ofrece un espacio enorme de comunicación. Al contrario del periódico
de ayer que nadie quiere ya leer, por ejemplo, los blogs quedan flotando en el
ciberespacio, y de vez en cuando se encuentran con algún internauta desocupado
que amablemente decide invertir su tiempo en leerlos.
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[1]
El proceso de maduración del analista tiene mucho
en común con el desarrollo psíquico en general.
[2]
Utilizo el término ‘simbolización’ en estas páginas con el sentido que le dio
Hanna Segal (1957).
[3]
Expresión empleada por los Baranger (1993; 2008) para referirse al compromiso
de ofrecer actitud analítica a un paciente.
[4]
Es decir, “vamos al mercado en mi camión, y lo parqueamos una cuadra más
adelante, para verlo por la ventana”.