viernes, 27 de septiembre de 2013

Soren Kierkegaard, una vida ejemplar


Este eminente filósofo religioso danés nació en 1813 y murió en 1855. Su vida transcurrió en Copenhague. En su trabajo criticó la filosofía racional sistemática, en especial la de Hegel, basado en que la vida no puede contenerse completamente en un sistema conceptual abstracto. Atacó su intento de clasificar la experiencia. Argumentó que no podía construirse un sistema para vivir, pues la existencia es incompleta y siempre está en desarrollo, así que el constructor del sistema jamás comprenderá que es imposible entender la vida por completo. Además señaló el error de afirmar que la lógica es móvil, revelando su confusión al mezclar categorías. Mientras Hegel creó una teoría objetiva del conocimiento, Kierkegaard afirmó que la subjetividad también es verdad. La incertidumbre del espíritu apasionado por la verdad, es verdadera, y es la mayor confirmación de la vida. Ideas que también están en la raíz del existencialismo, y transformaron la filosofía para siempre, además abrieron la puerta al estudio sistemático de la mente. La condición humana se volvió objeto legítimo de estudio. Pero también reflexionó sobre la fe y la religión, en particular la cristiana. No aceptaba que el clero combinara el hedonismo de Goethe con el estoicismo Cristo. Por otro lado, era una suerte de filósofo poeta, sus libros tienen valor literario. Su obra es erudita en el romanticismo imperante en aquel entonces, con ideas enraizadas en el realismo socialista. Pero también era escéptico de la humanidad, y cada vez se hizo más pesimista. Anotaciones peculiares si se tiene en cuenta que Kierkegaard podría ser el primer autor psicológico en la historia.

Ha sido muy interesante esta pesquisa de información prepsicoanalítica para construir el artículo que titulé, No Hay Dos Pacientes Iguales, Como No Hay Dos Terapeutas Iguales. Porque, en todo caso, el psicoanálisis, como cualquier otro sistema de pensamiento, es producto de sus circunstancias, del ambiente a donde surge. Y así mismo sucede con las demás disciplinas que hacen parte del área de la salud mental. En la actualidad todas ellas oscilan, dialécticamente, entre un enfoque hegeliano con un sistema de pensamiento rígido y cerrado, dándole un lugar específico a todo, la lógica, lo natural, lo humano y lo divino; mientras que, por el otro lado, también hay una posición humanística, en línea con Wittgenstein y Kierkegaard, con clasificaciones más elásticas acordes con lo inefable de la experiencia. Tal vez, ambos enfoques sean correctos, y se complementen. Las categorías que surgen del pensamiento estructurado, hegeliano, como en el caso de la neurociencia y de los criterios diagnósticos de la psiquiatría, son útiles a la hora de hablar sobre ciertos aspectos de la mentalidad, a la vez que las clasificaciones provienen del enfoque psicodinámico, humanístico, igualmente estructurado, funcionan divinamente para encarar la subjetividad y lo inagotable de la diversidad humanas. Entonces es un falso problema pensar que estas maneras de explicar la mente son tan diferentes, que hay una mejor que la otra, después de todo, se trata de un artificio producido por el lenguaje que se emplea para explicar las cosas desde cada punto de vista.

Así que la finalidad de estos estudios filosóficos que he emprendido es sopesar las raíces y el contexto de las concepciones actuales de la mente, en este mundo de adoración pagana por la técnica y la ciencia, por lo masivo y lo desechable, por lo fácil y lo rápido, incluso a expensas de la Tierra. Mientras que, por el otro lado, la gente está llena de nostalgia por el humanismo: nunca se había visto tanto progreso tecnológico y científico, a la vez que tanta hambre de espiritualidad.

En otro orden de cosas, he basado esta investigación en mis lecturas de la edición número 15 de la Enciclopedia Británica. Debo informar que es una obra muy adictiva: al empezar a estudiar en ella dan ganas de no soltarla, de leerla de cabo a rabo, ya Jorge Luis Borges lo había mencionado. Ahora, una advertencia sobre este blog: siga adelante con esta lectura si está interesado en conocer detalles biográficos de Kierkegaard, si le gustaría elucubrar sobre las raíces de sus ideas. Hago esta admonición para no cansar al lector. Sucede que Pombo, mi profesor de español desde la década de 1970, me puso 3 sobre 5 en la publicación pasada, la que titulé, Ludwig Wittgenstein, un Hombre con el Don de la Síntesis. Dijo que había sido un texto interesante y bien escrito, pero largo. Aun así, estas pálidas letras virtuales que ahora están ante usted en el monitor de su computador, de su tableta o de su teléfono inteligente, son dos veces más extensas. No quiero cansar al lector desprevenido, por entusiasta que sea.


El padre de Soren Aabye Kierkegaard se llamaba Michael Pedersen Kierkegaard, y fue una influencia definitiva para él. Era un hombre melancólico, devoto, serio. Escribió en su diario alguna vez mientras miraba a su hijo: “pobre niño, vives en desesperación silenciosa”. Era un luterano ortodoxo, estricto con la austeridad propia de su fe. En su juventud empezó a ganarse la vida como asistente de un granjero minifundista en una región desolada y remotísima en el oeste de Jutlandia, Dinamarca. Hasta que un día, rabioso ante la indiferencia de Dios a sus sufrimientos y privaciones, subió a una colina, y lo maldijo con solemnidad y convicción. Entonces se fue para Copenhague a donde empezó a trabajar con un tío que comerciaba con objetos de madera. Progresó económicamente, hasta el punto que murió como un rico. Entre otros activos poseía 5 casas que sobrevivieron a los bombardeos ingleses en 1807. Y fue de los pocos que no se arruinaron durante la recesión de 1813, el año en que nació Soren.

A Kierkegaard lo apasionaba la lógica de la argumentación, y su padre se preocupó por darle la educación más esmerada que pudo al más brillante, y creativo, de sus hijos. En la universidad estudió teología y filosofía con el maestro Poul Martin Moller, una figura destacada, y un autor de cierto renombre, que no ocultaba su aversión por la filosofía sistemática. Otro de sus profesores fue Frederik Christian Sibbern quien, en línea con Moller, era afecto de explicar e ilustrar sus reflexiones filosóficas redactándolas en forma de ficciones. Quería llegar al público amplio.

Desde muy joven Soren fue consciente de la culpa que agobiaba al padre, circunstancias tremendas que llamó, El Gran Terremoto, y la atribuyó a su maldición juvenil a Dios. Y al descubrir el pecado paterno se entregó a una vida disoluta. Aun cuando, de todos modos, tenía la duda de que cuando el padre renegó de Dios hubiera caído una maldición sobre la familia. Inquietud que se exacerbó cuando murió su madre, y luego cuando fallecieron 5 de sus 6 hermanos y, por último, con la defunción del padre en 1838. Así que Kierkegaard y su hermano sobreviviente recibieron una herencia sustancial, y sin mayores responsabilidades. Entonces él pudo dedicarse al ocio productivo, como se le dice en los ambientes académicos al privilegio de pensar sin tener que preocuparse por el vil metal. Y otra consecuencia de la muerte del padre fue que Kierkegaard volvió al buen camino. Regresó a la facultad de teología y filosofía.

Por esa época se enamoró de Regina Olsen. El parecía tener un funcionamiento maníaco en la personalidad: su naturaleza melancólica era irreconocible detrás de la imagen alegre y sesuda que presentaba. Ella quedó cautivada ipso facto. Fue una pasión fulminante. Pero dos días después de que la dama aceptara sus requiebros amorosos, él se arrepintió. Se había equivocado. La amaba entrañablemente pero eran muy distintos: ella era joven, inexperta, inocente, mientras que él era mundano, tenía bastante kilometraje en asuntos del corazón. Entonces Kierkegaard se llenó de culpa. Siempre tuvo sensibilidad por las complejidades de la mente, hoy se diría, tenía inteligencia emocional. En todo caso, nunca fue capaz de hablar con ella sobre sus tribulaciones, y simplemente escribió en su diario: “yo tenía 1,000 años más que ella”. Así que decidió romper con la relación. Pero Regine lo adoraba. Insistía. Él trataba de comunicarse con ella, quería hacerla entrar en razón. No había manera de que su espíritu romántico comprendiera. Lloraba, se rasgaba las vestiduras. Amenazaba con lanzarse frente al tren en movimiento. De qué vale la lógica más rigurosa, el discurso más elocuente y sincero, los argumentos más sólidos, frente a los caprichos del corazón enamorado. Hasta que por fin, con el tiempo, y luego de mucho penar, ella accedió a alejarse de él. Entonces urdieron un plan para salvaguardar el prestigio de ella, proyectando la imagen de que todo había sido culpa de él. Una experiencia que lo marcó hondamente, y le aportó bastante material para sus reflexiones venideras.

Aquí bien vale la pena detenerse para dar un consejo a los jóvenes lectores de estas palabras cibernéticas. ¡Lean! Las mujeres aman a los hombres elocuentes y divertidos y de mente desarrollada, cuando se les dedican con amor, claro está. Sin embargo, es muy común que lo que une a las parejas al principio, sea lo mismo que las separa al final. De manera que hay que escuchar esas intuiciones iniciales, esos momentos de lucidez en medio del vértigo del enamoramiento, porque siempre hay necesidad de aceptar que cada uno es responsable de la mitad de lo bueno, y de lo malo, que hay en la pareja. Nadie es perfecto.

Como decía, luego de romper con Regine, Kierkegaard se fue para Berlín a causa del lío de faldas. Y seis meses más tarde regresó a Copenhague con un manuscrito que tituló, Either / Or: A Fragment of Life. Obra que publicó en 1843 bajo un pseudónimo. De hecho, casi todos sus libros aparecieron con pseudónimos. Nombres ficticios que elegía según la temática y la intención del libro, con la finalidad de que el lector no se sintiera presionado por su autoridad, y así reflexionara y conociera con más libertad sobre otras formas de vida. Y este volumen en particular ofrece la alternativa de una vida estética o ética. Cada cual tiene la necesidad de escoger conscientemente, responsablemente, ante las alternativas que la vida presenta. Una idea que está en la raíz del existencialismo.

