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miércoles, 20 de septiembre de 2017

Sobre la lógica del inconsciente


      Sigmund Freud (1900; 1915; 1940 [1938]) fue quien descubrió el inconsciente dinámico o proceso primario. Llegó a la conclusión inapelable de que tiene un patrón, una lógica, basándose en observaciones metódicas acerca de las regularidades que se encuentran en la clínica pscoanalítica. Un tipo de pensamiento con componentes finitos que lo definen, y que, al combinarlos en distintas permutaciones dan lugar a la variabilidad de la subjetividad. De las profundas reflexiones freudianas surge el modelo teórico monopersonal acerca del funcionamiento de la mente del individuo, junto con sus ideas sobre su desarrollo desde el nacimiento. Pero también de aquí partió para construir la técnica para trabajar con el inconsciente con la finalidad terapéutica de que el analizando construya una vida más satisfactoria y plena, más justa consigo mismo y los demás, que la persona siga construyendo su capacidad para pensar y elaborar los desafíos que la vida implica. No ofrece, en cambio, una vacuna contra la adversidad. Tampoco es una promesa de equilibrio idílico y perenne, la quietud es inhumana.

       Las emociones son de las pocas cosas de las que podemos estar seguros, y, aún así, no siempre las respetamos ni las atendemos. Un pensamiento es una idea junto con sus afectos. En toda operación mental hay una proporción variable de funcionamiento consciente e inconsciente, sea un problema matemático, un debate de alto vuelo intelectual, el duelo ante la pérdida de un ser querido, una relación de pareja o el sueño más emotivo, y esta es la antinomia fundamental del ser humano (Matte Blanco, 1959; 1975; 1988).

       En 1900, casi desde el principio del psicoanálisis, describió el proceso primario. Se trata de una lógica en la que la similitud es el tipo privilegiado de relación. Es la presencia en el pensamiento de contradicciones simultáneas: alternancia de temporalidad y atemporalidad, así como de conexiones lógicas basadas en la simultaneidad, en atribuir la causalidad a la sucesión, en tomar la equivalencia como identidad y en la conjunción de alternativas. Es la presencia al mismo tiempo de pensamiento y no pensamiento. Y en 1915 incluyó otros elementos más, como la ausencia de contradicción y de negación con hegemonía del desplazamiento y la condensación y la substitución de la realidad externa por la interna. En suma: el proceso primario tiende a la indiferenciación. No hay sucesión, la parte se toma por el todo. Se tratan los elementos de un conjunto como si fueran idénticos ni hay contigüidad porque el tiempo y el espacio son inexistentes en el sentido físico-matemático. Temas que rastrearemos en estas páginas con tranquilidad y claridad.

       Luego el psicoanalista chileno Ignacio Matte Blanco (1959; 1975; 1988), entre otros, introdujo al psicoanálisis el análisis de tipos de modelos lógicos, una metodología que se origina en Bertrand Russell. Y esta no es la primera vez que el psicoanálisis toma prestado algún instrumento de la filosofía.

       Así Matte Blanco construyó el principio de simetría. Predomina el proceso primario. Trata todas las relaciones como si fueran simétricas, clasificándolas en conjuntos que abarcan cada vez más elementos hasta eventualmente conformarse una sucesión infinita en la que es remota la posibilidad de reconocer el objeto diferenciado. No hay contradicción entre impulsos. Tampoco hay negación. Las cosas son y no son al mismo tiempo. Y el desplazamiento del afecto es posible ya que no hay diferencia entre ideas. El principio de simetría, entonces, está en la base de la condensación, la simbolización, la transferencia, la proyección, la introyección y la sublimación. Las contradicciones coexisten sin conflicto, la alternancia entre presencia y ausencia substituye la sucesión, las conexiones lógicas se reemplazan por simultaneidad y la causalidad por sucesión, la equivalencia por identidad. Entonces las alternativas confluyen, hay pensamiento y no pensamiento al mismo tiempo. No hay un antes ni un después, porque todos los instantes son iguales, hay atemporalidad. Y sin tiempo ni espacio, no hay interior ni exterior, tampoco diferencia entre yo y no yo, todo esto resulta en la substitución de la realidad externa por la interna. Así se explican las relaciones objetales, el retorno de lo reprimido y la geometría intrapsíquica, por ejemplo. Este es el nivel en que se vive la experiencia.

       En contraposición al proceso primario, en el proceso secundario predomina la lógica bivalente, clásica, aristotélica o asimétrica, la que concibe los eventos separados. Como en el caso del orden total de las matemáticas, que está regido por el principio de identidad, si A es igual a B, no son diferentes; el de contradicción formal, si A y B se oponen, no son verdaderas al mismo tiempo; el de incompatibilidad, A no puede ser diferente e igual a B; junto con el de bivalencia, A o no A pero no ambas; y por la substracción, si A es positivo y se le resta B, el resultado es menor que A.

Así que siempre se intercalan elementos simétricos y asimétricos. De la misma manera en que hay relaciones simétricas, no lineales, cuando lo predominante es la equivalencia y la similitud, también las hay asimétricas cuando el nexo lógico es lineal, y a este tercer tipo de lógica se le llama bilógica.
Y como es fácil suponerlo la estructura bilógica está estratificada y es constitucional. Resulta del desarrollo normal. Es un logro. Está conformada por un gradiente que va desde la mayor asimetría concebible hasta llegar al extremo de la simetría. Va de lo superficial a lo profundo de la mente. Cuando se nace predomina la simetría, la base está en el yo corporal, polimorfo perverso, inmaduro desde el punto de vista neurológico, de modo que las relaciones asimétricas son pocas, pero exiten, como en el caso del bebé que reconoce a su mamá. La mente se desarrolla al relacionarse con el principio de realidad conformando los primeros elementos asimétricos, elementos que adquirien complejidad con el tiempo en virtud del aprendizaje a partir de la experiencia, dando lugar a niveles de diferenciación, que funcionan con independencia y dan lugar a la continuidad existencial. Cuando es exitoso el proceso, por así decirlo, los niveles de asimetría suficientemente logrados le permiten al individuo funcionar de una manera equilibrada y satisfactoria frente a los avatares de las relaciones im predecibles con el mundo y sus habitantes.
En las capas más superficiales predomina el pensamiento delimitado, se reconocen los objetos separados, definidos. Pero en las más profundos aparecer relaciones no aparentes, elementos accesibles al preconsciente consciente, por ello están sujetos a retrospección y consideración. En la medida en que la simetría aumenta, aparecen los aspectos conscientes de los afectos relacionados con los objetos diferenciados. Todavía hay algo de asimetría en las emociones que pueden nombrarse y relacionarse con un objeto en particular. Aun cuando ya hay experiencias que se extienden infinitamente, como en el caso de las alucinaciones, la omnisapiencia y la omnipotencia, así como la impotencia, la idealización y la negación.
En niveles más profundos operan los mecanismos de defensa, se experimenta la destructividad y la atemporalidad freudiana. Se vuelve plausible sustituir la parte por el todo. Se da la matriz básica de la proyección y la introyección, tema al que regresaremos más adelante. Aun cuando todavía hay cierta asimetría, las cosas se clasifican más por equivalencia, el individuo se vuelve la potencialidad y la intensidad tiende hacia el infinito. Y la simetría aumentando, el funcionamiento todavía se asemeja más al del inconsciente dinámico freudiano. Las experiencias tienen mayor intensidad afectiva. Los conjuntos son amplios con elementos idénticos, es el nivel de funcionamiento de la esquizofrenia: no hay contradicción, el conjunto abarca todas las referencias, incluye afirmaciones y negaciones, se substituye la realidad externa por la interna. Hasta que por último, convergen en un solo conjunto en el que todo está contenido y abarca lo concebible, es la unidad indivisible. La simetría tiende hacia el límite de la indivisibilidad. Las cosas se experimentan como iguales y las relaciones están contenidas en una sola.  El pensamiento es imposible porque no hay asimetría: todo es igual, no hay tiempo ni espacio, así que tampoco hay movimiento y los afectos son infinitos.
También vale la pena considerar, entonces, que si bien las regiones más profundas de la simetría son atemporales, el desarrollo de la estructura bilógica estratificada y el cambio psíquico relacionado con el proceso interpretativo, por ejemplo, implican tiempo, son procesos.
Y tengase en cuenta entonces que desde esta perspectiva es innecesario el concepto de pulsión de muerte. La unidad indivisible produce el efecto que se le atribuye a tánatos: la quietud, el eterno retorno, la indiferenciación, la desvinculación libidinal.
Otra anotación más, desde este punto de vista, la salud mental está en que la simetría y la asimetría se relacionen de maneras flexibles, móviles y adaptativas, mientras que, por el contrario, de la rigidez proviene la patología. En los estados anormales la diferenciación entre los niveles lógicos se fractura y confunde, entonces se conforman estructuras bilógicas desvitalizadas (Barrios, 2006).
Adicionalmente vale la pena aclarar que de esta manera también pueden explicarse los sueños y la geometría de la mente. Los objetos son particulares en el nivel asimétrico, ocupan un tiempo y un espacio, se perciben únicos; y al mismo tiempo, desde el punto de vista de la simetría, tienen n dimensiones, cuentant con incontables facetas. El desplazamiento y la condensación multiplican los volúmenes, una maniobra crucial en la elaboración onírica que le da una estrecha relación al sueño manifiesto con el latente, un significado personal por descubrir en la sesión. Concepción afín a la de Donald Fairbairn (1931; 1940; 1944), los sueños representan la realidad interna, las relaciones objetales, y en el proceso de simbolización de las sensaciones corporales crudas, multidimensionales, empiezan a vincularse a elementos asimétricos que puedan construir estructuras bilógicas para que lleguen a pensarse.
Hasta aquí hemos descrito la lógica del inconsciente desde la perspectiva monopersonal, es decir, de cómo funciona la lógica del inconsciente dinámico dentro de la cabeza de un individuo cualquiera. Pero esta es solo una parte de la historia. Es interesante pensar sobre cómo se construye la relación con los demás, el enfoque bipersonal. En particular para nosotros, los psicoanalistas que creemos que el eje del proceso analítico está en el influjo de la relación transferencia contratransferencia en la situación analítica al emplear la técnica estándar.
En 1946 Melanie Klein describió la identificación proyectiva como una fantasía compleja que se da en dos pasos: primero, hay una identificación en que el objeto se vuelve representante del sujeto; luego, en un segundo tiempo, el sujeto toma al objeto como parte de si mismo mediante proyecciones e introyecciones, depositándole el objeto malo y quedándose con el bueno y viceversa. En la identificación, merced a la simetría, el sujeto asume el objeto como parte suya y sobre esa base se da la proyección y la identificación. En la identificación hay relacion entre sujeto objeto, de adentro a afuera y en sentido contrario; pero también, a la vez, merced a la escisión, el sujeto y el objeto se confunden.
Por acción del desplazamiento y la condensación, la introyección y proyección, se reduce el objeto multidimensional a solo tres dimensiones, llega a la asimetría. El desplazamiento exige escisión en por lo menos dos, el yo se separa isomórficamente con un espacio multidimensional y diferentes elementos se tratan como si fueran uno solo, que asimétricamente se conciben como separados. Mediante la condensación, la escisión y el desplazamiento se logran representar tridimensionalmente como una figura compuesta en un momento dado.
La escisión implica que el sujeto está a la vez en si mismo y en el objeto, a través de la matriz básica de la proyección y la introyección. El yo y el objeto pertenecen al mismo conjunto, se identifican, mientras hay proyección e introyección. En la proyección está el yo es el objeto, lo cual implica asimetría espacial y simetría temporal acompañada de empobrecimiento yóico. En la identificación proyectiva, el espacio psíquico es multidimensional, las innumerables escisiones del yo están en dos o más objetos a la vez, y los aspectos desplazados aparecen separados, están puestos a la vez en el sujeto y el objeto, osea que están adentro y afuera, ocupan por lo menos dos espacios tridimensionales al mismo tiempo. Pero para diferenciar lo interno de lo externo se requiere asimetría. Y, por último, la agresión es la proyección del objeto malo, es decir, es una operación bilógica con un componente asimétrico importante porque tiende a separar, a alejar y a diferenciar.
En síntesis, bilógica es la coexistencia perpetua de la asimetría y la simetría. Y el psicoanalista también funciona de esta manera. La interpretación surge de la dinámica entre simetría y asimetría en la relación del dúo analítico. Desde esta perspectiva del análisis, el efecto terapéutico proviene de la interacción de esas dos mentes creando nuevas estructuras bilógicas, en esta ocasión, vivas y fluidas a partir de las originales. La situación analítica provee condiciones favorables para construir nuevas relaciones entre simetría y asimetría. Genera la asimetría que se integra con la simetría sin pretender sustituirla. Esto es intersubjetividad.
Pero tambien el encuentro analítico requiere de una negociación constante entre las delicadas tensiones de la mente propia del analista y permitirse hacer contacto emocional con el analizando. Cada sesión es un campo intersubjetivo único, con transformaciones que llevan a pensar y a sentir lo nuevo que hay allí. Sin embargo, hay innumerables abordajes y transformaciones posibles según la posición y la inmersión del analista en el campo, por supuesto, con incontables desenlaces posibles. Así, cuando todo va bien, florece un tercer objeto simbólico entre analista y analizando. Se trata de relaciones complejas, cambiantes, crecientes  (Cartwright, 2016).
       Por otro lado, el campo analítico es la idea de que el análisis sucede en la relación entre los miembros del dúo analítico, a donde se definen el uno al otro. La estructura que resulta de la interacción entre analista y analizando es un proceso dinámico y creativo, más grande y complejo que la suma de sus componentes. La experiencia sensorial, los pensamientos, las fantasías y otros eventos mentales reverberan en este campo multidimensional, con diferentes niveles de representación y función. En algunas áreas es indispensable diferenciar lo interno de lo externo, mientras que en otras no lo es en algún momento dado. Está habitado por presencias, personajes, signos, animaciones, cosas, baluartes, barreras, sentimientos, así en el espacio, tiempo y función del campo analítico surge la dinámica inconsciente del dúo analítico. de modo que es una estructura particular, una fantasía bipersonal compartida determinada por el analista y el analizando.