Si me permite otra anotación, en este momento podemos extraer otra moraleja de la vida y obra de Kierkegaard. La idea de que las decisiones son conscientes es un pensamiento bastante ingenuo. No hay necesidad de ser psicoanalista para saber que las motivaciones humanas ante todo son inconscientes. Como en el caso que mencioné arriba, el neurótico promedio que se enamora de la persona equivocada, sabiéndolo.

Y de regreso a las raíces del pensamiento del filósofo danés, el episodio de Regine aparece en Either/Or desde la primera sección, llamada, Diario de un Seductor. En ella narra la historia de amor desairado, como si quisiera explicar a la desdeñada el por qué había decidido terminar con ella, amándola entrañablemente. Cabe anotar que estas comunicaciones furtivas aparecen una y otra vez en las publicaciones de Kierkegaard. Un eterno retorno a este asunto que siempre lo atormentó por considerarlo su responsabilidad exclusiva. De todos modos, se trata de una suerte de filósofo poeta, sin duda influenciado por sus maestros Moller y Sibbern, Either/Or es un libro de valor literario. Es una obra erudita en el romanticismo imperante en aquel entonces, con ideas enraizadas en el realismo socialista, y que fueron el origen de la psicología individual. 

Luego vinieron sus reflexiones sobre fe y sacrificio. En 1843 apareció Fear and Trembling. El libro empieza con la parábola de Abraham e Isaac. El problema está en que hay situaciones en que la voluntad de Dios se antepone a la ética, aun cuando Dios personifica la ética. Llamó a este problema: la suspensión teológica de la ética. Y concluyó que la fe es una paradoja. Ahora me pregunto qué tendría para decir un caudillo de los talibanes frente a la suspensión teológica de la ética. En todo caso, en este volumen narra el sacrificio de su relación con Regine, ya que, como Abraham, quien debía sacrificar a su hijo Isaac, cometió un acto antiético. Pero el filósofo, como el personaje bíblico, estaba obligado y legitimado por un orden superior a la voluntad individual. Luego, en Repetition, Kierkegaard hizo una demostración psicológica de este punto.

Al año siguiente, publicó Philosophical Fragments, y al mismo tiempo lanzó, The Concept of Dread, de carácter psicológico. El primero presentó el cristianismo como debería ser para tener coherencia: una forma de vida que presupone el libre albedrío, en contraposición a la idea de Hegel de que el individuo se desdibuja en la colectividad. Además amplió la noción de libertad desde la filosofía, volviéndola un problema psicológico. La libertad no puede probarse filosóficamente porque cualquier prueba implica una necesidad, lo opuesto de la libertad, de modo que la discusión sobre ella no pertenece al ámbito de la filosofía sino al de la psicología. La libertad es una actitud que hace posible ser libres, y este estado anímico es la angustia, un sentimiento sin un objeto definido, diferente del miedo, a donde puede reconocerse una amenaza en particular. Al experimentarla se sale de la inocencia al pecado, y se acepta el reto cristiano de la culpa y la fe. Así que la angustia es el preludio al pecado, no su consecuencia. Este es el primer libro psicológico que se haya escrito.

Hoy se sabe que en efecto el sufrimiento impulsa al cambio, a crear nuevas condiciones de vida, en esta ocasión, más satisfactorias y equilibradas, aun cuando no necesariamente más cómodas. Es por eso que la mortificación que producen los síntomas mentales es una buena noticia. En el argot psiquiátrico: el pronóstico del paciente mejora si los síntomas son egodistónicos, es decir, lo atormentan.

De regreso al filósofo danés, en 1845 publicó Stages on Lifes’s Way. Una obra voluminosa y madura. Retoma el asunto de Either/Or, separando lo religioso, de lo estético, de lo ético. Deja en claro que la ética es un estilo de vida inadecuado. El problema ya no es solo un conflicto entre ética, estética y religión. En la última parte del libro, titulada, Guilty/Not Guilty, de nuevo narra el amor desairado de Regine, ahora desde un nuevo punto de vista. En el plano estético, el amor desdeñado implica una fuerza que separa a los enamorados, mientras que en el nivel ético, el obstáculo está en que son personas que provienen de mundos muy distintos; de modo cuando el uno interpreta el amor estéticamente, y el otro, éticamente, hay un conflicto irreconciliable. La relación solo funcionaría si ambos coincidieran en el mismo plano, cosa que rara vez sucede. Por último, en el ámbito religioso la dificultad es todavía más definitiva. Está en que son estructuralmente diferentes. Este destino es sufrido, y aceptarlo permite liberarse del aquí y el ahora, preparándolos para la vida eterna. Así que mientras el enfoque estético encuentra resistencia en el exterior, y ser grande es conquistar, en el religioso, en cambio, la barrera está en el interior, y se ennoblece al sufrir. Además penar al servicio de una idea es precisamente la confirmación de la existencia del plano religioso. Padecer nutre.

De nuevo vale la pena detenerse a meditar. Los asuntos esenciales de las personas son finitos, es por eso que los escritores pasan la vida escribiendo el mismo libro. La gente suele regresar a los temas conocidos que los hacen sufrir, no solo por razones masoquistas, también porque inconscientemente necesitan repetir y replantear las situaciones difíciles, en especial frente a las pérdidas y las desilusiones, porque este retorno, que a veces parece eterno, hace parte del proceso natural del duelo. Es la elaboración del luto.

Por esa época Regine se casó con alguien más, rompiendo la ilusión de Kierkegaard de que vivían un matrimonio espiritual, para nada terrenal, con la esperanza de que Dios hiciera posible lo imposible. Entonces el filósofo abatido redactó Stages on Life’s Way. Y tituló la primera parte, In Vino Veritas o The Banquet, basado en el Simposio de Platón. Tocó el amor, el erotismo, el sexo y la mujer, dejando translucir su misoginia. Pero también tenía otras desilusiones, verbigracia, los críticos denigraban de su obra, y a esas opiniones incisivas también se atribuye su misantropía y su amargura.

Después en 1846 apareció Concluding Unscientific Postscript to the Philosophical Fragments. A Mimic-Pathetic-Dialectic Composition, an Existential Contribution, por Johannes Climacus, publicado por S Kierkegaard. Su obra filosófica más importante. En ella controvierte las ideas de Hegel. Ataca su intento de sistematizar toda la experiencia. Por otro lado, Hegel equipara la vida con el pensamiento, así que no hay espacio para la fe, de manera que el cristianismo es una imposibilidad, un escándalo para Kierkegaard.

Soren no evangelizaba, pero sí se sentía obligado a explicar el cristianismo. Tenía una misión divina, una meta indescifrable. Entonces empezó a considerar la posibilidad de retirarse de la filosofía profesional. Pero tenía el vicio de escribir. Además debía cumplir con su misión sagrada de revelar el verdadero cristianismo, y poner en evidencia la conducta escandalosa de la Iglesia danesa. Su pensamiento religioso se hizo más estoico, y en sus publicaciones de 1847 a 1850 su cristianismo fue más ortodoxo, podría decirse, fundamentalista. Se volvió una guerra santa para él. Dios lo autorizaba. Hasta recurrió a publicar innumerables libros de bolsillo, panfletos y un periódico que llamó The Moment. Y después de dos años de actividad febril, enfermó, lo hospitalizaron y murió. Ya quedaba poco de su herencia, y le dejó sus posesiones mundanas a Regine, quien en ese momento vivía en el Caribe, en una colonia danesa a donde su marido fungía como gobernador.

La guerra santa de Kierkegaard no transformó el establecimiento, pero sí puso a pensar a los curas. El valor intelectual y literario de su obra solo vino a reconocerse dos décadas más tarde, cuando en 1877 el crítico Geory Brandes publicó el primer libro sobre él. Lo declararon ateo y anticlerical. En Alemania solo se despertó interés por su obra poco antes de la Primera Guerra Mundial. Pero su mayor auge surgió en relación con el nacimiento del psicoanálisis, a través de la difusión que tuvo junto a la obra de Sigmund Freud, puesto que eran autores que se encontraron en varios temas, como la angustia, por ejemplo. Eran pensadores afines. Así mismo contribuyó a divulgar su obra la producción del teólogo protestante suizo Karl Barth, al igual que las de Karl Jaspers y Martin Heidegger, junto con la del filósofo religioso judío Martin Buber. Y todos ellos, a su vez, se consideran los cimientos del Existencialismo. Pero solo después de la Segunda Guerra Mundial su pensamiento se conoció por todo el mundo, casi 100 años después de su muerte solitaria y silenciosa.

Para terminar, ahora me parece pertinente continuar con esta exploración extrapsicoanalítica leyendo un poco sobre Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831), después de todo, fue el gran adversario filosófico de Soren Kierkegaard.


martes, 17 de septiembre de 2013

Ludwig Wittgenstein, un hombre con el don de la síntesis


Desayunando con Alexandra, le conté que el grupo de estudios de psicoanálisis y neurociencia con el que me reúno los lunes a mediodía en la Fundación Santafé, planea hacer el segundo simposio, en esta oportunidad, sobre temas controversiales en el ejercicio de las disciplinas de la salud mental. A ella le pareció un proyecto académico interesantísimo, y muy útil para gente que reflexiona sobre la condición humana, no solo para especialistas. Continué. Le dije que mi ponencia, que está en construcción en este momento, se titula, No Hay Dos Pacientes Iguales, Como No Hay Dos Terapeutas Iguales. Trata el tema arduo de cómo es posible que la mente estudie la mente, y cómo para comprender al otro es necesario liberarse, hasta donde sea posible, de las clasificaciones, los prejuicios y las generalizaciones, ya que, como es bien sabido, la diversidad humana es innegable, y el vínculo terapéutico es una relación como cualquier otra, solo que en este caso hay una asimetría porque el paciente busca ayuda.  Cada caso es particular. Y a continuación le dije el epígrafe que tomé de Julio Cortázar para empezar con este texto: “Quizá los moluscos no sean neuróticos, pero de ahí para arriba no hay más que mirar bien; por mi parte he visto gallinas neuróticas, gusanos neuróticos, perros incalculablemente neuróticos; hay árboles y flores que la psiquiatría del futuro tratará psicosomáticamente porque ya hoy sus formas y colores nos resultan francamente morbosas.”. Entonces Alexandra, entusiasmada, me insistió en que continuara con la investigación leyendo sobre Ludwig Wittgenstein, el filósofo austriaco preeminente del siglo XX que vivió mayormente en Inglaterra. Y así lo hice.

Al llegar a mi gabinete psicoanalítico consulte la hermosa edición número quince de la Enciclopedia Británica, un incunable, pues ya no se publica en papel impreso, solo en su edición virtual. En esas páginas sedosas y amarillentas encontré que este filósofo profesional produjo dos sistemas de pensamiento distintos en épocas muy diferentes de su vida, y el segundo critica y rechaza el primero, claro está. Ambas obras fueron muy influyentes y bien expresadas: primero vino el Tractatus Logico Philosophicus y luego, Philosophical Investigations.

Resulta que este personaje nació en 1889, era el menor de 8 hermanos, todos talentosos. Su padre era un industrial austriaco del acero. Y junto con su madre conformaron una pareja de sensibilidad artística e inclinaciones intelectuales. Lo educaron en casa hasta los 14 años, luego fue al colegio en Viena y en Berlín, donde se inclinó por las matemáticas, las ciencias naturales y, posteriormente, por la ingeniería. En 1908, ya en Inglaterra, en Manchester, empezó a trabajar en aeronáutica. Experimentó con cometas en las regiones más remotas de la atmósfera. También diseñó motores para aviones, y concibió la idea luminosa de poner turbinas en las puntas de las aspas de una hélice. En esa época se interesó por la obra de Bertrand Russell, y fue a estudiar con él en la universidad de Cambridge. Se dice que en alguna oportunidad el maestro expresó sobre el filósofo brillante: “pronto aprendió todo lo que yo tenía para enseñar”. Con él estuvo desde 1911 hasta 1913, trabajando problemas lógicos. Luego se mudó a Noruega. Donde le surgió la idea de que las verdades lógicas son tautologías, se trata de razonamientos circulares que no dicen nada especial.

Con el advenimiento de la I Guerra Mundial se enlistó en el ejército austriaco. En 1916 estuvo en el frente ruso con desempeño valeroso, fue un buen oficial, y en 1918 lo trasladaron a Italia. Entonces empezó el período del Tractatus, pues mientras tanto seguía trabajando problemas lógicos y filosóficos en cuadernos que llevaba a todas partes entre su morral. Y para cuando lo aprisionaron los italianos, ya tenía el manuscrito completo, entonces se lo mandó a Russell, quien le ayudó a publicarlo gracias a sus influencias. Resultó ser un libro novedoso, profundo e influyente, conformado por anotaciones numeradas y ordenadas que abarcaron 75 páginas. Trató temas que incluyeron la naturaleza del lenguaje y el límite de lo que puede expresarse, también contenía elementos de lógica, ética y filosofía, junto con reflexiones sobre causalidad e inducción, el yo y la voluntad, la muerte y lo místico, el bien y el mal. La pregunta central del Tractatus era: ¿cómo es posible el lenguaje, cómo puede comunicarse algo, y cómo puede alguien entenderlo? Aducía que una oración con significado, es decir una proposición, debe ser una imagen fidedigna de la realidad. Pero hay límites. No solo debe ser una imagen exacta de lo que representa, seguramente los símbolos y las situaciones tienen la misma forma lógica, así ella no pueda representarse, al fin y al cabo, la existencia necesaria de elementos simples de la realidad y de un valor absoluto, no pueden decirse porque el límite del lenguaje es el pensamiento. De manera que una proposición tiene un solo análisis completo y un sentido definitivo; hay una esencia del lenguaje, las oraciones y los pensamientos, un orden a priori en el mundo.

En 1919 Wittgenstein regresó a la vida civil. Entonces regaló gran parte de su cuantiosa herencia, le disgustaba el oropel y el confort, prefería una existencia frugal, académica, contemplativa, la vida de un soltero casto y estoico. Así que se hizo profesor de primaria en una escuela rural en la campiña austriaca, apacible y hermosa. Era muy infeliz. Pensó en suicidarse en varias oportunidades, según puede leerse en su epistolario. Aseguraba que estaba moralmente muerto, a los treinta años de edad. Allí tuvo conflictos con otros docentes y con habitantes de la apacible y hermosa comarca. Hasta que en 1925 se retiró de su puesto de maestro de la escuela bucólica. Entonces se hizo asistente del jardinero de un monasterio en las afueras de Viena. Y poco después, una de sus hermanas lo contrató para que trabajara en la construcción de su mansión. Oficio que lo apasionó. En él invirtió su creatividad arquitectónica asombrosa. El resultado fue un edificio libre de excesos y decoraciones, una construcción exacta y proporcionada, de belleza simple y estática, como el Tractatus. Pero también era un músico hábil: tocaba el clarinete con solvencia, y era capaz de silbar de memoria piezas larguísimas y complejas.

En suma, dejó la filosofía durante una década, aun cuando en algunas oportunidades se reunió con miembros del Círculo de Viena, de donde surgió el Positivismo Lógico. Hasta que en 1929 regresó a Cambridge, se hizo fellow del Trinity College, y retomó la docencia. Rápidamente se volvió influyente en los medios académicos angloparlantes. Era un maestro erudito, comprometido, serio, creativo. Sin embargo no le gustaba el ambiente pedante de la universidad, y se retiró de la filosofía académica. Es más, exhortaba a los estudiantes a que renunciaran a la docencia, porque había períodos oscuros y confusos sin nada para decir, de manera que era imposible ser profesor y honesto al mismo tiempo. Era un oficio imposible. Por otro lado, en lo personal, necesitaba afecto, como todo el mundo. Era un amigo cálido y leal y generoso. A la vez que era severo con la afectación, la adulación y la superficialidad. Y cabe anotar que escribió profusamente desde esa época hasta el final de su vida, y en 1939 lo nombraron miembro del directorio de filosofía de Cambridge.

Al empezar la Segunda Guerra Mundial se fue de la universidad para trabajar como camillero en un hospital en Londres. Y solo regresó a Cambridge hasta 1944, a los 55 años, cuando ya había perdido el entusiasmo por la vida y por el absurdo trabajo de ser maestro de filosofía. Decía que era una muerte en vida. Hasta que se retiró en 1947. Entonces se fue a vivir a la costa de Irlanda para pensar sin hablar con nadie. Allí vivió hasta que enfermó, entonces se alojó a donde amigos, ora en Estados Unidos, ora en Inglaterra. Su salud decaía, y en 1949 le diagnosticaron un cáncer. Hallazgo que no lo impresionó especialmente, dijo: no quiero seguir viviendo. Y murió en 1951 en Cambridge.

En 1953 apareció Philosophical Investigations, libro que por sus instrucciones se publicó póstumamente, aun cuando había empezado a redactarlo en 1929. En él utilizó el epígrafe de uno de los libros de Bach: “Para honrar a dios, y para beneficio del vecino.”. En esta obra contradijo el Tractatus. En ella afirmó que una proposición no tiene un solo análisis completo, ni un sentido definitivo; la realidad y el lenguaje no están compuestos por simples elementos comunes, no hay una esencia del lenguaje, las oraciones, ni los pensamientos, tampoco hay un orden a priori en el mundo. Además negó la concepción de lo indecible al rechazar la idea de que toda representación tiene una forma lógica común. Mientras en el Tractatus afirmó que había una variedad sin fin de usos del lenguaje, y que detrás de esta diversidad había una esencia unificada común; en Investigations, en cambio, expresó que esta era una ilusión, ya que no había tal unidad en medio de la pluralidad. La naturaleza de la memoria, el pensamiento, la palabra, las reglas, así como la insistencia en preguntar, ¿qué es conocimiento, qué es intención, qué es aserción?, se apaciguan con descripciones de lo que puede percibirse, y las diferencias obedecen al uso del lenguaje, al tráfico cotidiano de la comunicación en cualquiera de sus instancias, ya sea hablada o escrita. En esta publicación también rompe con las preconcepciones que falsean el pensamiento filosófico, destruye la creencia obsesiva de que debe haber una esencia en el conocimiento, la intención y la aserción, plantea cómo los conceptos se ligan a acciones y reacciones, así como a la expresión de conceptos de vida.  De manera que tan solo comentamos la historia natural de los seres humanos. En estas páginas quiso mostrar la función y el significado de los conceptos como producto de las formas de vida en que están inmersos.

Al final, Investigations no fue tan bien recibido como Tractatus. En todo caso, Wittgenstein lo consideraba imperfecto, y trató de perfeccionarlo hasta su muerte, siempre fue pesimista del porvenir de su trabajo. Consideraba su pensamiento ajeno al espíritu científico y matemático imperante en su época. Y aún así, logró que la filosofía fuera más consciente de sí misma. Introdujo una nueva concepción de la naturaleza. Para él, un problema filosófico no busca solución, de la misma manera que un teorema no es para probarlo ni una hipótesis para falsearla. Más bien es confusión. La filosofía debería ser simple, pues sirve para desatar nudos del pensamiento, no para causarlos. El resultado de la reflexión filosófica no es el descubrimiento de la verdad, es tan solo una salida a nuevas confusiones.


Y una anotación para terminar: unas semanas más tarde, cuando le conté a Alexandra sobre el resultado de mi averiguación acerca de Wittgenstein, me dijo como si fuera una obviedad, ahora te falta estudiar a Soren Kierkegaard.

domingo, 25 de agosto de 2013

El amor es una idea sobrevalorada


Hace al menos dos décadas mi padre me dijo en una tarde soleada de sábado, al calor de un almuerzo espléndido amenizado con una conversación animada y brillante: “¡Mijo, el amor es una idea sobrevalorada!”. Quedé estupefacto. En esa época yo era un adulto joven. Apenas con unos pocos años de matrimonio y mi hijo era un niño que cursaba los primeros años de colegio. Él estaba en la época en que cambian los dientecitos de leche por los definitivos, lo recuerdo con nitidez. Yo ni siquiera sabía que Jorge Luis Borges odiaba los espejos y la cópula porque multiplicaban a la gente, mucho menos que consideraba el coito una falacia que promovía la ilusión óptica de que juntos somos un solo cuerpo. De modo que yo era un idealista inocente. Aseguraba que el amor era una condición dable, a la que todo el mundo podía acceder, solo se necesitaban buenas intenciones.