       Este enfoque pone el acento en la interacción en el setting analítico, así como en sus propiedades emergentes, recíprocas, con configuraciones variadas. La experiencia analítica es un sistema no lineal. Siempre hay turbulencia en él. Turbulencia que emerge con niveles variables de complejidad, articulando la experiencia emocional con lo incognoscible en la interacción del dúo analítico. Y que funciona en varios niveles de tensión dialéctica entre lo igual y lo diferente, entre simetrías y asimetrías.

       Influencias internas, externas y en varios niveles generan nuevas experiencias emocionales. El campo se organiza por sí solo con patrones a partir de influencias recíprocas, a donde cualquier elemento puede tener la totalidad de las características del campo, pues está abierto a aportes continuos, es sensible al contexto y es particular. Así que el campo analítico, como cualquier otro campo de la experiencia, es inherentemente ambiguo. Es inconsebible un analizando sin su analista ni un analista sin su analizando, ya que entre ellos hay infinidad de maneras de vinculares que se representan a distintos niveles de la complejidad psíquica. Siempre negocian la tensión dinámica entre lo semejante y lo diferente según los avatares del campo intersubjetivo.     


Referencias

Barrios S (2006). Introducción a la bilógica acompañada de aplicación clínica, con consideraciones sobre el proceso analítico y la neurociencia. Rev Soc Col Psicoan 31: 363-380.
Barrios S (2008). La risa en el proceso psicoanalítico. Rev Soc Col Psicoan 33: 167-190.
Cartwright D (2016). Containing systems in the analytic field. En: Levine H; Civitarese G (edits.), The WR Bion tradition. Lines of development - evolution of theory and practice over the decades, pgs 201-221. London: Karnac, edición electrónica.
Fairbairn WRD (1931). Features in the analysis of a patient with a physical genital abnormality, En: An object-relations theory of the personality, pgs 197-222. New York: Basic Books Inc, 1962.
Fairbairn WRD (1940). Schizoid factors in the personality, En: An object-relations theory of the personality, pgs 3-27. New York: Basic Books Inc, 1962.
Fairbairn WRD (1944). Endopsychic structure considered in terms of object-relationships, En: An object-relations theory of the personality, pgs 82-136. New York: Basic Books Inc, 1962.
Freud S (1900). The interpretation of dreams. SE 4, 5.
Freud S (1915). The unconscious. SE 14: 158-215.
Freud S (1940 [1938]). An outline of Psycho-Analysis. SE 23: 139-207.
Matte Blanco I (1959). Expression ins symbolic logic of the characteristics of the system Ucs. or the logic of the system Ucs. Int J Psychoanal 40: 1-5.
Matte Blanco I (1975). The unconscious as infinite sets, an essay in Bi – logic. London: Karnac books, 1998.
Matte Blanco I (1988). Thinking, feeling, and being, clinical reflections on the fundamental antinomy of human beings and world. London: Routledge.







[1] Miembro titular Sociedad Colombiana de Psicoanálisis.

sábado, 22 de agosto de 2015

Acerca de la concepción actual del mecanismo de defensa psicológico de la represión


Desde que empecé a formarme como psicoanalista leo con juicio y admiración la Standard Edition de las obras completas de Sigmund Freud, no porque sea el universo entero del psicoanálisis, lo digo porque con el tiempo nuestra disciplina ha progresado desde el punto de vista técnico y conceptual. Incontables investigadores la han desarrollado, aun cuando para el público no sea tan notorio, y para muchos, el análisis se reduce a las publicaciones freudianas. Lo que me maravilla de su obra es que a pesar de sus limitaciones humanas, puesto que él, como cualquier otra persona, era producto de su contexto y estaba sujeto a su punto de vista, fue el primer psicoanalista y el descubridor de la teoría del inconsciente y de la técnica para trabajarlo. La raíz del psicoanálisis está en Freud, no cabe duda, y luego nuestra disciplina floreció. Pero lo que más me asombra de todo esto es la finura de sus observaciones y su habilidad para organizar sistemáticamente esos datos transformándolos en información, en un cuerpo teórico, en una técnica, una disciplina intelectual, científica, incluso artística, una concepción del ser humano y en movimiento creciente que agrupa psicoanalistas dispersos por todo el mundo. Es muy interesante leer cómo Freud construyó poco a poco, paso a paso, su concepción psicoanalítica de la mente, concepción que aún hoy no se ha acabado de construir.
Creo que la mayoría de los psicoanalistas estarían de acuerdo conmigo en que “Lo inconsciente” de 1915 es uno de los textos fundamentales de Freud. No descubrió el inconsciente, pero sí su lógica, conceptos freudianos que permanecen inalterados cien años más tarde (Matte-Blanco, 1988; Bott Spillius, et al, 2011; Barrat, 2013; Blass, 2015). Nadie ha superado ni enmendado su concepción del inconsciente, sigue siendo la piedra angular del psicoanálisis del siglo XXI. Por eso quise unirme a esta celebración del centenario de esta publicación invaluable. Sigue siendo cierta la idea de Freud de 1925: lo inconsciente, lo reprimido y la resistencia son los componentes principales del psicoanálisis (Laverde, et al, 2012; Barratt, 2013). Y en estas reflexiones seguiré el destino, un siglo más tarde, del capítulo IV de “Lo Inconsciente” titulado, “La Tópica y la Dinámica de la Represión” (Freud, 1915, pgs 180-185), desde el punto de vista metapsicológico, de la técnica, la teoría y del neuropsicoanálisis. Y este blog que tiene ante sus ojos es el mapa conceptual de mi intervención en este evento.