Ni siquiera había iniciado mi formación como psicoanalista en aquel entonces. De modo que desconocía, por ejemplo, la noción de Sigmund Freud, el primer psicoanalista, que planteaba la idea revolucionaria de que allí a donde hay amor también hay agresión. La líbido siempre tiene una contraparte tanática, también instintiva. Así que en toda relación habrá una tendencia hacia la construcción, la creación y la unidad, que coexiste tranquila y dulcemente con una nostalgia por lo inanimado, una urgencia destructiva, una necesidad de disociar, de romper. Se trata de una necesidad fundamental de amar y de ser amado, acompañada de una envidia irreductible que lleva a destruir lo bueno y lo valioso. De manera que la madurez se logra alcanzar cuando se integran esas dos fuerzas opuestas que operan dentro del inconsciente de las personas, supeditando lo destructivo a lo constructivo. Y es plausible, piénselo, en el acto sexual más apasionado y romántico y amoroso, también hay violencia y dominación y egoismo.


En todo caso, y de regreso a la sentencia de mi padre, debo informar que cuando lo oí decirla estuve en desacuerdo. Argumenté que bastaba con leer el poemario de Mario Benedetti titulado “El Amor, las Mujeres y la Vida” para darse cuenta de que los románticos amores eran el único cielo plausible para cualquier mortal. Además precisé que me parecía un acierto que el poeta hubiera publicado ese libro mágico en respuesta al de Arturo Schopenhauer, “El Amor, las Mujeres y la Muerte”. Me parecía razonable contradecir al filósofo alemán escéptico del amor. Fuera de eso, estaba seguro de que todo el conocimiento en asuntos amatorios que un hombre moderno pudiera llegar a necesitar estaba consignado en las páginas incendiarias de “Veinte Poemas de Amor y Una Canción Desesperada” de Pablo Neruda.


Mi papá debía estar completamente equivocado, como el horóscopo. Era un disparate decir que el amor, la sal de la vida, era una idea sobrevalorada, una entelequia. Especulé que a su edad las cosas ya no eran como antes, el cuerpo no respondía como solía hacerlo, y que racionalizaba para explicar su pérdida de vigor. ¡Tenía que ser eso! Para mí el amor era lo fundamental. En esa época me sentía en capacidad de entender las gestas y acometidas de los héroes, desde la antigüedad, en el nombre del amor por una mujer. Sin ir lejos, yo amaba a mi esposa, no la soportaba, pero la amaba, y esto lo justificaba todo para mí. La recuerdo, era una mujer fastidiosa y adorable al mismo tiempo, y sin contradicción aparente. Así son las veleidades del corazón. Para nadie es un secreto que los hombres aman a las mujeres difíciles, incluso se han escrito volúmenes y volúmenes sobre este asunto, uno de los más reconocidos, “Por qué los Hombres Aman a las Cabronas”. Se trata de un libro de autosuperación de Sherry Argov construido con más de cien entrevistas a hombres que buscan dilucidar por qué los apasiona este tipo de mujer. Por qué los atraen estos rasgos de personalidad que, con frecuencia, al principio, durante el noviazgo, al enamorado le parecen peculiaridades fascinantes y muy sensuales, pero que luego, con los años de trajín, por ejemplo al casarse, esas mismas características al marido le parecen defectos insoportables. En el peor de los casos, indicaciones para consultar a un psicoanalista.


A veces pienso que a lo largo de mi vida me he parecido a algún personaje de las óperas de Giuseppe Verdi: para mí la pasión por una mujer siempre ha sido fulminante, inaplazable, un sentimiento hondo y duradero. La sensación opiácea de amar hace que la persona no sienta frío, sueño, ni cansancio, todo le parece más bonito. Un instante de ausencia de la amada es una eternidad, la ilusión del rencuentro alivia en algo, sí, pero solo su presencia puede calmar la desesperación. El enamorado sabe que sin ella muere. Tal vez este sentimiento oceánico explica por qué el lenguaje del amor utiliza con tanta frecuencia construcciones gramaticales como la hipérbole, se trata de giros del estilo de “¡dame un beso para poder seguir viviendo!”, junto con otras formas lingüísticas como las aliteraciones, “me haces mucha, mucha, mucha falta”. En todo caso, no parece que un amor higiénico y prudente, reflexionado y aprendido, calculado y ponderado sea garantía de estabilidad y felicidad, ni siquiera de tranquilidad. Cambiar romance por confort no trae alegría. Al fin y al cabo, con nadie más que con el ser amado se comparten las miserias más primitivas de nuestra especie: comer y dormir, orinar y defecar, copular y procrear, elementos que siempre recuerdan que hacemos parte de la diversidad de la vida sobre la Tierra.


En el argot psicoanalítico: enamorarse es un estado narcisista en el que la persona sustituye la realidad externa por la interna. Se trata de una mentalidad muy cercana a la psicosis en la que se reconoce en el otro tanto lo que se valora y se necesita, como lo que atormenta y se repudia. Es como mirarse a un espejo y reconocerse en él, olvidando en gran medida que el ser amado es un individuo independiente, diferente, con historia y vida propias, con un punto de vista distinto. Y lo que hace plausible una relación amorosa de largo plazo, porque la realidad es tozuda, es precisamente la capacidad de hacer el duelo ante la pérdida de esos aspectos que forman parte de la idealización propia del enamoramiento, a cambio de una óptica realista y equilibrada en la que se acepta que por ser diferente son complementarios. Solo entonces es posible perdonar a la pareja por no ser todo lo que se esperaba. De modo que, en este sentido, el quid del asunto está en escoger una compañera sentimental, como dicen los periodistas, capaz de satisfacer las necesidades más infantiles y primitivas de la personalidad de cada cual. En este sentido, felicidad es tener la sabiduría de construir una pareja con la cual pueda realizarse el complejo de edipo en una versión adulta y modificada según las circunstancias actuales de cada persona. En suma, se trata de disfrutar con el otro. Una capacidad que no solo depende de la concentración de oxitocina, como lo pregonan los estudiosos de la neurociencia, si así fuera no existirían los amores de más de dos años de evolución. Aun cuando, de todas maneras es necesario considerar que no es natural vivir tantos años. La expectativa de vida que el hombre ha alcanzado es artificial. Es el resultado de las medidas de la salud pública, tales como el acceso al agua potable y el desecho adecuado de las aguas negras, así como a las vacunas, además del uso de antibióticos junto con la prevención y el tratamiento de muchas enfermedades más. De modo que cada vez más personas llegan a la tercera edad, y envejecer en pareja es otro de los grandes desafíos. Después de todo, la salud física es importantísima, claro, pero la salud mental tiene cinco puntos más, puesto que es la capacidad de hacer los duelos ante la pérdida de la juventud, permitiéndole al paciente encarar la hipertensión arterial, la enfermedad coronaria, el cáncer, los reemplazos articulares, y demás problemas que acompañan a la vejez.


Con el tiempo, con los sabores y los sinsabores que trae la vida, con las enseñanzas que deja la experiencia personal y el ejercicio del psicoanálisis, me ha dado por pensar que mi anciano y sabio padre sí tenía razón: el amor sí es una idea sobrevalorada. Los enamorados siempre exageran, y eso, con frecuencia, hace que el amor sea despiadado, como decía Samuel Becket, “saca lo peor que hay en las personas”. De modo que si logramos hacer consciente que todos ocupamos mucho espacio, pues somos intransigentes, mañosos, posesivos, dominantes, desconfiados, rencorosos y orgullosos, podemos hacerle más llevadera la existencia de la pareja. Si desarrollamos la capacidad de escuchar, pero de hacerlo con entrega, con empatía, tratando de dejar de lado los prejuicios para darnos la oportunidad de descubrir la actualidad emocional del otro sin imponer nuestras propias versiones, ni nuestros resentimientos, es posible tener una pareja exitosa. Después de todo, no es un enemigo. Solo así podremos superar esa sensación desesperante de extrañeza en compañía del otro, aliviando la soledad que se vive en pareja. Y si hacemos autocrítica descubriremos que juntos formamos un sistema de relación en el que cada uno aporta la mitad de lo bueno y de lo malo que hay en la pareja, somos responsables en gran medida de sus logros y fracasos. Solo así podremos superar el sentimiento desesperante de ser víctimas.


Me declaro un optimista del amor, incluso pro familia, es posible vivir satisfechos juntos, conozco muchos casos de gente que sí lo logra. Aun cuando es muy posible que siga siendo idealista, inocente. En todo caso, cada uno puede tomar la decisión de darle la oportunidad a los románticos amores. 
Claro que también es posible que yo esté envejeciéndome más rápido de lo que pensaba. Muchos insisten en que uno de los primeros signos de vejez es parecerse al papá, y, debo confesar, desde hace ya varios años me identifico con él y cito sus frases sesudas. Así que ahora, para terminar con este blog, me parece pertinente otro de sus aforismos conmovedores. Una mañana, temprano, antes de ir a trabajar, me dijo: “Mijo, el problema es que los jóvenes no saben apreciar a las mujeres”.

jueves, 27 de junio de 2013

Advertencia


Si te casas, te arrepentirás; si no te casas, también te arrepentirás. Te cases o no te cases, lo mismo te arrepentirás. Si te ríes de las locuras del mundo, las sentirás; si las lloras, también lo sentirás. Las rías o las llores, lo mismo las sentirás. Si te ahorcas, te pesará; si no te ahorcas, también te pesará. Te ahorques o no te ahorques, lo mismo te pesará. Este es, señores, el resumen de toda la filosofía de la vida.
Soren Kierkegaard



En el iPod de ella sonó, Te lo Agradezco Pero No, un dueto cadencioso de Alejandro Sanz y Shakira. Una canción audaz, que aun cuando de apariencia inofensiva, es una obra dolorida, conmovedora. Una pieza musical de ritmo suave y pegajoso, hermosa. En ella él empieza con voz ronca, agradable.

Acércate, que a lo mejor,
no te das cuenta que mi amor
no es para siempre
porque hay noches que se apaga cuándo duermes.
Díselo a tu corazón.
No habrá más fuente de dolor:
no digas que no pienso en ti,
no hago otra cosa que pensar.
Acércate un poco más,
no tengas miedo a la verdad.
Y cuándo llegue la mañana y salga el sol
tú volverás a mi lado y ya no yo.
Y ahora vete, vete, vete, vete;
vete y pásatelo bien,
con nosotros dos.
No, corazón.
Te lo agradezco, pero no.
Te lo agradezco, mira niña, pero no.
Yo ya logré dejarte aparte,
no hago otra cosa que olvidarte.
Te lo agradezco pero no.
Te lo agradezco, mira niña, pero no.
Te lo agradezco corazón, pero no,
tú sabes bien qué.

Era una noche estrellada con algunas pocas nubes y la luna llena parecía un adorno puesto allí para la felicidad exclusiva de Juan y Andrea. Desde hacía algunos días la parejita estaba en conversaciones, en el sentido romántico de la expresión, claro está. Los había presentado un matrimonio amigo, sin que fuera una cita a ciegas propiamente, sucede que ella necesitó que él le ayudara a resolver algún problema personal. Desde entonces, con el paso de las horas y los días, se acercaron cada vez más el uno al otro, de manera sutil, suave, como por arte de magia se volvieron indispensables el uno para el otro. Por supuesto mediante la ayuda invaluable del progreso en las telecomunicaciones mediante la Internet, así como de incontables llamadas por el teléfono fijo y el celular, complementadas con mensajes de texto y, en ocasiones, extensos correos electrónicos febriles que describían poéticamente hasta las trivialidades más insignificantes de la cotidianidad de Juan, porque era un hombre de aspiraciones literarias. En todo caso, comunicaciones que a la luz de esta relación romántica naciente se volvieron verdaderos acontecimientos que disfrutaban juntos. Desde el primer momento fue evidente la tensión sexual que había entre ellos.  

Y sonaba la hermosa balada.

Acércate un poco más
no ves que el tiempo se nos va,
da rienda suelta a lo que sientes.
Si no lo haces mala suerte.
Porque al final, si no lo ves,
puede que no me escuches, pero lo diré.

Entonces intervino suavemente la cantante.

Ay, cuando salga el sol y llegue la mañana
yo volveré a tu lado, a tu lado, con más ganas.
Y ahora vete, vete, vete, vete;
vete y pásatelo bien,
con los dos.
Te lo agradezco pero no.
Te lo agradezco, mira niño, pero no.
Yo ya logré dejarte aparte,
no hago otra cosa que olvidarte.
Te lo agradezco pero no.
Te lo agradezco, mira niña, pero no.
Yo ya logré dejarte aparte,
no hago otra cosa que olvidarte.

Estaban sentados en la mesa de la cocina del apartamento suntuoso de Andrea, junto a la ventana, desde donde podían contemplar a sus anchas la silueta de la ciudad iluminada sobre el trasfondo de la noche veraniega. ¡Qué belleza de paisaje!

El hijo de ella dormía apacible en su alcoba. Y la parejita tomaban vodka en las rocas -sobre todo él, ella fue moderada en el consumo de licor, a decir verdad, ella siempre era mesurada en todo, en cambio él era voraz-. Esa noche mágica también degustaron algunos cuadrados de galletas de soda sobre los que reposaba, en cada uno, un filete de arenque ahumado traído desde Rusia. Un descubrimiento que hizo Juan esa tarde en el supermercado. Cuando vio la lata negra, redonda, bellamente marcada con las letras doradas de ese alfabeto ininteligible y hermoso, supo que quería compartirla con Andrea.

Estaban entregados a los suyo como si estuvieran solos en el mundo. Conversaron incansables sobre asuntos personales de suma importancia. El aire grávido de deseos inconfesables podía cortarse con un cuchillo. Y, desde luego, este diálogo animadísimo incluyó algunos aspectos de sus vidas pasadas, presentes y futuras, permitiéndoles encontrar muchas más afinidades y coincidencias felices. Compartían gustos y preferencias, historias y pretensiones. Eran dichosos. Todo se veía bien aspectado, como dicen los expertos en astrología.

Mientras tanto, al fondo todavía se escuchaba la canción henchida de sabiduría, solo que Juan y Andrea no se habían percatado de ello. Ni siquiera cuando prosiguió la cantante de voz nítida en un solo maravilloso.

Tengo conciencia del daño que te hice.
Pero al mismo tiempo
no me siento responsable
de lo que pudiste pensar que fue coraje.
No fue nada más que miedo, miedo.

Y luego, en coro, el par de artistas legendarios continuaron con su interpretación maravillosa.

Te lo agradezco pero no.
Te lo agradezco, mira niña, pero no.
Yo ya logré dejarte aparte,
no hago otra cosa que olvidarte.
Te lo agradezco pero no.
Te lo agradezco, mira niño, pero no.
Yo ya logré dejarte aparte,
no hago otra cosa que olvidarte.

Pero, de repente, se enturbiaron los ojos románticos de Andrea. Parecía inminente que llorara. Entonces Juan, galante, y verdaderamente preocupado, le preguntó qué sucedía. A lo que ella respondió seca:

-Nada.

-Pero te pusiste triste, muy triste –dijo él al borde del pánico-.

Hasta que por fin, luego de un silencio incómodo que a él le pareció eterno, y lo angustió tanto que hasta se le aplacó inexplicablemente la leve euforia que el vodka le había causado, ella atinó a decir:

-Lo que pasa es que los hombres no tienen el carácter para ser fieles. Solo son capaces de dedicarse a una mujer cuando son ancianos, y ya no funcionan en la cama. El amor es un sentimiento pasajero: todo el mundo empieza enamorado hasta el fondo del alma, pero, al cabo de unos años, el uno termina tratando de matar al otro. Al principio todos somos amantes estupendos, incansables, creativos, pero con el tiempo nos volvemos pan viejo. Por eso los hombres siempre buscan nuevas conquistas y emociones. A ustedes les encanta la novedad.

-Pero, Andrea, eso es una generalización, hay muchas parejas que sí lo logran.

-Es posible –respondió ella pensativa, mientras servía un poco de hielo en el vaso de Juan, con la llegada de este tema espinoso el vodka se le terminó rápidamente-. Pero también es cierto que uno no sabe de la vida privada de la gente. Es imposible imaginarse la cantidad de problemas y humillaciones que tienen que sobrellevar las parejas para llegar a tener éxito a largo plazo.

-¿Y nosotros qué, mi amor? –fue lo único que Juan pudo decir, tratando de evitar que ella notara que estaba aterrorizado: le ardía la boca del estómago, tenía agrieras.

-Quiero darme la oportunidad de estar contigo. Pero me preocupa que me aburro de los hombres. Ningún amor me ha durado más de tres años. Me canso, empiezo a detestar la rutina, y hago hasta lo imposible para que se vuelvan locos y se vayan de una vez por todas. Inclusive eso me sucedió con mi exesposo. A los tres años de matrimonio, yo ya estaba que salía corriendo, entonces decidimos tener un hijo. Y tres años más tarde estábamos sentados en una notaría firmando los papeles que finiquitaron el divorcio. Por eso me he dedicado a educar a mi muchacho, a servir a mi familia y al trabajo que tantas satisfacciones me trae. El amor dejó de interesarme hasta que te conocí.

Juan no pudo ser más feliz:

-Te adoro Andrea. Sé que es raro decírtelo así, con tan poco tiempo de conocernos, pero no puedo evitarlo. Te volviste el centro de mi universo el día en que te vi por primera vez. Creo que se trata de un caso de amor a primera vista, a mi edad, cosa que me parece increíble, y estupenda al mismo tiempo.

A lo que Andrea respondió con voz casi imperceptible:

-Tú le das luz a mi vida, como nunca me había pasado. Por eso, aun cuando me muero del miedo, quiero darme la oportunidad de tener una relación rica contigo.

Y en el fondo se oía la voz ahogada del célebre cantante.

No hago otra cosa que olvidarte, corazón,
por la mañana temprano,
y luego en la tarde, en la noche
cuando estoy en el vacilón.
No puedo na' más que olvidarte, corazón.

Luego continuaron juntos los dos artistas reconocidísimos.

Te lo agradezco, pero no.
Te lo agradezco, mira niño, pero no.
Yo ya logré dejarte aparte,
no hago otra cosa que olvidarte.

Juan besó con fruición la boca de Andrea. Ella suspiró. Él insistió. Acariciaron sus cuerpos en llamas. Fueron silenciosos a la alcoba de ella, para no despertar al niño, y en su cama enorme, del tamaño de un ring de boxeo, hicieron el amor por primera vez en sus vidas, y con toda la entrega y la pasión que sus corazones atesoraron durante tantos años de soledad. Un penar silencioso que duró décadas. Tiempos terribles en que se extrañaron, el uno al otro, sin siquiera sin saber que existían. Un hambre que nunca habían podido saciar. Una sed terrible que apenas esa noche estelar se vino a calmar. Bástenos decir que durmieron juntos, entrelazados, agotados, aun cuando insatisfechos, tibios, en medio del estupor feliz del amor consumado a todo dar, después de haberse entregado a sus anchas, de haberse amado con la meticulosidad de un artesano.

Entre tanto, en el iPod de ella, que se había quedado olvidado en la cocina, el cantante terminó de interpretar la canción.

Te lo agradezco, corazón, pero no.
Pero ya te he dejado aparte
ahora ya no necesito más de ti.
Ya así estoy bien corazón,
no me vale que me vengas así llorando.
Una vez más,
te lo agradezco.
Tus ojos lindos, tu cuerpo bello,
lo siento niña pero no.
Al lado mío, siempre corazón.
Que cuando salga el sol
yo estaré ahí.
Y ahora vete, vete, vete,
vete al vacilón.