Es imposible ver la realidad sin fantasía, el inconsciente siempre está activo (Freud, 1915). Es inexacta la noción de que la censura lo mantiene a raya, impidiéndole aflorar al preconsciente y al consciente. El inconsciente está en continuo desarrollo, coopera con el preconsciente y el consciente. Se trata de una relación fluida, pues sus derivados influyen en el preconsciente consciente, mientras que las vicisitudes del mundo exterior afectan el inconsciente, hasta el punto que es imposible delimitar con nitidez la frontera entre ellos, las complejidades de sus relaciones son las complejidades de la vida. La antinomia fundamental del ser humano es la coexistencia de la realidad interna y la externa, siempre, en toda operación mental, desde la solución del problema matemático más abstracto hasta el sueño más apasionado (Matte-Blanco, 1988). En el inconsciente coexisten sin contradicción pulsiones con tendencias opuestas, que en parte están vinculadas a la consciencia, así que a la vez que son inconscientes, son incapaces de ser conscientes, es decir, cualitativamente, descriptivamente, pertenecen al inconsciente, su origen define el destino. Esta es la naturaleza de las fantasías normales, así como de las neuróticas, y también de las etapas preliminares de la formación de sueños y síntomas. A pesar de su alto nivel de organización no pueden hacerse conscientes. Se acercan a la consciencia, inalterados, pero no llegan plenamente. Temas que también aparecen en la nota de pie de página de la sección número 5 anexada en 1920 a “Tres Ensayos de la Teoría Sexual” de 1905.
Las formaciones sustitutivas también son organizaciones de los derivados inconscientes, y desde el punto de vista de la consciencia, todo proviene del preconsciente. Pero el preconsciente en realidad se origina en el inconsciente, tiene el carácter de sus derivados y está sujeto a censura antes de llegar a la consciencia, aun cuando también hay partes del preconsciente que son susceptibles de ser conscientes, sin censura. Si bien el objeto de la censura es decisivo antes de hacerse preconsciente y consciente, las cosas pasan del preconsciente al consciente en virtud de la atención, reflexión que también aparece en “La Interpretación de los Sueños” de 1900. En todo caso, es una disposición particular que en el “Proyecto” de 1895 y en “Los Dos Principios del Suceder Psíquico” de 1911 Freud la vincula al principio de realidad (Freud, 1915).
En esas páginas asombrosas figura, entre otros conceptos trascendentales, y muy vigentes, la noción del mecanismo de defensa psicológico de la represión. Proceso que afecta la idea en el límite entre el preconsciente y el inconsciente, al retirarle gran parte de la energía libidinal que la enviste, y que, aun cuando reprimida, sigue activa en el inconsciente, es decir, mantiene algo de sus conexiones pulsionales (Freud, 1915, p.180). El mecanismo aísla la idea y protege la consciencia. Pero estas precauciones no son fiables, pues solo defienden del mundo exterior, nunca del interior, y alcanza la idea sustitutiva que surge de adentro hacia afuera, desde la dirección del enlace con la idea reprimida. Se trata de la represión propiamente dicha, una fuerza que viene del interior, y que también llamó represión secundaria, en todo caso, un mecanismo que afecta la idea preconsciente consciente.
El paso del inconsciente al preconsciente es un cambio en el estado, no en el contenido, es un problema más dinámico que topográfico. Pero, ¿por qué hay una represión primaria?, si se trata de una idea que no tiene relación con el preconsciente. Hay un proceso que mantiene la represión, aún después de ejercerla, que protege al preconsciente de la presión inconsciente. Un proceso que consume energía perpetuamente y que da lugar a una represión primaria cuya presencia es perenne.
Así que con este texto freudiano surge una nueva forma de ver los fenómenos psíquicos, además de las perspectivas dinámica y topográfica, aparece la económica, es decir, las vicisitudes del monto de excitación, su magnitud relativa. Y plantea que la investigación psicoanalítica lleva a que cuando un evento se expresa en términos dinámicos, topográficos y económicos, se habla de una metapsicología. Término que Freud ya había utilizado el 13 de febrero de 1896 en su correspondencia a Fliess, así como en “La Psicopatología de la Vida Cotidiana” de 1901.
Entonces intenta una descripción metapsicológica de las tres neurosis conocidas por él en ese momento. Y tenga en cuenta que Freud propone que la represión se dirige hacia las ideas libidinales, encara las pulsiones sexuales. En la ansiedad histérica hay una angustia sin nombre. En el inconsciente hay un impulso erótico que iba a aflorar al preconsciente, es un conflicto, y las fuerzas inconscientes libidinales de la idea reprimida finalmente se descargan como angustia. Una vez instaurado el mecanismo, la líbido se fuga ligándose a ideas sustitutas que tienen asociación con la reprimida, y evaden la represión precisamente porque se trata de una idea remota. La idea sustituta, por ser desplazamiento, permite racionalizar la angustia inevitable cuando la idea reprimida emerge del inconsciente como si en realidad fuera el punto de partida de ella (Freud, 1915).
En el caso de las fobias, en cambio, la angustia se manifiesta cuando se intensifica el impulso amoroso y cuando se percibe el objeto fóbico. La idea sustituta se manifiesta como evitar, renunciar, prohibir. Funciona como mecanismo para disipar angustia. Alivia dándole salida mediante una formación sustitutiva, pero la represión no es completa, funciona como una señal inhibitoria a través de la fuga por parte del preconsciente. Y téngase en cuenta que la idea de una pequeña liberación de displacer que funciona como señal que anuncia para no llegar a una liberación plena, figura en el pensamiento freudiano desde “El Proyecto” y “La Interpretación de los Sueños”, pero luego la desarrolla todavía más en “Inhibición Síntomas y Angustia”. En todo caso, la formación de sustitutos mediante desplazamientos puede continuar indefinidamente. El mecanismo defensivo proyecta al exterior el peligro instintivo. Se comporta como si la angustia no proviene del mundo instintivo sino del mundo exterior (p. 184), de las percepciones, entonces reacciona fugándose del elemento fóbico. El proceso es exitoso en que la liberación de la angustia puede controlarse, pero sacrifica la libertad, los intentos de refugiarse de las exigencias de los instintos siempre son estériles, insatisfactorios.
Por último, en la histeria conversiva la idea reprimida se traduce en síntoma, noción que ya había tocado en “Estudios sobre Histeria” de 1895. En la conversión, preconsciente y consciente participan en la formación del síntoma. Los representantes instintivos se manifiestan, y se satisface la condición de expresar el impulso junto con el efecto defensivo. Y en la neurosis obsesiva, predomina el consciente. La falta de descarga sugiere que la represión es menos efectiva que en la histeria de ansiedad.
En cuanto al destino metapsicológico del mecanismo de la represión durante estos cien años, ha sucedido mucho, incluso antes de la muerte de Freud en 1939. En “Lo Inconsciente” queda planteado que la represión está en la base de todas las medidas de defensivas, como en el caso de la formación sustitutiva, el desplazamiento, la racionalización, la proyección, la conversión, la somatización, las obsesiones y las compulsiones. La represión es la raíz de estos mecanismos. La finalidad de todos los mecanismos de defensa es reprimir impulsos agresivos y eróticos. Es más, para Freud, ‘represión’ y ‘mecanismo de defensa’ son lo mismo en ese momento, y luego en “Inhibición, Síntomas y Angustia” los separa.
Además en los trabajos de Freud, Ferenczi y Abraham aparece la proyección basada en lo anal, mientras que la introyección en lo oral. También sigue elaborando la conversión en la histeria, así como la proyección y el desplazamiento en la paranoia, junto con la negación y la escisión, mecanismo que Freud descubrió entre 1937 y 1938. En él, el yo niega la realidad, como en el caso del fetichismo, y se escinde en dos versiones del mundo. Esta es la raíz del pensamiento kleiniano (Bott Spillius, et al, 2011; Barratt, 2013). Pero también Freud plantea que los mecanismos de defensa se dirigen tanto a los impulsos eróticos como a los agresivos, a la vez que resalta que son el punto de partida del desarrollo mental. Son paradójicos, pues son centrales en el suceder psíquico, lo favorecen y lo frenan: inicialmente protegen al yo, pero si se quedan inveterados, rígidos, lo interfieren, y aun así son fundamentales para el funcionamiento mental (Bott Spillius, et al, 2011). Se trata de una transacción a donde se logra el mejor equilibrio posible para esa persona, por precario que sea.
Y en 1936 Anna Freud siguió estudiando el tema, hizo la taxonomía de los mecanismos de defensa. Además otros investigadores también aportaron, en especial Fenichel y Klein, a quien le interesaron los mecanismos de defensa infantiles en relación con la mente, el cuerpo y los objetos (Bott Spillius, et al, 2011).
Para Klein, siguiendo a Freud, resistencia es la fuerza que se opone a hacer consciente lo inconsciente, una manifestación de ansiedad, una trasferencia negativa. La negación, en cambio, es una defensa temprana, primitiva y agresiva, que Freud describió en “Sobre Masoquismo” de 1927 como una escotomización de la realidad. Un mecanismo defensivo que arrasa con la percepción, y a diferencia de la represión, aniquila la parte indeseable del objeto y del yo que se vincula a él. La negación es omnipotente, y difiere de la represión en que elimina de la consciencia o la memoria la experiencia, sea un evento interno o externo, mientras que en la represión el sujeto y el objeto permanecen intactos. La diferencia no es del todo clara, pero los kleinianos suelen preferir las palabras ‘escisión’ y ‘negación’, mientras que los freudianos clásicos, ‘represión’. De todos modos, la negación es central en la defensa maníaca, al negar las limitaciones de yo y la importancia del objeto (Bott Spillius, et al, 2011).
Klein también siguió la línea freudiana de que la represión inicialmente se dirige en contra de lo agresivo, y posteriormente, con el advenimiento del complejo de Edipo, incluye los impulsos libidinales. Entonces surgió la diferencia entre los mecanismos de defensa primitivos, tempranos, orientados hacia angustias vinculadas a la pulsión de muerte, y la represión ligada a conflictos y ansiedades libidinales. Así que el énfasis de Klein no está en la represión, la escisión ni la negación, mientras que en el psicoanálisis clásico, sí, la represión afectar el contenido afectivo y cognitivo. De hecho, el nivel de violencia de las defensas es diferente: los mecanismos primitivos son más agresivos que los neuróticos. Los primitivos distorsionan y empobrecen el yo, son fantasías omnipotentes. Además la escisión subyace a la represión, y sus formas más tempranas conducen a la desintegración, mientras que la represión no suele desintegrar. La represión es menos destructiva, está vinculada a la percepción de la realidad interna y externa, y la integridad del yo se conserva.
Claro que, por el otro lado, las defensas primitivas afectan la calidad de la represión, pues la escisión influye en la forma en que se implementará la represión, llegado el momento. Determina la interacción consciente inconsciente, en otras palabras, el grado de porosidad de las partes de la mente y sus relaciones unas con otras, elementos que definen la rigidez, la violencia o la fragilidad de los mecanismos esquizoparanoides tempranos, al igual que el nivel de integración consciente inconsciente, y por supuesto, en la represión, la escisión afecta el límite consciente inconsciente, y ninguna de las dos partes del yo se desintegra tan severamente. La escisión de los primeros meses de vida afecta la represión que vendrá, ya lo dijimos. Si los mecanismos esquizoparanoides tempranos y sus ansiedades no se han elaborado suficientemente, el resultado es que en lugar de una frontera fluida entre consciente inconsciente se formará una rígida. Así que cuando la severidad de la escisión disminuye, es más cercana a la realidad exterior, en la medida en que se alcanza la posición depresiva con mayor aceptación de la realidad interna y externa, y mejor adaptación al mundo (Klein, 1935).
Así que la relación entre escisión y represión puede verse como una división vertical y una horizontal. La defensa más severa, la escisión, parte la mente en dos, con relaciones objetales del yo diferentes en cada parte, que coexisten separadas, horizontalmente. En cambio la represión controla parte de la mente que está más integrada, y la vuelva inconsciente sin destruir su unidad, es una división vertical que impide que el contenido inconsciente suba al preconsciente y luego al consciente. La represión emerge gradualmente afectando la realidad y la naturaleza de los objetos externos.
Luego vino Bion en 1962 con su idea de los elementos alfa y beta. Se trata de un modelo teórico alternativo para estudiar la diferencia entre la represión y los mecanismos de defensa primitivos, como la identificación proyectiva. La función alfa es el proceso psicológico que genera significados a partir de la información sensorial bruta. Da origen al contenido mental que puede emplearse para pensar y soñar, y se afrontan con represión. Pero si falla, la mente acumula elementos beta, contenido impensable solo apto para descargarlo mediante identificación proyectiva patológica, masiva, y la mente se desarrolla como un instrumento solo para evacuar.
En la actualidad la escisión es un concepto muy rico y útil, que abarca una variedad amplia de fenómenos, es un mecanismo de cuatro tipos. Uno es disociativo, la escisión de la personalidad aparece ante el trauma, y en cierta medida lo escindido sigue siendo accesible para la consciencia. El segundo tipo implica negación, la escisión amputa la percepción indeseable o su significado en un intento de evitar el sufrimiento que supone la represión. Los otros dos tipos de escisión implican partir el objeto en bueno y malo, una se dirige hacia la representación del objeto a partir de la fragilidad del yo y de determinantes ambientales, mientras que el tipo de escisión de la mente es un acto primariamente destructivo que busca proteger lo bueno de la destructividad de la pulsión de muerte. Los cuatro tipos de escisión se originan en Freud. La utilidad práctica de estas ideas es que son planteamientos que aportan en la teoría y la práctica psicoanalítica, y además ahondan la comprensión de la condición humana (Blass, 2015; Sechaud, 2015; Weiss 2015).
En otro orden de ideas, en cuanto al destino de la represión desde el punto de vista de la técnica psicoanalítica, lo inconsciente, lo reprimido y la resistencia son las ideas centrales del psicoanálisis, de allí surge nuestra ciencia, una terapéutica basada en que la psicología de la represión es el origen de la estructura y la dinámica de la mente. La trasferencia nace de la compulsión a la repetición y del eterno retorno de lo reprimido, que se manifiesta en el consultorio como lo inconsciente, lo reprimido y la resistencia (Barratt, 2013).  
Y aquí es importante precisar que lo reprimido no es lo mismo que el inconsciente descriptivo, que abarca lo reprimido, pero también partes del yo y el preconsciente, además allí se encuentra la raíz de la asociación libre y la trasferencia, de modo que esta diferenciación se justifica ampliamente.
Entonces la concepción del proceso psicoanalítico ha cambiado dramáticamente durante el último siglo. Para Freud (1915) el efecto terapéutico del psicoanálisis es levantar la represión, hacer consciente lo inconsciente del paciente. El analista es un investigador que se dedica al estudio de sus contenidos mentales, y al hacerlos conscientes, producen alivio, entonces se puede alcanzar una vida más satisfactoria. Pero es inconcebible una mente libre de represión, como tampoco existe una mente excesivamente reprimida (Barratt, 2013).
Hoy, con la investigación de innumerables analistas basados en Freud y Klein, el psicoanálisis se ha vuelto una técnica bipersonal. La contratrasferencia ya no es un síntoma neurótico del analista, se ha transformado en la vía regia para captar y trabajar la trasferencia. Entonces el proceso es el devenir de la relación trasferencia contratrasferencia y la interpretación en condiciones de neutralidad abstinencia, a donde el paciente asocia libremente mientras el analista lo recibe con atención flotante. Así que, esquemáticamente, podríamos decir que el proceso analítico se trata de que el analista y el analizando elaboren juntos sus represiones y trasforman esos contenidos en pensamiento, manteniendo la asimetría de la situación analítica (Ivey, 2008; Bohleber, 2010; Coderch, 2012; Kirshner, 2015).
Por el otro lado, en cuanto al destino teórico de la represión durante los últimos cien años de investigación también ha sucedido mucho. Freud no descubrió el inconsciente, pero sí su lógica y la técnica para trabajarlo y estudiarlo (Matte-Blanco, 1988; Barrat, 2013). En aquel entonces tenía una concepción geométrica de la mente, que llamó el modelo topográfico, en el que lo inconsciente primariamente reprimido y secundariamente reprimido es el prototipo de todo fenómeno mental y la consciencia, junto con la idea de que el influjo del mundo exterior es marginal en la causalidad psíquica. El inconsciente es el Vorbild, o sea el prototipo, el estándar, el ejemplo. Y lo reprimido, lo inconsciente, es el objeto de trabajo del psicoanálisis. La represión es una defensa que logra que los pensamientos se alejen del preconsciente consciente, impidiendo reflexionar sobre ellos. El preconsciente no es consciente, es inconsciente descriptivamente, pero no se ha reprimido, las investigaciones empíricas en otras disciplinas concuerdan en que este es un aspecto fundamental del funcionamiento mental, algo muy semejante a la memoria de trabajo de la neurociencia. Así que hay un degradé entre lo que es consciente, lo preconsciente y lo reprimido, lo inconsciente, una barrera que debería ser permeable y fluida.
Gran parte del funcionamiento mental está afuera del preconsciente consciente, los eventos inconscientes en el sentido descriptivo, como en el caso de los automatismos del lenguaje, mecanismos que guían el funcionamiento preconsciente consciente pero son inconscientes. La idea de que la represión defensiva es un mecanismo de defensa que se encarga de eliminar del consciente y el preconsciente todo lo que es amenazante para el yo, mientras la represión primaria opera en lo más profundo del inconsciente, son elementos fundamentales en la estructuración de la mente a partir de la condición polimorfo perversa de la unidad psicosomática. De modo que sigue siendo cierta la premisa freudiana de 1914 de que el psicoanálisis es la psicología de la represión. Freud se preguntaba cómo se construía la mente a partir de las representaciones del mundo y la energía que se invertía en ellas, o no se invertía en ellas, en últimas, cómo surgía el orden del caos, ideas relacionadas con la noción de la compulsión a la repetición. Pensamientos que están en la raíz de la ‘unidad indivisible’ de Ignacio Matte Blanco (1988), por ejemplo. De manera que en este contexto es necesario el concepto de represión primaria, solo así podría surgir la consciencia, y su lógica aristotélica, en contraposición al inconsciente y su lógica particular, lo que Green llamaba “el puro presente del tiempo de los sueños”.
Freud se preguntaba cómo aparece el principio de realidad a partir del principio de placer, cómo surge lo objetal a partir de lo narcisista. A través de la represión primaria Freud descubre un inconsciente inaccesible al consciente, aun cuando el eterno retorno de lo reprimido siempre está allí operando. De aquí surgen tres elementos prácticos: hay sentimientos y pensamientos reprimidos intolerables para el yo consciente, pero estos contenidos siempre insisten en retornar y afectan la consciencia de una manera que el paciente no comprende, mientras que hacer consciente lo inconsciente es un trabajo arduo que va en contra de una resistencia, pero que alivia al modificar la compulsión a la repetición, entonces emerge el cambio psíquico (Sandell, et al, 2000; Barratt, 2013).
Elementos que apuntan hacia el ideal de madurez, salud, normalidad y al objetivo terapéutico del psicoanálisis. Se busca un funcionamiento fluido entre el inconsciente, el preconsciente y el consciente, que abra la posibilidad de gratificar tanto al narcisismo como al objeto, reconociendo la diferencia, aceptándose, integrando las partes escindidas de la personalidad con un yo permeable a los desafíos del mundo exterior siempre cambiante, pero también del mundo interior. Implicaría aceptar que no hay una zona libre de conflicto en la personalidad, que el equilibrio es solo de los muertos, la vida es un continuo movimiento, es sentir, ser y saber a lo largo de la continuidad existencial.
Y desde el punto de vista de la neurobiología, también ha sucedido mucho en relación con la represión. Podríamos decir que Freud tenía una relación difícil con el neuropsicoanálisis. Desde el principio buscó las bases biológicas de la mente y estaba convencido de que existían. El yo es corporal. Ideas que atraviesan toda su obra, pero, por el otro lado, también afirmaba que había un abismo entre la neurología y el psicoanálisis de la época (Barratt, 2013). Es más, todavía hoy, para los estudiosos de neuropsicoanálisis, lo planteamientos freudianos son un puente entre psicoanálisis y neurobiología, tal vez porque en una época de su vida fue neurólogo, y luego, al adquirir su identidad analítica, no abandonó del todo sus inquietudes sobre la unidad psicosomática. Claro, Freud murió antes del descubrimiento de los genes y de que sucedieran los progresos en la neurobiología que se dieron en la segunda mitad del siglo XX. Hoy se sabe que todo evento mental es cerebral, en la mente no hay nada inmaterial (Kaplan-Solms, Solms, 2002; Kandel 2012).
Pero la idea freudiana sigue en pie: la represión implica que el contendido queda por fuera de la consciencia y se pierde el control ejecutivo sobre él. La consciencia no es la agencia ejecutiva del yo, incluso el yo en gran medida es inconsciente, contrariando el esquema topográfico de Freud, a donde aceptó que había una disociación funcional. Desde esa época se sabía, por ejemplo, que la neurobiología de las palabras tiene un componente motor y uno sensorial, y sus anormalidades se manifiestan clínicamente en las afasias. En el caso de la afasia de Wernike, enfermedades cerebrales interfieren con la consciencia reflexiva, se trata de una inhabilidad para ligar pensamientos a imágenes audioverbales. Y hacer consciente lo inconsciente es la base de la cura mediante el habla, método que opera con éxito en contra de la represión, la resistencia, aliviando el sufrimiento neurótico (Sandell, et al, 2000; Kaplan-Solms, Solms, 2002).
Así mismo, la represión está presente en la anosognosia y la anosodiaforia. Los pacientes con lesiones presilvianas derechas suelen presentar estos síntomas, podríamos decir, hacen más represión, pero, por qué toleran menos la tristeza, la pérdida y la dependencia. Anosognosia quiere decir que el paciente no percibe su limitación funcional, ignora que se cuerpo ya no es como antes. En cambio en la anosodiaforia el paciente desconoce que está físicamente incapacitado en el nivel emocional, hasta podrían aceptarlo conscientemente, pero no emocionalmente, simplemente permanece indiferente frente al cambio corporal. Es común que se presente la anosognosia en la fase aguda de las lesiones presilvianas derechas, y con el tiempo cambia a una anosodiaforia en la crónica.
Además hay una metapsicología de la región ventromesial frontal, la región cerebral que tiene que ver con las trasformaciones económicas fundamentales que inhiben el proceso primario, favoreciendo el proceso secundario. Sus alteraciones afectan el principio de realidad, la estructura del yo y el superyó, el juicio y la represión. Cuando hay enfermedades en esa región se desestructuran las introyecciones narcisistas y aparece una regresión a la psicosis. Entonces la corteza prefrontal sí asume funciones ejecutivas superiores. Los únicos pacientes verdaderamente libres de represión son los que tienen enfermedades cerebrales que afectan la región ventromesial frontal. Adicionalmente la época en que se alcanza la madurez neurológica de esta zona del cerebro coincide con la etapa de la gran represión de la latencia (Kaplan-Solms, Solms, 2002). Así que la represión también es un campo de investigación apasionante para los cultores del neuropsicoanálisis y la neurobiología.
En conclusión, un siglo más tarde, “Lo Inconsciente” (Freud, 1915), y en particular el capítulo IV titulado “La Tópica y la Dinámica de la Represión”, siguen siendo ideas centrales del psicoanálisis de siglo XXI desde el punto de vista metapsicológico, de la técnica, la teoría y el neuropsicoanálisis. Se enriquecieron y se trasformaron luego de cien años de investigación, pero siguen siendo centrales para nuestro oficio artesanal. Los elementos fundamentales del psicoanálisis son lo inconsciente, lo reprimido y la resistencia, camino amplio y fértil de investigación y desarrollos psicoanalíticos venideros.
Según la nota del editor, James Strachey (Freud, 1915, p. 161-165), esta versión inglesa de “Lo Inconsciente” se basó en una edición posterior al documento original, apareció en 1925. En las versiones previas este era un ensayo continuo sin subtítulos que Freud delimitó con notas al margen, notas que en la actualidad son los títulos de las diferentes secciones del artículo. Redactó ese documento inicial en tres semanas entre el 4 y 23 de abril de 1915.
Desde entonces se considera, sin exagerar, que las “Publicaciones Sobre Metapsicología” son las obras teóricas más importantes de Freud, y que “Lo Inconsciente” es el apogeo de esa serie. El inconsciente es la base del psicoanálisis, Freud nunca dejó de insistir en ello. En “Algunas Lecciones Básicas Sobre Psicoanálisis”, obra póstuma que apareció en 1940, hay una nueva versión de las ideas consignadas en “Lo Inconsciente”. Sucede que el objetivo de este artículo no es filosófico, aun cuando en todo caso sí tiene mucho que ver con la ontología del ser humano, la consciencia, la tensión entre el libre albedrío y el determinismo, en fin toca muchos temas de interés filosófico. Más bien era una necesidad práctica para la construcción de su modelo psicoanalítico de la mente. Este artículo es indispensable.
De este texto también es muy interesante que aun cuando Freud nunca perdió su interés por lo psicosomático, es un documento puramente psicoanalítico. Si bien, las raíces de “Lo Inconsciente” pueden rastrearse hasta “El Proyecto”, e incluso antes de eso, pues dos o tres años antes, en sus trabajos sobre afasias, particularmente en el caso de Frau Emmy von N, aparece por primera vez el vocablo ‘inconsciente’. Y luego en “Estudios sobre Histeria” también utilizó un enfoque neurológico y psicoanalítico, cuando empezaba a esbozarse la teoría de la represión y del método catártico para tratarla. Después, en la “Interpretación de los Sueños” la teoría ya era coherente desde el punto de vista neurológico, y definitivamente era un escrito psicoanalítico. Con estos textos revolucionarios el inconsciente se estableció definitivamente.
Sin embargo, no es una noción libre de ambigüedades. Ya Freud había explorado las diferencias entre el uso descriptivo, el dinámico y el sistémico de la expresión, análisis que figura en “Lo Inconsciente” y luego surge otra vez en “El Yo y el Ello” de 1923 y en las “Nuevas Lecciones Introductorias” de 1933. Aludía a que la frontera entre consciente e inconsciente no es nítida, pero es el mejor recurso de que disponemos para iluminar la oscuridad en las profundidades de la mente, y la represión es fundamental en la comprensión de este universo.