Después de la primera noche de amor entre Juan y Andrea una persona razonable habría dicho, como en la canción, “te lo agradezco pero no”, alejándose de la posibilidad de una relación romántica entre ellos. ¡Es indudable después de la advertencia de esa noche! Un hombre prudente, estoy seguro, habría reflexionado: “ella es escéptica del amor, no subestimes la tenacidad de las obsesiones, ten cuidado, vete antes de que la relación se afiance más, y todo sea más doloroso, simplemente dile: te lo agradezco pero no”. Por otro lado, una mujer equilibrada habría pensado, también estoy seguro: “es enamoradizo y elocuente, es romántico como un adolescente, es peligrosísimo, es un encantador de serpientes; en cambio tú eres delicada y sincera, necesitas de la alegría de un amor tranquilo, déjalo seguir adelante con su vida desordenada, simplemente dile, te lo agradezco pero no”. Incluso un psicoanalista recientemente graduado habría analizado: “esta relación surgió de las necesidades sadomasoquistas inconscientes de esta pareja neurótica: la primera noche de amor fue más una advertencia de lo que vendría adelante, que un encuentro amoroso; precisamente la certeza de que sufrirán fue los que los unió, de modo que les hace falta unas sesiones psicoanalíticas, habría sido más maduro que se dijeran, te lo agradezco pero no”. Sea lo que sea, para Juan y Andrea ya era tarde, estaban poseídos por la idiocia del enamoramiento, siguieron adelante con su relación sin considerar admoniciones: él caviló, “conmigo recuperará la fe en el amor”, mientras ella especuló, “me adora, me acepta como soy, su paciencia es ilimitada”.

Así que la parejita siguió adelante apasionada como ninguna. Se idolatraban. Pero, en la medida en que ella lo amó cada día más, al mismo tiempo se llenó de terror y de desconfianza. Amarlo la hacía vulnerable. Estaba fuera de control, como suspendida de las manos de él. En cualquier momento la dejaría caer, y se estrellaría catastróficamente contra el suelo. Y, como es natural, crecía en ella la certeza de que él era infiel. Hasta que llegó el día en que aseguró que él tenía una amante, una amante imaginaria, pues nunca logró confirmar ni rechazar la posibilidad de su existencia. En todo caso, se enraizó en ella una sospecha cada vez más arraigada y destructiva que originaba discusiones inacabables, circulares, al fin y al cabo era la palabra de él contra la de ella. Se parecían mucho a los debates prolongadísimos que tenían en Bizancio los doctores de la Santa Madre Iglesia sobre el sexo de los ángeles, o sobre cuántos de ellos cabrían en la cabeza de un alfiler. La relación se hizo fatigante. Cualquier cosa que él hiciera podía dar lugar a suspicacias.

Entre tanto él cada día la extrañaba más, y se entristecía más. Se volvió impaciente. Lo invadían sentimientos de futilidad y de impotencia. Entonces nació en él la noción de que algún día todo acabaría cuando menos lo esperara. Empezó a apreciar su privacidad, y a valorar su autonomía, mientras se preguntaba, “¿y cómo se hace para acariciar a un tigre?”.

Andrea, por su parte, notaba la ausencia de su mente. Oía incrédula sus explicaciones. Especulaba que el fresco estaba de cuerpo presente con el corazón en las manos de la otra, seguramente más joven y más bella, más fácil y más rica. Así transcurrieron los tres años que predijo ella que duraría la relación sentimental con Juan.

Una noche sucedió algo completamente indeseable. No vale la pena recrear la totalidad del combate vergonzoso y muy ruidoso que tuvieron en esa oportunidad. Cualquiera que haya estado en una relación de pareja desesperada y desgastada y agonizante sabe de sobra que luego de años de batallas estériles e inconclusas, sin vencedor ni derrotado, de los rencores que acarrean estas situaciones tan trágicas, todo motivo se vuelve un buen pretexto para un pleito doméstico con gritos y palabras cuidadosamente escogidas para herir al otro de la manera más despiadada. Y esta reyerta entre Juan y Andrea fue de antología. Hasta el punto que en el apogeo de riña, en medio del fragor, ella llegó al extremo de estrellar contra el muro frente a su cama enorme el control remoto del decodificador de la televisión por suscripción, lo lanzó llena de ira con la esperanza de matarlo de un solo golpe en la cabeza. No lo logró. Providencialmente Juan se salvó del atentado.

Él se quedó inmóvil, en silencio, desconcertado, contempló impotente, y muy triste, el control remoto que yacía en el suelo, sobre el tapete, como el cadáver de un animal disecado. Se abrió la carcasa. Al lado podía ver la tapita de las pilas y las dos baterías pequeñas y estilizadas que rodaron unos metros. Esa noche funesta Juan conoció la lámina de plástico verde con alambritos y algunos pocos puntos de soldadura que en los programas científicos televisados llaman circuitos integrados. Reconoció la hoja de goma transparente y flexible a donde figuran los botones con los números de los canales de televisión, así como los que se utilizan para operar el decodificador, para subir y bajar el volumen, para cambiar el canal, así como apagarlo o prenderlo, según sea el caso. Los demás botones nunca entendió Juan para qué servían, a decir verdad, nunca le interesaron. En todo caso, le pareció esta escena macabra un signo ominoso. Después de todo, no es natural para un mortal común y corriente, sin entrenamiento en ingeniería, conocer las entrañas del control remoto del decodificado de la televisión por suscripción luego que la señora lo haya destruido al lanzarlo iracunda contra la pared tratando de asesinarlo.

A la mañana siguiente Juan abrió los ojos antes de que saliera el sol. Solo escuchaba la respiración de Andrea y el trinar de los pajaritos, pensó:”hoy comienzas una nueva vida, no lo olvides”. En sus sueños había tomado la decisión de dar al traste con la relación. Por fin logró resolver la contradicción de cómo estar sin ella, recordarla, y siempre pensar en ella, a la vez que, por el otro lado, tenía muy presente por qué todo debía acabar. Sentía el coraje que exige una decisión de esta envergadura. Había dormido muy mal. Siempre le sucedía luego de una disputa de estas. Eventos muy desagradables que en su mayoría se presentaron en la alcoba de ella, en su cama de tamaño olímpico. Y entre más violentas eran, peor dormía, más avergonzado se sentía.

Esa mañana amaneció fatal. Estaba amargado, con opresión en el pecho y dolor en la nuca. En madrugadas como esa odiaba la vida. El desgaste de tratar de apaciguar sin éxito a Andrea le quitaba la alegría por completo. Para él era el tercer matrimonio, mientras que para ella, el segundo. Eran personas maduras con experiencia en el amor, gente mundana que sabía lo que quería. Ya habían superado la etapa reproductiva -que según los libros de autosuperación es un factor de riesgo para el romance, y en general para la vida en pareja-, y, como si fuera poco, cada uno tenía resuelto el problema económico por su lado, de manera independiente, de modo que en la teoría, la pareja de Juan y Andrea era de buen pronóstico. Al principio creyeron con sinceridad que juntos serían felices, a pesar de las reservas de ella. Pero no fue así. 

Rápidamente los momentos gloriosos de la relación se transformaron en un desastre, y lo que los mantuvo unidos fue el amor profundo que se profesaban, pero llegó el punto en que estar juntos era terrible, y alejarse era peor todavía. Hasta el extremo de que Juan, luego de vivir con Andrea, después de Patricia y de Sandra, sus otras dos exesposas, se sintió ahíto de mujeres, además le despertaban terror, ahora solo anhelaba la suerte de una muerte pacífica y solitaria. Ideas que surgieron entre su cabeza en esa madrugada quieto entre la cama junto a ella, hasta que por último se dijo: “desde que empecé a vivir con ella no oigo el Triple Concierto de Beethoven, ni leo un libro completo, jamás preparo un pan, a decir verdad, tampoco me acuesto a la hora que quiero, ni siquiera tomo leche entera como me gusta, solo bebo la deslactosada y descremada de ella”. Entonces Juan llegó a la conclusión tremenda de que todo estaba perdido entre ellos. Ya no valía la pena hacer ningún esfuerzo. Estaban frente a un problema de pareja que no tenía solución.

Por último Juan se paró de la gran cama. Se arregló y se fue a trabajar, mientras Andrea siguió durmiendo como un muerto. Intentó hablar con ella en varias oportunidades a lo largo de la mañana. No lo logró. No contestó a sus llamadas al celular de ella. Entonces le escribió el mensaje de texto que figura a continuación.

“Anoche cruzamos el umbral del no retorno. Cosa que me avergüenza, y lamento mucho. Tú ganas, yo pierdo muy para mi pesar porque sigo adorándote, pero tienes razón: el amor tiene una tendencia universal, y muy desesperante, a degradarse. En tus palabras tan características: acabemos ya con esto. Te doy las gracias por todo lo bueno que me diste, y te pido perdón por los incontables pesares que te causé.
Adiós, mi amor.”

Dos horas más tarde Andrea no daba señas de vida. Juan especuló que estaba enfurecida y ofendida porque él terminó con la relación de esa manera tan escueta. Ya la conocía, podía anticipar sus reacciones, ella se había vuelto conmovedoramente predecible. Entonces le escribió otra nota desde su teléfono inteligente.

“También perdóname por despedirme de ti con un mensaje de texto luego de tantas cosas maravillosas que vivimos juntos durante estos años, pero qué hago, a ti no te gusta hablar sobre esto, como sueles llamar a nuestra relación con gesto de asco, mucho menos comentas nuestros problemas, te parecen pequeñeces, ni siquiera contestas al teléfono.”

Desde entonces el silencio fue sepulcral. Nunca más volvieron a saber el uno del otro, como si la tierra se los hubiera tragado.

Y ahora un comentario para terminar. Esta historia de amor desdeñado acabó trágicamente luego de que la fatiga los agobiara. No hubo engaño alguno, la advertencia estaba ahí desde el principio. Cuando empezó la relación apasionadísima entre Juan y Andrea, antes de que cualquier agresión, insulto o afrenta se hubiera pronunciado, en la época en que los dos estaban nuevecitos con toda la ilusión y el deseo de ser felices juntos, ya se había puesto en marcha el plan maestro para destruir esta relación inolvidable. De manera que aun cuando hicieron todo lo que pudieron para estar juntos, la relación se les escapó de las manos inevitablemente. Se olvidaron el uno del otro, y pronto aprendieron a vivir por separado, luego dejaron de necesitarse, y, sobre todo, se odiaron entrañablemente. No creo que hayan vivido un minuto de paz mientras estuvieron juntos; eso sí, ratos inolvidables de satisfacción y alegría, tanto como de tristeza y dolor.

Tal vez lo que puede extraerse de este relato melancólico es que la relación amorosa no tiene vocación terapéutica ni pedagógica. Es más probable tener éxito cuando las personas tienen objetivos semejantes. Cuando las parejas caminan por el mismo sendero son una buena yunta. De manera que hay necesidad de reconocer y respetar todas las advertencias desde el principio. ¡Hay que poner atención! Claro que, por otro lado, algunos comentaristas podrían afirmar categóricos que no hay que pensarlo mucho, simplemente el destino de Juan y Andrea estaba escrito desde el principio, los dioses siempre supieron que la historia de este amor sería trágica, porque así es el destino, y había que vivirlo, era ineludible. No lo sé. Me parece que al final seguramente lamentaron haber compartido sus vidas, y si no lo hubieran hecho, también lo habrían lamentado. Te enamores o no te enamores, igual te pesará, esto es una ironía. 

jueves, 30 de mayo de 2013

El curioso incidente del sushi para la cena



El amor saca lo peor que hay en los seres humanos
Samuel Beckett

Él, de sentido del humor afilado, es uno de esos maridos menudos, aun que fibrosos y ágiles, que se ven con tanta frecuencia paseando junto a su mujer enorme con cara de pocos amigos. Se trata, de una de aquellas parejas que despiertan curiosidad, las personas se preguntan con frecuencia, y en silencio claro está, “¿ese señor qué le vio?”. Pero no porque se casaron hace más de una década hay que suponer que se trata de un matrimonio opaco, desgastado, en las últimas. Es más, contra todo pronóstico conservan la capacidad de divertirse juntos, todavía disfrutan la compañía el uno del otro, son amigos podría decirse. Incluso hay momentos en que sienten una camaradería tan especial, tal vez por la confianza que les da el haber superado tantas batallas vitales. Esta es una de esas parejas que parecen hechas de cuero, o mejor aún, de madera, en todo caso de un material de esos que se gastan con el uso, y precisamente por eso se embellecen en la cotidianidad. De pronto el secreto del éxito de ellos no es tanto que se aman entrañablemente, sucede que juntos disfrutan por igual de las cosas más elementales de la vida, así como de las complejas. Cuando están juntos todo es delicioso.

Y como tantos millones de personas dispersas por el mundo entero,  pertenecen a la gran hermandad de los entusiastas del ritual del sushi. Esta es una de las fascinaciones que comparte esta pareja llamativa. Se trata de una delicadeza gastronómica cuya magia radica en su simplicidad, en la belleza al servirla, en la mezcla inequívoca del arroz blanco condimentado con un toque de vinagre, sal y azúcar, que en el Japón lo llaman sushi meshi, elemento que luego combinan con el sabor limpio del pescado crudo y fresco, muy fresco, sazonado con un poco de wasabi, aquella pasta verde tan característica de esa cocina, y que tiene un sabor particular, indescriptible, un picante penetrante al excederse en la cantidad. De todos modos, los expertos recomiendan comer el sushi al mediodía, porque los frutos del mar están recién llegados del mercado. Así que este arte milenario empieza por seleccionar y comparar el pez más adecuado. Tal vez desatender este detalle tan importante fue lo que desencadenó el curioso incidente de que se ocupa este relato asombrado.

Él supuso que esa noche pasarían un rato glorioso. Puras quimeras en el momento de imaginarlas. La invitó a comer a un restaurante japonés bonito, y muy de moda. Inocente creyó que compartirían una velada íntima, cálida, y por qué no, romántica. Al llegar, como siempre galante, le preguntó a dónde quería sentarse. Ella escogió una mesa recluida. “Todo va divinamente”, pensó él, cándido. Estaba ubicada al fondo muy cerca a la vitrina estilizada, evidentemente fría, a donde podían verse los filetes de los pescados con que confeccionarían el plato suntuoso durante esa noche. Seres vivos que no tuvieron otras pertenencias que sus propios cuerpos, y perecieron con naturalidad, sin aspaviento. Nunca se congelaron para no afectar su sabor, ni su textura.

Detrás de la vitrina, como de costumbre, estaba el maestro del sushi. Un especialista con más de una década de adiestramiento en su preparación. Lo acompañaban sus asistentes con sus sonrisas familiares. Todos daban una impresión amigable y hospitalaria, parecían dispuestos a complacer los anhelos de los comensales, así como a contestar sus preguntas e inquietudes. Se saludaron con familiaridad. Él y ella frecuentaban el lugar. Luego, los hombres siguieron adelante con su trabajo: con habilidad asombrosa confeccionaban los diferentes tipos de sushi mediante los cortes certeros de sus cuchillos perfectos. Instrumentos de trabajo tan íntimos y personales, como el cepillo de dientes, cabe anotar.

Sucede que hay varias maneras de preparar el sushi. La más sencilla es el sashimi. Una presentación extraordinaria por no incluir el arroz, se trata simplemente de las láminas del pescado fresco, crudo. Las demás preparaciones sí tienen arroz. El nigiri zushi, que quiere decir, “sushi hecho a mano”, es emblemático de Tokio, una ciudad situada en una bahía extensa y rica pesca. En este caso se le da al arroz la forma de un dedo del tamaño de un bocado. Una operación tan delicada y cuidadosa que cuando está terminado los granos quedan orientados en la misma dirección, no se apelmazan, el maestro los invita para que tan solo se apeguen con la presión justa y necesaria. Luego se condimenta con un poco de wasabi y encima se pone una tira de pescado. En la comida japonesa la simplicidad es lo esencial, ya dijimos.

En este sentido preparar sushi es como redactar un texto. Las palabras se organizan unas junto a las otras sin agolparlas, siguiendo las leyes de la gramática y de la ortografía, sí, pero sobre todo buscando que funcionen juntas. Se combinan de tal forma que dicen mucho más que su significado individual. Deberían producir una imagen en el lector, sembrarle ideas, dejarlo pensando. Es una sensación de inmaterialidad con un sentimiento extraño de estar y no estar, andando por el texto con la necesidad misteriosa de descubrir en qué termina el escrito. Así que cada elemento del documento va en la misma dirección, sin detalles superfluos, ni redundantes, así, con simplicidad y belleza, administrando la información con mesura y elegancia, seleccionando lo indispensable. El misterio está en llevar al lector de la mano por el relato.

De regreso a las variedades del sushi, también puedo informar que los empresarios del arroz en Osaka, la capital financiera del país, desarrollaron por su lado el oshi zushi, es decir, el arroz empacado en un molde cubierto con pescado hervido, que luego de desmoldar el bloque, se corta, obteniendo porciones del tamaño de un bocado. Y todavía otra manera de hacerlo es el maki zushi, los rollos. En este caso se deposita una tira de pescado, o de vegetales, o de encurtidos, sobre una lámina delgada de arroz esparcido sobre una hoja de algas tostadas, conocida como nori, que luego se envuelve formando un rollo. Una técnica que ofrece muchas posibilidades estéticas. Hasta puede enrollarse al contrario, es decir, se pone la tira de pescado en el centro, luego se ubica el alga, y el arroz queda mirando hacia el exterior de la preparación. En todo caso, el maki es un cilindro que se corta en ocho porciones del tamaño de un bocado. Pero también existe en estos restaurantes el chirashi zushi que no requiere mayor destreza en su preparación: se depositan los pedazos de pescado con algunas tiritas delgadas y sueltas de algas nori, y en ocasiones de vegetales, sobre una cama de arroz servido en una vasija redonda y de borde alto. Un plato que con frecuencia se encuentra en las estaciones del tren en el Japón, a donde se conoce como eki ben; también se acostumbra en los picnics, las loncheras de los niños que van al colegio y en los portacomidas de los obreros. Por último, es posible hacer mezclas de arroz y pescados y vegetales en un plato, se le llama maze sushi.

En suma, lo que hace sushi al sushi es el arroz, ya lo dijimos. Arroz que queda un poco más duro que el habitual porque se prepara vertiéndolo en poca agua hirviendo. Luego, cuando se ha cocinado, se deja reposar en un recipiente plano y ancho que generalmente es de madera, se llama hangiri, y allí se deja enfriar. Como todo en la culinaria japonesa, este implemento tiene sentido: la madera absorbe la humedad del arroz caliente y lo enfría más rápido, además es ancho, de modo que permite esparcirlo en una capa delgada sin que se apelmace. Por último, allí mismo se condimenta con el vinagre, el azúcar y la sal, confeccionando el sushi meshi, y se deja reposar hasta que llegue el momento de crear el sushi.

Seguimos conversando, al sentarse esa noche, él y ella quiero decir, este era el más tradicional de los restaurantes especializados en este tipo de comida en la ciudad a juzgar porque generalmente encontraban mesas ocupadas por hombres y mujeres de apariencia asiática, lo digo por sus facciones, y porque a veces podían oír su idioma, pero sobre todo por sus modales en la mesa, por los platos insólitos que pedían, y por su manera tan llamativa de compartir la comida. Para estos pueblos sentarse a la mesa es una ocasión solemne. Un momento para yantar, claro, pero sobre todo para disfrutar del afecto y de la amistad. Comer para ellos es una ocasión íntima, un acontecimiento que en ciertas ocasiones llevan a cabo en un pequeño salón privado. Alrededor de una mesa muy bajita se sientan sobre el tapete, sin zapatos, en posición de flor de loto. Los asiáticos suelen pedir varios platos pequeños con diferentes preparaciones, los pasan de mano en mano para que cada comensal se sirva un poco. Lo hacen con destreza asombrosa, y con mucha gracia, mediante los palitos de madera que aprendieron a utilizar desde la infancia. No hay reglas para combinar los alimentos ni para el orden de comerlos. Tampoco necesitan de un mesero con una bandeja yendo y viniendo de puesto en puesto. Pero también es muy interesante contemplarlos cuando comen solos, cosa extraña para nosotros, los que no concebimos salir a un restaurante sin la compañía de alguien más. De manera que a él y a ella siempre les pareció fascinante observar qué comían estas personas, y cómo lo hacían, así como aprender sobre las combinaciones de sabores que acostumbraban.

Esa noche en el lugar que ella había escogido en el restaurante más o menos concurrido, pues todavía había algunas mesas vacías, el mesero, como primera medida, les pasó toallas húmedas, tibias, para que se limpiaran sus manos. La higiene es fundamental pues sirven platos delicados, y crudos con frecuencia. Luego de un rato, el hombre diligente y serio regresó para recogerlas. A continuación les pasó la carta. Ella escogió un té verde, agari suelen llamarlo, mientras que él, una cerveza fría. La mejor bebida para acompañar el sushi dada la complejidad de sus sabores que imposibilita encontrar un vino que haga un buen maridaje. Claro que, muchos asiáticos lo combinan con saké, frío o tibio, según el gusto del consumidor.