Referencias

Barratt BB (2013). What is Psychoanalysis? 100 Years after Freud’s “Secret Committee”. London: Routledge, edición electrónica.
Blass R (2015). Conceptualizing splitting: On the different meanings of splitting and their implications for the understanding of the person and the analytic process. Int J Psychoanal 96: 123-139.
Bohleber W (2010). Destructiveness, intersubjectivity, and trauma. The identity crisis of modern psychoanalysis. London: Karnac, edición electrónica.
Bott Spillius E; Milton J; Garvey P; Couve C; Steiner D (2011). The new dictionary of kleinian thought. London: Routledge, edición electrónica.
Coderch J (2012). La relación paciente-terapeuta. El campo del psicoanálisis y la psicoterapia psicoanalítica. Barcelona: Herder, edición electrónica.
Freud S (1915). The Unconscious. SE 14: 159-215.
Ivey G (2008). Enactment controversies: a critical review of current debates. Int J Psychoanal 89: 19-38.
Kandel ER (2012). The Age of Insight. The Quest to Understand the Unconscious in Art, Mind, and Brain, from Vienna 1900 to the present. New York: Random House, edición electrónica.
Kaplan-Solms K, Solms M (2002), Clinical studies in neuropsychoanalysis, introduction to a depth neuropsychology. London: Karnac Books, edición electrónica.
Kirshner L (2015). The translational metaphor in psychoanalysis. Int J Psychoanal 96: 65–81.
Laverde E, Bayona I, Barrios S (2012). Terreno común entre psicoanalistas colombianos en la teoría y en la técnica psicoanalítica. Rev Soc Col Psicoan 36: 393-407.
Matte-Blanco I (1988). Thinking, feeling, and being. Clinical reflections on the fundamental antinomy of human beings and world. London: Routledge.
Sandell R, Blomberg J, Lazar A, Carlsson J, Broberg J, Schubert J (2000). Varieties of long term outcome among patients in psychoanalysis and long term psychotherapy. A review of findings in the Stockholm outcome of psychoanalysis and psychotherapy project (STOPP). Int J Psychoanal 81: 921-942.
Sechaud E (2015). The double nature of splitting. Int J Psychoanal 96: 141–143.
Weiss H (2015). Three papers on splitting: A brief introduction. Int J Psychoanal 96: 119–122.


viernes, 12 de abril de 2013

Lo egoísta y lo altruista



Santiago Barrios Vásquez. Psicoanalista. Clínica Reina Sofía, Bogotá, Colombia. 

Resumen: El grupo no domina al individuo, le da objeto de identificación, lo define por lo que es y por lo que no es. En la familia  empieza la dialéctica entre la individualidad y la colectividad, facetas ineludibles del hombre. Las fantasías colectivas permiten aplicar la teoría psicoanalítica a las comunidades de trabajo y las organizaciones. Hay niveles en la rebelión: desafío, secesión o exilio, anarquía y revolución. El psicoanálisis de grupos, que complementa al individual, es la relación terapéutica guiada por la relación transferencia contratransferencia, indicada en problemas de carácter, hábitos y adicciones, en dificultades en las relaciones interpersonales.

Abstract: The group does not dominate the individual. It is the object of identifications, it defines us by whom we are and whom we are not. Family is the origin of the dialectic between individuality and collectivity, inescapable facets of man. Collective fantasies are studied by psychoanalytic theory in work communities and other organizations. There are levels in rebellion: challenge, secession or exile, anarchy and revolution. Group psychoanalysis complements individual sessions, it is the therapeutic relationship based on transference an countertransference. It is indicated on character issues, habits and addictions, difficulties in interpersonal relations.

Palabras clave: psicoanálisis, grupo, transferencia, contratransferencia, relación objetal, identificación proyectiva, supuestos básicos, rebelión, inconsciente


El grupo no avasalla. Por el contrario, revela lo mejor y lo peor que de por sí hay en el hombre. Da vitalidad, desarrolla la personalidad tanto en el sentido constructivo como en el destructivo. La relación con los demás es central. Testigos participantes de la existencia propia que gratifican, complementan y enseñan, así como frustran, segregan y excluyen. La primera experiencia en comunidad es nacer en una familia, padre, madre e hijo, o en cualquier otra circunstancia -tenga en cuenta que el mínimo grupo es de tres personas, pues se producen cambios cualitativos en las relaciones, mientras que en pareja predomina la psicología individual-, así que la colectividad no desdibuja la identidad, hace parte de quien se es. Incluso el ermitaño más ascético que pueda concebirse tiene un lugar en la sociedad. Las personas se describen según su relación con los demás: ya sea terrorista, delincuente, soldado, o policía; niño, mayor de edad, o persona de la tercera edad; industrial, mendigo, sacerdote, o psicoanalista. Integrarse a la comunidad gratifica. Identificarse es una elección inconsciente, activa, incluye sentimientos, recuerdos, valores y modelos de relación. Las personas se vinculan según sus vicisitudes psíquicas que determinan el papel que desempeñan: sea líder o, por el contrario, seguidor, sea integrador o rebelde. Incluso hay aspectos sociales al redactar estas palabras esperanzadas en encontrar lectores que reflexionen conmigo desde la óptica psicoanalítica del siglo XXI a cerca de la dialéctica entre lo egoísta y lo altruista. Se justifica el estudio de las regularidades en la psicología de las masas, “el hombre es el animal político”, en palabras de Aristóteles.

Piense en el caso del fútbol, no quiero que este sea un artículo libresco, lo prefiero terrenal. Las personas escogen el equipo de sus amores por muchas razones: sus atributos, lo que representa, la tradición, la nacionalidad, en fin, por innumerables motivos subjetivos. Y cuando tiene partido, en especial si es un clásico, unos hinchas se congregan alrededor del televisor en la casa o en lugares públicos, los demás van al estadio. En esos días los pacientes dejan de asistir al consultorio del psicoanalista. En los corredores del centro médico puede oírse la narración de los comentaristas en los televisores de las salas de espera, intercalados con salvas de aplausos e interjecciones ante alguna jugada meritoria o cuando meten un gol, y en especial si no lo logran. Los hinchas son sabios en materia de estrategia futbolera. Entre los que van al estadio también opera la psicología de grupo: se aglutinan, olvidan las diferencias, pierde importancia la actualidad nacional y los problemas. La identidad se diluye sin perderse, y la colectividad no obliga a nadie. Los entusiastas del mejor espectáculo del mundo se reúnen, desinhibiéndose, actúan de maneras que no lo harían individualmente. En medio de la vorágine gritan, sufren, se alegran, se enfurecen, lloran, aportan nuevas palabras y giros lingüísticos al idioma. Un columnista connotado me explicó que su magia estaba en que era una experiencia catártica como una tragedia griega. Se sabe que habrá un triunfador y un perdedor, pero solo los dioses conocen el destino. Mientras tanto, el hombre ignorante debe descubrirlo poco a poco en el frenesí de los noventa minutos del partido. Y un empresario me aclaró que este deporte se pone en escena con los mejores jugadores posibles, los más caros por lo general, y de allí proviene el prestigio del club, la taquilla que recauda, los precios de los derechos radiales y televisivos. ¡La pasión del fútbol se vive, se siente! No solo en el apogeo del partido, en ocasiones hay peleas a trompadas durante y después del encuentro. La autoridad ya lo sabe, de modo que en el estadio no se permite el consumo de licor, ni el porte de armas, la seguridad está garantizada por un grupo antimotines de la policía. Pero también hay una facción extrema: las barras bravas, que en países angloparlantes se les conoce como hooligans. Se trata de grupos juveniles en que los mayores suelen ser líderes carismáticos, que dedican la vida entera a su equipo predilecto. Lo siguen a donde vaya. Forman congregaciones que invierten energía, tiempo y dinero rindiéndole culto. Incluso entre ellos hay parejas estables. Y algunos llegan al estadio ya bajo los efectos del licor y los estupefacientes. Lo que los caracteriza es la conducta intolerante, xenofóbica, sectaria,  atacan despiadados a los hinchas de otros equipos en batallas campales con lesiones personales y muerte y vandalismo. En suma, hay hinchas de todos los pelambres, depende de la personalidad de cada uno. Aun cuando la conducta grupal es regresiva –y tenga en cuenta que en este documento el adjetivo ‘regresivo’ se refiere a una forma del recuerdo que trae al presente funcionamientos infantiles de la personalidad, de manera inconsciente, no alude a la hipnosis, ni a la exploración de las vidas pasadas en el contexto de los que creen en la reencarnación-, no enajena al individuo, por el contrario, le abre espacio para expresar aspectos primitivos de su mentalidad.

El comportamiento gregario es natural. Cuenta con millones de años de evolución, así se explica esta tendencia entre los primates y, por supuesto, en el hombre. El grupo aumenta la probabilidad de sobrevivir y reproducirse cuando los depredadores atacan la horda, o los fenómenos naturales la desafían, entonces se pone a prueba la colectividad. Además en la naturaleza predomina la organización piramidal con un macho dominante en el vértice controlando las hembras y los recursos. La relación entre el líder y el grupo es compleja, implica alianzas, confianza en que la colectividad perdurará, en especial, la disponibilidad de alimentos, además regula el ambiente social para que siga estable y predecible en caso de un relevo en el poder. La conjetura de la etología es que existe una base biológica para el comportamiento social que tiende a formar comunidades bajo la égida y la tutela de un líder elegido por su fuerza, inteligencia, desempeño sexual y afecto. En todo caso, el grupo no puede aislarse del líder, es una unidad indivisible. Y una paradoja es que forma parte de la comunidad a la vez que es capaz de verla desde la distancia en una suerte de identificación parcial, una integración peculiar de su narcisismo con el socialismo (Bion 1963; Billow 2003).
La corteza cerebral del hombre es desarrolladísima, si se compara con la de otras formas de vida, dándole nuevos matices e implicaciones a la vida social. Los líderes humanos cuentan con el lenguaje y la metáfora, con la tecnología y la posibilidad de elucubrar sobre el pasado y el futuro, con una cultura que interpreta la comunidad y el ambiente. La posibilidad de la simbolización y la dialéctica entre el consciente y el inconsciente dan complejidad a las experiencias de dominación y sumisión, así como las de atracción y repudio, en el contexto de la necesidad de un líder, un padre, fuerte y empático, sin él una sensación de caos inminente invade al grupo, desorganizándolo. La vida comunitaria parte de reacciones emocionales infantiles basadas en el deleite de experiencias favorables, así como en el sufrimiento ante la adversidad (Rudden, et al 2008).

Hay líderes que personifican la sed de espiritualidad, por ejemplo. Mientras forcejeaba con estas palabras díscolas los noticieros televisivos narraban que el Papa Benedicto XVI se retiraba. Al principio hubo una sensación inquietante de abandono. Era un evento que no se presentaba desde hacía casi seiscientos años en la Edad Media. Cuando quedó el trono vacío, el Papa se despidió emotivo desde el balcón ante la feligresía conmovida en la Plaza de San Pedro. Entonces empezó el cónclave. Y el mundo en vilo conjeturó que el nuevo Sumo Pontífice sería devoto y creyente, pero también un ejecutivo capaz de afrontar el desprestigio de la Iglesia y un administrador que guíe los destinos del Vaticano. El grupo define al líder, y el líder al grupo, es una unidad indivisible. Hubo zozobra entre los mil doscientos millones de cristianos durante este período de interinidad. Pero no hubo vacío de poder. Lo reemplazó, mientras tanto, el cardenal Tarcicio Bertone, vigente camarlengo. Sin embargo todos querían saber cómo se le diría al Papa una vez retirado, cómo vestiría, a dónde viviría, cuánto costaría su manutención, a qué dedicaría el tiempo libre. La Iglesia daba informes discretos y precisos, no había lugar mensajes contradictorios. Y hubo humo blanco. La multitud eufórica y aliviada presenció cuando el Cardenal Jean Louis Tauran anunció que el nuevo Papa era el argentino Jorge Mario Bergoglio, ahora Francisco I. El rito y la pompa sí son importantes para la psicología de las masas: dignifican, embellecen, aportan suspenso, significado, emotividad a lo que sucede en la colectividad, y en el universo cristiano lo saben muy bien, llevan dos mil años haciéndolo. Hasta que por último el Papa recién elegido, un hombre carismático, fotogénico y telegénico proyectó su imagen saludable, humilde, apacible, equilibrada y confiable por todos los medios de comunicación del mundo. Incluso dejando ver su afición por el fútbol, es hincha del San Lorenzo de Almagro de su país.

Por otro lado, también hay líderes que se hacen cargo de ideas vindicativas, racistas, imperialistas y mesiánicas. Este es el caso de Adolfo Hitler. Lo eligieron al principio por voto popular, mientras Mein Kampf (1924) el libro de su autoría que sintetiza su sistema de pensamiento se vendía por todo el mundo desde hacía años, y el partido Nazi ya era popular. Hitler representaba el sentimiento de la mayoría en tiempos de dificultades económicas en Alemania, mientras pagaban las indemnizaciones por los daños causados durante la Primera Guerra Mundial. Además en esa época en el mundo estaba de moda la eugenética –un cultismo ideado por el estadístico inglés Francis Galton (Black 2003) a partir de la teoría de Charles Darwin, sobre la evolución de las especies mediante la selección natural; concibió la idea de que la humanidad podría progresar si se depuraban los genes promoviendo cruces entre individuos que consideraba superiores, más aptos para la vida-, y además, al leer las notas de pie de página de mi edición inglesa del volumen del Führer se descubre que muchas de su ideas sobre geopolítica, nacionalismo, inmigración, entre otras, ya figuraban en los sistemas de gobierno de Estados Unidos, Inglaterra y Francia, entre otros países. Pero Hitler llevó al extremo la voluntad del pueblo. Los líderes siempre tienen la intuición de articular las fantasías colectivas predominantes. Y, como decíamos, todo el mundo se vincula al grupo según la estructura de su personalidad. A su círculo íntimo solo pertenecían hombres, no había mujeres, se trataba de sus más allegados y fieles colaboradores entre los que estaban Heinrich Himmler, Joseph Goebbels, Hermann Goering, Rudolf Hess y Martin Bormann, personajes narcisistas y psicópatas. Pero otros, con personalidades más saludables, se ubicaron en la periferia. Este fue el caso de Albert Speer (Sereny 1995). Un arquitecto brillante que llegó a director general de la industria bélica y coordinador del sistema de trenes, que además transportaban los prisioneros hacia los campos de concentración. En el juicio de Núremberg, al final de la Segunda Guerra Mundial, no lo condenaron a la pena de muerte porque demostró que era ajeno a las decisiones del Holocausto Nazi y desconocía los detalles sobre la carga que cada tren contenía, además colaboró en el empalme con los aliados cuando ocuparon Berlín y evitó que se cumpliera la orden del Führer de destruir la poca infraestructura que todavía quedaba en pie. Otro caso de una personalidad madura en el Tercer Reich fue el Mariscal de Campo Erwin Rommel. Un militar brillante y dedicado a cumplir con su deber, hasta el punto que los oficiales aliados lo admiraban y lo respetaban.

El hombre expresa aspectos neuróticos, psicóticos y psicopáticos en la colectividad. Lo constructivo y la agresión afloran independientemente de las condiciones socioeconómicas, académicas y culturales. En los países siempre hay crimen, mafia y corrupción, incluso en el Vaticano. La vida en el seno del grupo nunca es apacible, lo habitual es la rebelión. Siempre hay un iconoclasta. La tensión entre el individuo y la colectividad es lo usual, y aun cuando la historia no es un círculo vicioso, esta dialéctica da la impresión de que el ser humano está poseído de una compulsión a la repetición. Tucídides (404 AC) ya había planteado que la historiografía era un género literario, una narrativa que dependía del punto de vista del historiador que no predecía los acontecimientos, ni servía para prevenirlos. Pero sí valía la pena estudiarlos para comprenderlos. Y esta sigue siendo la perspectiva dominante. La historia no es una ciencia, es un género literario, una manera de difundir valores y cultura (Iggers 1997).

En el siglo XIX colapsaron el imperio español y el portugués, liberando las colonias americanas; también sucumbió el francés, el chino, el mongol y el Sacro Santo Imperio Romano. El Japón se modernizó, combatió a la China, y triunfó. Cayó el Imperio Otomano de donde surgió Serbia, Bulgaria, Montenegro y Rumania luego de la Segunda Guerra Rusoturca y de la Guerra de Crimea. Prevaleció el Imperio Británico. Controló la cuarta parte de la población mundial, y la quinta parte de la superficie terrestre. Imperó una Pax Británica que promovió el comercio y luchó contra la piratería marina. Aun cuando transcurría la Era Victoriana notoria por el trabajo no remunerado, y en condiciones abyectas, de los niños en las fábricas y minas inglesas, se abolió la esclavitud en muchos países. Proliferaron los inventos y los descubrimientos, se hicieron mapas, crecieron los ferrocarriles; se difundió el fútbol y otros deportes; además hubo desarrollo en todos los campos del saber; y progresó la medicina, la población creció, la expectativa de vida aumentó y muchas ciudades superaron el millón de habitantes. Se formaron asentamientos en América y Australia. Por otro lado, Edward Shorter (1997), historiador de la salud mental, planteó la noción de que estudiar y tratar la psiquis es una necesidad que emanó de la modernización y la industrialización, de la vida urbana. Estos síntomas se volvieron problemáticos cuando los espacios se redujeron, pues la población migró a las ciudades. Después de todo, a donde predominaba el modo de producción feudal la gente vivía en extensiones amplias, despobladas, y estas afecciones eran casi imperceptibles, a lo sumo se explicaban como posesión demoniaca.

Luego, en el siglo XX vino la Revolución Bolchevique, la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, la Revolución Cubana y la liberación de la mayoría de las colonias africanas, junto con muchos conflictos más. Aparecieron grupos terroristas como Septiembre Rojo en Alemania, la ETA en España y el IRA en Irlanda. Se construyeron rascacielos y hubo todavía más progreso, incluso el hombre llegó a la Luna, continuó la creación de riqueza; se desarrollaron los antibióticos y las vacunas, aumentando todavía más la expectativa de vida, y se descubrió el ADN. Además se utilizó la radioactividad como fuente energética y para promover la salud, pero también para fines bélicos.. La liberación femenina, se dio en la mayoría de los países. La violencia, el repudio y el menosprecio a ellas dejaron de ser una tendencia cuya vigencia alteraba toda pretensión de igualdad, solo se presenta en situaciones específicas. Dejó de ser una idea dominante en la cultura para volverse un asunto judicial que requiere tratamiento por especialistas en salud mental. La misoginia ya no es bien vista en la actualidad de los discursos sobre los derechos.

Con la llegada del siglo XXI el hombre llegó a Marte. La ciencia y la tecnología avanzaron más todavía, y se hizo más consciencia de la importancia de la ecología. Pero también perduró el conflicto entre las minorías, aumentaron las víctimas de masacres, el desmembramiento de las comunidades, el despojo de la propiedad. Mientras redacto estas palabras, por ejemplo, se desenvuelve una matanza increíble en Siria ante los ojos impávidos de la humanidad. También hay organizaciones yijadistas que aterrorizan a Estados Unidos y a otros aliados,  tal vez sean los grupos más extremistas, temidos y beligerantes de la actualidad, sin embargo no es raro conocer sobre otros actos violentos. Este es el caso de la guerrilla colombiana. A propósito, hace unos años murió Manuel Marulanda, alias Tirofijo, cabecilla y fundador de las FARC, un personaje que llegó a tener la dudosa distinción de ser “El Guerrillero más Viejo del Mundo”. Para los lectores internacionales, quiero precisar que mi generación en Colombia ha padecido guerrilla, narcotráfico, paramilitarismo, delincuencia y corrupción. Todavía recuerdo la época de la violencia promovida por los carteles de la droga y luego por la guerrilla y el paramilitarismo. En esa época muchos pensaban que este era el peor país del mundo, y algunos parecían complacidos con las miserias de la patria, servía de objeto malo para dar rienda suelta a las ideas paranoides. Llegó a ser un ambiente muy inhóspito.

Los males de la humanidad se han atribuido a la presión del grupo, uno de los promotores de esta idea fue Federico Nietzsche (1885). Su nueva cosmovisión fue la raíz del existencialismo, la fenomenología y el posestructuralismo. Para él, la tradición judeocristiana era un resentimiento, y la fe una actitud débil y sumisa. Todos eran libres: no afirmaba al gran hombre poderoso, había igualdad y derechos, era aceptable cualquier forma de vida. El cristianismo era una moral de señores, diferente de la de los esclavos. La piedad era una forma de plegarse ante el dominio de los fuertes. Una ideología que controlaba a la muchedumbre, adaptándose a la traición. Los instintos buscaban desahogo sin encontrarlo. Entonces se volvían hacia adentro en una creciente internalización de donde surgía el alma. Formidables barrera que protegía la organización social contra los viejos instintos de libertad, hasta que el mundo interior del hombre se partió cuando la descarga externa quedó obstruida. Castigos contra los instintos del salvaje libre y aventurero que se volvieron contra él mismo. La enemistad, la crueldad, el placer en la persecución, la sorpresa, el cambio, se volvieron instintos contra sus propios poseedores originando la mala consciencia y la destructividad. Entonces el hombre aprisionado en la estrechez opresiva de la costumbre, perseguido y maltratado, generó la enfermedad como resultado de su ruptura violenta con su pasado animal. Una declaración de guerra contra los instintos que fueron en alguna época su poder, alegría y grandeza. El hombre primitivo exteriorizaba sus instintos, lo adaptaban al medio, la selva y la guerra, el vagabundaje y la aventura, exteriorizaba la dicha de la persecución y la cópula, había un instinto de expansión. Esta adaptación no se hizo por gusto. Se impuso de manera violenta y cruel, el precio por la protección y la paz, pero los instintos siguieron allí, subterráneos. Entonces se volvieron hacia adentro al no poder realizarse, ni salir, el mundo interior originalmente delgado, creció, adquirió profundidad. Y el hombre quedó inhibido, enjaulado dentro de sí mismo. Una enfermedad grande y siniestra, el sufrimiento del hombre por el hombre, separándolo de su pasado animal con un alma escindida de sí misma, que le dio valor a lo egoísta.

Pero la sociedad no domestica. En la actualidad, casi doscientos años después, la cultura se aligeró y se trivializó (Vargas Llosa 2012). Los intelectuales se ausentaron en gran medida de la civilización. Las imágenes, lo inmediato, lo desechable, prevalecieron favoreciendo los intereses de egoístas capitalistas. Las creaciones se volvieron objetos desechables y de consumo masivo, dejaron sus aspiraciones de perdurar para la posteridad, y de transformar el mundo. La civilización se volvió consumidora de espectáculo y de escándalo, las artes y la política se volvieron ligeras. La vida sexual se hizo fácil: el romance murió, y en cambio la pornografía proliferó. Ahora se toleran todas las permutaciones y maneras de estar juntos. El ambiente se hizo todavía más propicio para gratificar el narcisismo y voracidad individual. Prevaleció el egoísmo sobre el altruismo, y aun así, los trastornos mentales aumentaron, tal es el caso de la depresión, y su complicación mortal, el suicido, así como de la ansiedad, que abarca las fobias y el trastorno obsesivo compulsivo, y el de las adicciones.

Los conflictos esenciales del ser humano permanecen inalterados mientras la vida se hizo más prolongada y confortable. Me pregunto cómo puede culparse a la cultura por la adolescente con dificultades emocionales, empeñada en la búsqueda de las proporciones ideales de la belleza cinematográfica mediante cirugías plásticas. La colectividad no somete al adolescente caótico que se afilia a un grupo terrorista, a uno neonazi, o que busca compañía para juergas inacabables; ni a la niña melancólica con conflictos con su imagen corporal y su identidad sexual con trastornos de alimentación, anorexia y bulimia. Los problemas emocionales individuales determinan la experiencia y la manera de relacionarse con los demás. Incluso el credo político que se profese, se escoge por razones emocionales como cualquier otra elección, aun cuando esté sustentado con argumentos sólidos. Primero se elige, y luego se legitiman las cosas dándoles vestiduras conscientes a lo inconsciente.

Al principio la psicología fue monopersonal. Los primeros psicoanalistas eran espejos en que el paciente se reflejaba y se reconocía. Su mente era un objeto aislado de estudio. La meta era hacer consciente lo inconsciente liberándolo de los traumas infantiles que lo sometían, rompiendo ataduras y hábitos del pensamiento que se traducían en síntomas. Y todavía hoy existe esta tendencia monopersonal. De hecho, este enfoque es la mayor fuente de críticas al DSM V de la psiquiatría actual. Un idioma que sirve para clasificar los trastornos mentales, un modelo útil aun cuando imperfecto. Y en el ámbito de la filosofía de la mente (Green 2010) se preguntan cómo puede clasificarse a la humanidad en dos categorías, los enfermos y los sanos, formando subgrupos heterogéneos según los diagnósticos. Categorías que no tienen límites claros, como sí sucede en el caso de la diabetes, por ejemplo, a donde los enfermos tienen una alteración bioquímica específica, con una historia natural homogénea y un esquema de tratamiento probado y conocido. ¡Los trastornos mentales no son así!

Sigmund Freud, el primer psicoanalista, descubrió el inconsciente y la técnica para trabajarlo. Estos son sus mayores aportes. Y en varias oportunidades tocó el antagonismo entre las pulsiones y la civilización, tal vez la revisión más amplia y detallada apareció en El Malestar en la Cultura (1930 [1929]). Describe el consciente, el preconsciente y el inconsciente. La razón no gobierna a los impulsos instintivos, operan en tándem con el pensamiento consciente, racional, aristotélico, y solo con la madurez se logra satisfacerlos de maneras equilibradas consigo mismo y con los demás. ¡El desafío está en aplazar gratificaciones! Realizarlas en circunstancias socialmente aceptadas, pues no siempre la posición más cómoda es la más conveniente. También detalla las regiones del psiquismo. El yo se construye a partir de la relación consigo mismo, con el propio cuerpo, y también los padres, este es el complejo de edipo. El superyó en cambio surge de la relación con la autoridad, pero además cuenta con una faceta protectora, orientada a objetivos. Desde muy temprano los niños introyectan normas e ideales que frenan la satisfacción inmediata y desmesurada de las pulsiones provenientes del ello.

La libertad no es un regalo de la civilización. Pero la cultura, de por sí, no es nociva para la salud mental. Por el contrario, es objeto de identificaciones que llevan al desarrollo psicológico, para bien y para mal. La sociedad regula las relaciones humanas, incluso la sexualidad y la agresividad, mientras el neurótico crea síntomas, inconscientemente, al buscar satisfacciones. En el argot psicoanalítico el sustantivo ‘represión’ no es un fenómeno social, este junto a los demás mecanismos de defensa de la personalidad morigeran esta tensión, crean, subliman, aun cuando también causan síntomas en medio de un equilibrio precario del conflicto entre las gratificaciones y las limitaciones que impone la vida corriente. Y la angustia es el resultado de la tensión entre el querer ser y el deber ser, una pugna inagotable.

En la primera teoría instintiva el problema está en descargar los impulsos. El desafío es satisfacerlos de una forma equilibrada entre los de autoconservación y los sexuales, las pulsiones se gratifican catectizando objetos. Luego viene la segunda teoría instintiva, aparece la contraposición entre la líbido narcisista y la objetal, la dialéctica entre lo egoísta y lo altruista, y la noción de que existe un narcisismo sano, saludable, que cuida de sí mismo como lo haría con otra persona, pero también hay uno excluyente, enfermo, destructivo. Hasta que, por último, llega la tercera teoría instintiva. La pulsión erótica se gratifica al vincular, construir, crear, promover la civilización; mientras la tanática, la nostalgia por lo inanimado, se sacia en la destrucción, la disociación, lo agresivo, lo antisocial, en la guerra, por ejemplo. De manera que lo neurótico, lo tanático, lleva al deterioro, el caos, la improductividad; mientras lo saludable, lo erótico, desarrolla, la persona se cuida a sí misma y a los demás. Claro que en la puga entre eros y tánatos siempre triunfará tánatos, todos moriremos. Freud era escéptico de las posibilidades de vivir en paz y armonía con libertad, igualdad y fraternidad: la agresividad y la destrucción eran instintivos, vehementes y universales.

Con el paso de los años, y el desarrollo del psicoanálisis, surgió la psicología bipersonal con el modelo teórico kleiniano (1957). Nuestra disciplina se transformó en el estudio sistemático del devenir de las relaciones humanas en la antítesis entre lo narcisista y lo objetal, entre la envidia y la gratitud. Todo tiene contexto, no hay una idea que sea el origen de todas las demás. Mediante la transferencia y la contratransferencia –es decir de las respuestas inconscientes del paciente en relación con las del psicoanalista-, con la finalidad terapéutica de elaborar conflictos liberando al hombre de los flagelos del sufrimiento causados por la neurosis para que solo queden los inevitables, los de la vida cotidiana. La realidad es imperfecta. El contenido latente se interpreta en relación con su aspecto manifiesto en la actualidad del proceso psicoanalítico. Se trata de una búsqueda de verdades inconscientes que en primera instancia no son del psicoanalista ni del analizando, y, al final, a través de las interpretaciones, se descubren entre ambos. Un viaje fascinante lleno de hallazgos en el interior de la mente.

Los objetos internos personifican las relaciones yo, superyó y ello. Los personajes principales son los padres que conforman el superyó, fuente de alivio, alegría y protección, así como de persecución, miedo, culpa y desesperación. Mientras el yo, el asiento del pensamiento estratégico y razonable, negocia entre el sujeto y el objeto, sirve de intermediario entre lo individual y lo colectivo. El ello, en cambio, abarca el inconsciente con las pulsiones, los mecanismos de defensa y los afectos.

En el principio, todo está escindido en bueno, cuando gratifica, y en malo, si frustra. Se trata de la posición esquizoparanoide. El bebé busca fusionarse con el objeto bueno y aniquilar al malo mediante la omnipotencia del pensamiento infantil que luego el principio de realidad contradice, y utiliza su capacidad de satisfacción alucinatoria para crear el objeto perdido. Pero al renunciar al deseo reprime y simboliza, sustituyéndolo sin modificar el afecto. Toma el símbolo como objeto, lo considera idéntico, lo emplea para negar la ausencia y controlar lo persecutorio. Pensamiento regresivo, infantil, como decir, “Cristo es el crucifijo que está en la cabecera de mi cama”. Predomina la identificación proyectiva. Un mecanismo de defensa en que partes del sujeto se proyectan al objeto con el que se ha identificado, una operación mental que tiene un nivel normal y otro anormal. No solo es una fantasía inconsciente, también es un medio de comunicación que supone adaptación (Bion 19363). Pero también hay otros mecanismos de defensa que reparan la destrucción fantaseada del objeto mediante lo obsesivo compulsivo y la manía, con negación, desdén, triunfo y omnipotencia.

A través del contraste entre la presencia y la ausencia se desarrolla la personalidad. Sobreviene la diferenciación, la posición depresiva, con integración del objeto, ambivalencia, culpa, temor ante la pérdida, duelo, necesidad reparatoria, gratitud, y el predominio de la introyección como mecanismo de defensa. Ahora el símbolo representa al objeto, desplaza la agresión, repara, gratifica, recupera la pérdida, puede usarse para representar al objeto, tolerando la separación, elabora y comunica, abre la posibilidad de manejar ansiedades y conflictos. Consuela. Y los íconos son símbolos, como  decir: “el crucifijo en la cabecera de mi cama representa a Cristo”.

El psicoanálisis es una terapéutica que parte de la premisa de que todo está enraizado en el inconsciente, incluso los síntomas mentales y psicosomáticos. Hábitos del pensamiento que perduran, pues en la infancia sirvieron para afrontar los desafíos que la vida implica; pero al utilizarlos ahora, cuando las circunstancias cambiaron, causan dificultades en las relaciones consigo mismo y con los demás. El consciente y el inconsciente están presentes en todo. Siempre hay un aspecto preverbal, emocional, que no es obvio, podríamos decir, es la urgencia del momento de la sesión, la incógnita por resolver, la verdad por descubrir. El paciente necesita saber que el psicoanalista tolera, y su comprensión de estos elementos inconscientes surge del hecho seleccionado, el elemento que da coherencia a lo que sucede en el momento en la sesión, por eso el psicoanalista acalla su propia realidad. Así transcurre el proceso, este es un oficio artesanal. El paciente aprende a partir de la experiencia psicoanalítica sobre sus propios mecanismos mentales, información que le sirve afuera del consultorio para vivir con satisfacción y comodidad, con tolerancia y creatividad. Consciente e inconsciente siempre van juntos, en proporciones variables, y complementarias: la oscilación constante entre la posición esquizoparanoide y la depresiva se da en la medida en que nuevos eventos emergen perdiendo integraciones previas. Estos movimientos pueden durar minutos, sesiones, meses o años, en un rango emocional tolerable. Así se desarrolla el pensamiento. Simboliza el conflicto expresándolo con la identificación proyectiva normal de la comunicación adulta.

Hay quienes van al psicoanalista con una pregunta específica que contestan en una sola sesión, pero también hay gente con inquietudes que toman años en resolver. En todo caso, los cambios aparecen rápida y progresivamente, y son estables. El psicoanálisis está indicado para la neurosis, cuando surgen elementos psicóticos, como las conductas autodestructivas y las adicciones, por ejemplo, y en pacientes psicopáticos, como los presos. Varias investigaciones con diseños estadísticos con muestras de más de quinientos pacientes cada una, hechas en varios países, confirman su eficacia (Barrios 2007; Leuzinger - Bohleber, et al 2003; Sandell, et al 2000; Vaughan, Roose 1995; Vaughan, et al 2000). También es útil para parejas al identificar mecanismos inconscientes que los une, tanto como los que los separa. Revela datos útiles para encontrar caminos novedosos, ya sea que decidan seguir juntos, separarse, o cualquier otra de las incontables maneras de estar en pareja. Siempre con la finalidad de que construyan con sus propios medios y recursos formas mejores de vida. Y, por supuesto, también se emplea para tratar a la familia completa, después de todo, es el modelo primigenio de la vida social. Hasta aquí esta breve digresión sobre la teoría objetal del psicoanálisis, su terapéutico y sus indicaciones.

El psicoanálisis de grupo es el tratamiento simultáneo de varias personas, explorando las fuerzas inconscientes que rigen la colectividad con la guía de la relación transferencia contratransferencia (Bion 1963; Grotstein 2003). El líder es el terapeuta. En él se proyectan fantasías infantiles omnipotentes, omnisapientes y sobre su intencionalidad. Fantasías primitivas que se inoculan mediante la identificación proyectiva, y movilizan a todos. El hombre es emocional, y depende de comunicar sus afectos. Los pensamientos existen en sentido platónico, requieren de una mente para pensarlos, y la meta del psicoanálisis es descubrirlos. El proceso psicoanalítico es un método para seguir estas transformaciones. Siempre hay deseos de amar y ser amado, de expresar la agresión sin retaliación y de comprender y ser comprendido, permean las relaciones con los demás, con los objetos, las ideas y los sentimientos.

Desde mediados del siglo XX muchos psicoanalistas (Grinberg, Langer, Rodrigué 1957; Bion 1963; Grotstein JS 2003; Billow 2003; Rudden, et al 2008)  se pusieron manos a la obra a estudiar la psicología de grupo con fines terapéuticos, individuos reunidos alrededor de conflictos mentales, vinculados por ellos. A veces su eficacia depende del efecto catártico de la confesión pública, pero, sobre todo, de la experiencia de descubrir los factores que condicionan un buen espíritu de grupo. En ellos el problema es colectivo, así suene a perogrullada. Surge de la relación transferencia contratransferencia en la colectividad, y con el psicoanalista, mediante la identificación proyectiva que opera la dinámica del grupo abriendo espacio para discutir las implicaciones de los conflictos mentales en relación con los demás. El paciente siempre está centrado en sí mismo, y se resistente a la cooperación, casi nunca está en un ambiente en el que todos estén en igualdad de condiciones; además no quiere tratarse, y cuando la desesperación lo lleva a hacerlo, tampoco está del todo convencido.

El primer desafío es formar el grupo. Un problema complejo mucho más abstracto que la amenaza de perder un partido de fútbol, o peor aún, el campeonato, a donde todo depende de dos factores: un adversario común, un objetivo concreto, y un director técnico, que por su experiencia conoce sus limitaciones, respeta la integridad del grupo, no busca sus simpatías, ni sus hostilidades, ocupa una posición de responsabilidad en momentos de decisiones definitivas; es alguien que ostenta autoridad cuando los demás no saben qué hacer, es digno de su investidura, vive en estrecha relación con sus camaradas; y sabe que su tarea consiste en producir hombres que se respeten a sí mismos adaptados a la comunidad asumiendo sus responsabilidades libres de sentimientos de culpa que entorpezcan un funcionamiento eficaz. La amenaza común para el grupo psicoterapéutico no es fácil encontrar. Las amenazas neuróticas son variadísimas. El enemigo es la incapacidad del grupo para funcionar con eficacia. El problema colectivo es la fuerza que se opone al rendimiento, a lo constructivo; y ocuparse de ella es el objetivo terapéutico del psicoanálisis de grupo, en pos de superar la resistencia colectiva.

Cada miembro del grupo tiene una entrevista inicial. Del mismo modo que en el psicoanálisis individual es imprescindible un límite, desarrolla la capacidad para pensar y reflexionar. Así como el niño construye la habilidad para reflexionar a partir de la experiencia de proyectar sus ansiedades en la madre, continente, quien se las devuelve atenuadas, como pensamiento, hacer consciente la diferencia sujeto objeto en las sesiones psicoanalíticas desarrolla esta capacidad, junto con la de afrontar adversidades para tolerar la vida. Se requiere un lugar, un tiempo y la descripción de la tarea, en el psicoanálisis de grupo el encuadre es tan importante como para el individual. Así, en la sesión, el paciente puede ser libre y espontáneo según sus conflictos. La agresividad, las relaciones con los demás y la impotencia para actuar pasan de la teoría a la práctica. En la medida en que la persona va en uno o en otro sentido dentro del campo de observación del grupo hay cambios al elaborar conflictos inconscientes. Al hablar de las cosas que emergen, y de sus marcos de referencia, se consideraran las actividades como si fueran observadores externos promoviendo los descubrimientos de los contenidos inconscientes al interior del grupo. Juzgan la sinceridad de la motivación de la colectividad. Unos colaboran, otros no. Surgen elementos terapéuticos al trabajar juntos. Nace el pensamiento, la discusión. Se enfrentan varios tópicos: cómo la gente va y viene del grupo, cómo ingresan, cómo se adaptan y cómo se despiden; cómo afectan las diferencias logradas afuera del grupo, como las asimetrías generan inconformidad, tanto como agrado. Se requiere que el psicoanalista sea intuitivo de la misma manera en que el director técnico de un equipo de fútbol. Y, durante el proceso, las dificultades giran alrededor de anteponer el bien colectivo al individual.

El buen espíritu de grupo es tan difícil de definir como la noción de salud mental. Es un propósito común. Pero también es reconocer los límites de la colectividad, así como sus posiciones y funciones, además incluye la capacidad de recibir y de despedir a los miembros sin temor a desintegrarse, es flexible, y cuando hay subgrupos no tienen fronteras rígidas, no son excluyentes, tampoco están centrados en un individuo y su valor se reconoce como general; se aprecia a cada persona y su contribución, todos tienen libertad, son capaces de discrepar y de resolver situaciones sin desarticularse. ¡Hasta aquí todo bien!

Pero la humanidad es un conjunto de individuos. Los grupos nunca son apacibles, ni siquiera los terapéuticos. Las personas tienen deseos y necesidades y metas. Así como hay grupos productivos, verdaderos equipos de trabajo cohesionados y dinámicos, también existen los regresivos, conflictivos y destructivos, funcionan con identificaciones, fantasías poderosas con patrones que pueden conocerse. Supuestos básicos sobre la integridad y la supervivencia de la colectividad que cambian según la situación, la función y la historia. En primer lugar, de fuga y de lucha. Un sentimiento con otro, sea externo, por ejemplo, un enemigo histórico, o al interior, un subgrupo con un punto de vista peligroso o desleal que pueda vulnerar la colectividad, incluso un líder opresivo o débil. Este sentimiento surge alrededor del límite de la comunidad con preocupación por mantener la frontera intacta, la pureza del grupo, su invulnerabilidad. En segundo lugar, existen las fantasías de que el grupo pueda perder el amor del líder o, peor aún, la razón, un sentimiento irreal y exagerado de dependencia del caudillo. Sin su guía capaz surgen ansiedades de castración, impotencia, de ser inadecuados, de exposición a fuerzas caóticas, y pueden incluir la sumisión a una divinidad o a una ideología. En tercer lugar, hay fantasías de apareamiento. Ideas envidiosas o voyeristas con amenazas a la estabilidad de la comunidad, como sucede entre las agrupaciones fundamentalistas, por ejemplo. Giran alrededor alianzas con preocupación erótica, buscando neutralizarla, hacerla aparecer irreal, con optimismo sexual. Hasta podrían emerger fantasías sobre el nacimiento de un redentor en el seno del grupo con un nexo especial con el líder y un dios. Los integrantes se entusiasman al exhibir poder sexualizado, en especial en grupos omnipotentes. Por último, en cuarto lugar, en las regresiones de grupos desestructurados hay fantasías de fusión serenas, defensas contra una agresión intensa, usualmente con envidia y tendencia hacia el pensamiento grupal que predomina por encima del trabajo colectivo. En suma, hay que decir, los grupos incorporan diferentes aspectos de estas fantasías. Verbigracia, los ultrapatrióticos pueden perderse de manera irreflexiva en la idealización del país y de su líder, cediéndole el poder sin cuestionarlo, luchan con fiereza contra fuerzas enemigas, como en el caso del Holocausto Nazi.

La identificación proyectiva es el vehículo de la fantasía regresiva dominante en el grupo, lo moviliza al igual que a su líder, además el líder nominal no siempre es el líder de facto: solo puede guiar cuando tiene libertad de articular esos contenidos inconscientes de manera implícita o explícita, y dirige a la colectividad de manera constructiva, o también podría explotarla. Semejante a la simbolización individual, el líder motiva a la cooperación expresando las ideas y la fantasía del grupo en el sentido de una labor. Como cuando expresa poéticamente el anhelo de recibir al mesías aliviando el dolor ante la muerte, el aislamiento y la incertidumbre, promoviendo soluciones realistas para afrontar la enfermedad y el hambre, por ejemplo. En cambio la manipulación de estas ideas beneficiaría solo al líder y a su círculo íntimo, llevando al grupo en otro sentido muy diferente, verbigracia, el que está ligado por una religión que ataca a otros con la noción de que controlar la región mejoraría su posición relativa. El uso que hace el líder de las fantasías puede darse a nivel inconsciente, intuitivo, aun cuando también consciente y premeditado. La función de la comunidad debe ser clara, su estructura y liderazgo adecuadas, para evitar que la colectividad se desarticule. El líder efectivo tolera regresiones, está dotado de rasgos que le permiten mantener el contacto con la realidad a la vez que conserva cierto potencial paranoide, reconoce amenazas, además tiene el narcisismo que alimente su idea de que en efecto está capacitado para liderar. De modo que hay fuerzas en el grupo que determinan el estilo del liderazgo mucho más complejas que simplemente la personalidad del líder y los resultados en cuanto a eficacia y satisfacción.

En la metodología conductista se evalúa un modelo de refuerzo e intercambio, pero el líder también tolera la agresión y la competencia desde el interior del grupo reorientándola hacia la exploración colectiva de estas emociones y conductas. Otras investigaciones se enfocan en las transformaciones, o el carisma del guía, se apoyan en su capacidad visionaria y de motivación, incluso se basan en si tiene un estilo tiránico o, por el contrario, uno democrático. El autoritarismo es deseable si se requieren resultados rápidos; pero si lo primordial es la estabilidad del grupo, son preferibles lo estilos participativas y democráticas. Otros trabajos han considerado los valores y las motivaciones del grupo. Evaluaron esa conexión entre el líder y la cultura y el desempeño teniendo en cuenta la receptividad de los seguidores. Incluso algunos han medido la inteligencia emocional del líder, su capacidad para manejar situaciones complejas. Y otros más han definido sus habilidades con la finalidad de integrarlas y sistematizarlas como talentos y competencias, rasgos de personalidad y estilos del líder ejecutivo y exitoso. En todo caso, se busca un factor X que explique cómo algunos son capaces de lograr el apoyo del grupo más allá de su habilidad de estructurar tareas, resolver conflictos, tener consideración y capacidad inspirar respuestas afectivas; algo que se atribuye a que el líder canaliza la regresión destructiva de la colectividad transformándola en una experiencia que lo fortalece.
Siempre puede esperarse que haya desacuerdo, conflicto, búsqueda de control, tráfico de influencias, así el grupo sea pequeño. No hay poder pequeño. Estas vicisitudes lo estructuran, determinan su crecimiento, su evolución, sea reaccionario o revolucionario. Y es terapéutica la experiencia de interpretar la respuesta cuando una facción se revela, cómo reaccionan ante el conflicto, y cómo lo resuelven. Se requiere libertad de pensamiento y de expresión para que haya progreso y desarrollo colectivo, la rebelión implica autenticidad. Es una estrategia de un grupúsculo, un último recurso. Un juicio que depende de la receptividad de los demás, de la influencia del rebelde, se sienten sometidos ante los principios y conductas del grupo. Sus premisas son irreconciliables, moralmente absolutas, no están abiertas a la discusión, ni a la negociación, mucho menos a descartarlas. Su protesta es legítima. No hay otro camino. La rebelión intenta movilizar al grupo en otras direcciones, una estrategia de acción social para modificar la situación actual sin cuestionamientos. Es inevitable. Y no siempre se resuelve, a veces tiene éxito, entonces el grupo se rompe. Esto no siempre es negativo abre la puerta a la discusión y al cambio. Pero protestar no es rebelarse. Muchos pasan la vida entera quejándose sin abandonar el grupo, incluso desobedecen, son refractarios y difíciles, pero en realidad no son rebeldes porque no desafían la estructura de la colectividad, ni su funcionamiento, no cuestionan sus valores, ni sus premisas. Siempre hay tensión entre la sumisión adaptativa y la identidad individual, la seguridad del grupo depende de los valores de la comunidad y del líder, se suele pensar, pero a la docilidad le hace falta creatividad. Los conformistas suelen ser rígidos, sexistas, moralistas, agresivos.

Existen varias maneras de rebelarse. Primero, el desafío, la presión contra el proceso y el contenido del grupo, un signo favorable de confianza y seguridad que comunica progreso, pero también es una señal de necesidad de atención y de diálogo, y puede ser amigable u hostil, abierta o sutil. En segundo lugar, existe una tendencia a la secesión y el exilio. Exiliar al rebelde, fragmentando el grupo, es una necesidad inconsciente, y al lograrlo, se sienten culpables. Es el resultado de una ruptura en la comunicación, una solución frecuente, y muy extrema para resolver diferencias. Pero también puede ser un signo de madurez de la dinámica de grupo, pues el individuo ya no comparte los ideales de la colectividad, y la comunidad hace el duelo para aceptar que se vaya, y que llegue alguien más. En tercer lugar, existe la anarquía. Todo el mundo se resiste a tolerar y a pensar sobre lo doloroso, para eso sirven los mecanismos de defensa, los conflictos se proyectan en lugar de aceptarlos, entonces se crean, inconscientemente, confusión, malos entendidos, desorden, todo con tal de no pensar. Por eso el anarquista condena, repudia y desafía al grupo, y hasta puede llegar a destruirlo. En cuarto lugar, la revolución. En este caso la facción rebelde domina al grupo iniciando una nueva era para la colectividad. No siempre son crudas, inmediatas ni evidentes, tampoco surgen de un solo evento ni son dramáticas. Pero esta posibilidad origina defensas paranoides, por eso asustan, sin embargo no siempre implican destrucción. De las revoluciones también aparecen elementos constructivos.

Por último, el psicoanalista también se rebela. Por una parte es quien genera la sensación de cohesión, continuidad y regularidad en el grupo, pero también es el instrumento del cambio. De modo que su función terapéutica es asumir todos los papeles de la rebelión: desafía, instiga, es anarquista, exilia y es revolucionario, según sea el momento del proceso. Lo constructivo es que el grupo florezca o se desintegre, nunca que se indiferencie. Poner las cosas en palabras es el mayar acto de rebelión, conmueve al grupo con la interpretación transferencial que lo saca de su sentimiento grupal, colectivo. Intervenciones que impulsan a la madurez. Sin embargo, el psicoanalista no es un oráculo. Se trata de un diálogo honesto y humilde con la colectividad, una manifestación de empatía; claro que, como cualquier otro miembro del grupo también tiene impulsos destructivos, influyen su personalidad y sus limitaciones humanas (Billow 2003).

En conclusión, el psicoanálisis del siglo XXI aporta a la psicología de las masas conocimiento útil para fines terapéuticos, pero también en el campo organizacional, en la industria, el comercio, las fuerzas militares, el estado, la academia. Sirve para comprender y prevenir las consecuencias de las expresiones sociales relacionadas con el conflicto, la segregación y la exclusión. El psicoanalista contemporáneo también tiene mucho por hacer en el campo de la difusión y la educación. La dinámica de grupo es un campo legítimo de investigación. Se estudian las relaciones entre la colectividad y el líder capaz de tolerar las regresiones inevitables, transformándolas en experiencias constructivas, de manera que se mantenga la eficacia del equipo de trabajo.

Es posible comprender teóricamente lo que hace a un buen líder al describir operacionalmente los elementos que le permiten comprometer y dirigir al grupo en sus vicisitudes. Es posible que todos aprendan, entiendan y afronten las dificultades de la dinámica de las masas. Habrá mejor desempeño y satisfacción cuando el líder es capaz de expresar la misión con claridad y adaptar la estructura del grupo a su finalidad, cuando utiliza las fantasías de la colectividad para motivarla al trabajo, reorienta actitudes destructivas que interfieren con su desempeño, transformándolas en conductas útiles, tiene la capacidad de afrontar subgrupos y grupos externos. En la Clínica Tavistock y en el Instituto AK Rice, instituciones psicoanalíticas que operan en Londres, desarrollaron una metodología para investigar cualitativa y cuantitativamente la dinámica de los grupos. Incluye variables como el contexto, sus funciones y su historia, las relaciones interiores y exteriores, sus supuestos básicos. Tiene en cuenta la individualidad y la experiencia en grupo, además explora las conductas del líder efectivo en un grupo de trabajo estructurado. Se interesa por las interacciones entre el líder y el grupo, más que por sus rasgos de carácter como individuo aislado. Al fin y al cabo, el líder y el grupo son indisolubles.  (Rudden, et al, 2008).

La dialéctica entre el individuo y la colectividad ofrece una gama enorme de posibilidades de todo tipo, satisfactorias y frustrantes. Así como los logros artísticos y científicos son creaciones personales, el grupo es capaz de construir las obras y las manifestaciones culturales más complejas y asombrosas. Además la comunidad dura más que el individuo, y lo vimos recientemente con la muerte de Hugo Chávez: el pueblo venezolano siguió adelante, elaborando el duelo colectivo ante la pérdida del Comandante Presidente en medio de improvisaciones, dudas, conjeturas y suspicacias. Cada cual se vincula al grupo según la estructura de su personalidad. Así como hay colectividades eficaces y constructivas, dedicadas al conocimiento y a la creación, también las hay violetas y destructivas, cuya cohesión gira alrededor de una lógica paranoide. Todo depende de las fantasías predominantes en el momento: de fuga y lucha, dependiente del líder, de apareamiento y de fusión con ideas envidiosas. En todo caso, los grupos están ligados por fantasías infantiles primitivas, creando nexos con el líder, manifestaciones emocionales fundamentales del ser humano. De manera que la dialéctica entre el individuo y la colectividad, aun cuando supone tensiones constantes, es una fuente de gratificación que bruñe la personalidad. Madurez es construir la capacidad de estar solos tanto como en comunidad de manera satisfactoria y equilibrada.

El psicoanálisis de grupo es una herramienta terapéutica cuyo efecto se basa en la experiencia de vivir los aspectos inconscientes de cada cual en relación los demás. Los desórdenes de la colectividad resultan de los síntomas mentales, el objeto de estudio del grupo. Un enfoque útil para el tratamiento de los conflictos en las relaciones con los demás. Aquí los síntomas se tratan como un problema de grupo, siguiendo la relación transferencia contratransferencia. El mecanismo inconsciente fundamental en la dinámica de grupos es la identificación proyectiva. La sociedad, como los individuos, puede negarse a tratar sus trastornos hasta el último momento, cuando ya se ven forzados a hacerlo, pues se requiere introspección, y eso no es frecuente. La autonomía, como la madurez, se logra, no se concede. La rebelión hace parte del trabajo psicoanalítico en grupo, y siempre hay sumisión y rebelión, antagonismo entre el narcisismo y la cooperación. Sin embargo, el hombre es dependiente y su pensamiento es relacional, por ello el psicoanálisis de grupos revela facetas que rara vez surgen en las sesiones individuales. Está indicado en los problemas del carácter, en los hábitos y adicciones, en las dificultades en las relaciones interpersonales.

El psicoanálisis individual y el grupal son técnicas complementarias.



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