Y para comer esa noche íntima, y estrellada, él y ella pidieron tres makis, o sea tres rollos, uno con atún rojo, conocido con el nombre sonorísimo de maguro, otro de salmón, llamado ikura, y uno de pargo rojo, porque, teniendo en cuenta que la excelencia del sushi depende de la frescura del pescado, es muy razonable escoger peces autóctonos, aun cuando no se acostumbren en el Japón. Luego él y ella vertieron un poco de salsa de soya, o shoyu, en la vasija pequeña al lado del plato, que da sabor y sal al sushi. Además él mezcló en ella un poco de wasabi y le adicionó una lámina rosada de jengibre conservado en vinagre, el gari, que aporta un sabor dulzongo, delicioso. Reservó el resto del jengibre para comérselo poco a poco intercalado con los rollos con la finalidad de limpiar la boca de los sabores del pescado, y poder degustarlos uno por uno.

Él y ella adoraban el sushi. Esa noche espléndida todo se veía bien, al menos así le pareció a él al principio. Aquel ambiente presagiaba una noche feliz que empezaba con esta cena magnífica en la dulce compañía de su amorcito. Pero ella no pensaba lo mismo, así es el amor, cada uno es un universo: encendió su teléfono inteligente. Debía hacer un par de llamadas, una de ellas a su mamá para comentarle las incidencias del día. Mientras que él, para no molestar, todavía esperanzado en que la noche saliera bien, aun cuando con un punto de tristeza en la mirada, se pasó el rato muerto observando el panorama. Decorando la pared del fondo del restaurante había un acuario del color del lapislázuli. Estaba ocupado por una docena de peces coloridos y saludables y apacibles que deambulaban por las aguas tibias sin afán, ni el más mínimo temor de que algún depredador también compartiera con ellos este paraíso artificial. En ese universo, aun cuando encerrado, no había desafíos. Él sintió cierta envidia de la simplicidad de su vida, que aun cuando cautiva, era predecible y sin sobresaltos, ni sorpresas desagradables. Entonces se preguntó si serían los mismos pescados que había visto en esa misma pecera cuando por primera vez vino a este restaurante hace más de una década. Al terminar ella con sus llamadas, él intentó de nuevo reavivar la conversación. Ella no tenía el más mínimo interés en lo que él tuviera para decirle. Entonces revisó su correo electrónico. Le explicó que durante el día había estado muy ocupada, y solo hasta ese momento encontraba la ocasión oportuna para consultarlo. Vio una circular del colegio de los niños. La leyó con cierto detenimiento. Se refería a las recomendaciones para la higiene de las criaturitas con la finalidad de prevenir que los piojos se diseminaran por todo el plantel.

Muchas veces habían tenido una conversación interrupta a causa de su teléfono inteligente, allí no había sorpresa para él, aun cuando sí, definitivamente, le molestaba esa intrusión. Ella lo sabía. Utilizaba el aparato endemoniado para alejarse de él. Detrás de este temor banal había otros miedos mucho más difíciles de combatir. Entonces le preguntó para disimular, si le pasaba algo, a lo que ella respondió seca y sin despegar los ojos del celular, “nada”. Él rabió. Ella indócil siguió garrapateando en la pantalla táctil del teléfono. Además se sintió incomprendida. Lo acusó de intolerancia, pues ella necesitaba entretenerse y relajarse luego de un día de trabajo arduo. Él rabió todavía más: para ella no era entretenido ni tranquilizante salir a comer con él. Hubo algunas recriminaciones. El maestro del sushi y sus asistentes notaron el impase doméstico desde su lugar de trabajo pero siguieron adelante con su ocupación, tan artística como científica, tal vez por discreción, o porque no tenían tiempo libre para distraerse con peleas de enamorados. A unos comensales vecinos de mesa les pareció que se trataba de un combate conyugal, aunque no podríamos decir que fue feroz, pero sí definitivamente se sintieron mal. Él y ella perdían el tiempo en este restaurante. Se dijeron palabras improcedentes en el conflicto sorpresivo que aun cuando trivial e innecesario, fue muy desagradable.

Entonces apareció frente a ellos el conjunto fabuloso de rollos de pescado y arroz envueltos en algas nori. Él tomó uno de atún con los palitos y lo introdujo por un momento entre la mezcla salsa de soya, wasabi y jengibre, sin dejarlo demasiado tiempo, sabía que si lo hacía se humedecería demasiado y se desbarataría. Así le era posible comérselo en uno, o en dos bocados. Pero las circunstancias no cambiaron. Mientras él sumergió el segundo pedazo del rollo, en este caso de salmón, y terminaba de saborear una lámina de conserva de jengibre; ella masticaba distraída y displicente un rollo de pargo rojo leyendo en su teléfono celular un flash periodístico proveniente del Huffington Post, la agencia noticiosa más consultada en el mundo. Anunciaba el retiro de Sir Alex Fergusson, el gerente general del Manchester United, o el “Man U”, como le dices los hinchas de este equipo con tanto cariño. Que no solo es una escuadra excelente, también es una marca tan valiosa como la del Real Madrid, en el universo futbolero, claro está.

Él ya había intentado vanamente de iniciar conversaciones con ella sobre temas banales y trascendentales por igual, los diálogos no prosperaron. Maquinalmente él siguió con la secuencia: rollito, salsa de soya, lámina de jengibre, sorbo de cerveza. Estaba amargado. No disfrutaba nada. Ella se había transformado en una internauta irreductible. Él pidió la segunda cerveza, visiblemente aburrido. Además ya se sabía de memoria los detalles de las formas y colores de cada uno de los pescados que daban vueltas por el acuario del fondo. Esto produjo en él, si no tristeza, cierta perplejidad. Ella entró a Facebook sin contemplaciones. Allí notó que una amiga suya había publicado en su perfil una imagen y una reflexión, ambas evidentemente budistas, que aludían a la importancia de moderar el apego a las posesiones mundanas, así como por el oropel y la vanidad. Además vio que un primo suyo había colgado en su muro una balada interpretada por una hermosa cantante brasilera de nombre impronunciable cuyo título luego de googlearlo vino a saber que era, “Hablando en serio”. Por último, ella puso una señal de agrado a una estampa de la madre Laura de Jesús Montoya, la beata colombiana que pasó a ser santa por esos días. Entonces se oyó el rugido de un bus que parecía que iba a entrar al establecimiento llevándose a todos por delante. Él, furioso, liquidó el último pedazo del rollo de pargo rojo. Y ella pasó a WhatsApp sin inmutarse, incluso con un aire algo siniestro. Una aplicación maravillosa para los usuarios de los teléfonos inteligentes que les permite enviar y recibir mensajes, de modo que las personas siempre están conectadas con sus allegados a donde quiera que estén en el mundo. Y además es gratis. Allí negoció una pulsera de fantasía con una amiga suya que vendía toda clase de artículos para dama.

El encanto de la pecera definitivamente se disipó, junto con el deleite del ritual del sushi. Ahora simplemente lamentaba haberla complacido en sentarse en la mesa más recluida del restaurante, al menos si se hubieran quedado cerca a la entrada habría tenido el paisaje humano para entretenerse mientras ella navegaba por la Internet a sus anchas, y quién sabe, de pronto hasta se habría encontrado con alguien conocido con quien conversar. Entonces decidió ir a orinar, un acontecimiento estremecedoramente sobrio y natural, perfecto para meditar y recomponer los pensamientos en lugar de matar a alguien. Además ya se había tomado tres cervezas.

Pero hay algunas piezas del puzle que no empatan. Era aún noche cerrada. Noche de experiencias extrañas, en fin, desconcertantes, e incómodas. Y esta era una pareja que disfrutaba estar juntos. Compartían el placer de las cosas sencillas y de las complejas por igual. Aun así, esa noche las cosas iban de mal en peor. Tal vez lo que sucede es que al principio de este relato aplicamos, equivocadamente, el método deductivo, el que la filosofía y la ciencia abandonaron hace años por ser tan estéril la generalización. Seguramente habría sido más exacto afirmar que con frecuencia se sentían a gusto cuando estaban juntos, no siempre. Esta fue una aseveración exagerada.

Resulta que en esta ocasión, al entrar al restaurante, él notó que en una mesa, sola, estaba sentada una hermosa asiática. Manejaba los alimentos, dispuestos tan bellamente, con los movimientos con los que Sofía Vergara se habría quitado una combinación de nailon ceñida al cuerpo, y algo trasparente. Era un espectáculo digno de verse. Él la miró con insistencia, por algunos instantes, tampoco vaya a creer que la detalló con la meticulosidad de un anatomista. La mujer tenía unos ojos renegridos que a él le parecieron tristes. Conjeturó que añoraba su tierra y su gente, que había decidido ir a recordar su ambiente y sus costumbres en esta noche rara. O, tal vez, conmemoraba el aniversario de la muerte de algún ser querido. De pronto rememoraba la ruptura definitiva de su gran amor, porque ella decidió irse de su patria aprovechando la oportunidad de venir a trabajar a este país. En fin, nunca sabremos que bullía entre la cabeza de esa misteriosa belleza oriental. Solo dios sabe que secretos habrán conocido esos ojos profundos.

Unas semanas más tarde él vino a saber, por boca de ella, que esa noche notó de inmediato su interés por la hermosa mujer proveniente de tierras lejas, enigmáticas y misteriosas. A decir verdad siempre sabía hacia dónde se dirigían los ojos de él cuando dejaban de mirarla con veneración. Era muy sensible a estos cambios insustanciales. Esa noche, eso le molestó sobre manera. En algunas oportunidades era peor que en otras. Y esa vez, en el restaurante de comida japonesa, fue una de las peores ocasiones de su vida en pareja con él, seguramente porque había tenido un día difícil en la oficina. Especuló furiosa que si estando con ella él era capaz de mirar a otra mujer de esa manera, cómo sería a sus espaldas.

Tal como le sucedió a Ana Karenina, se envideó, así llaman los muchachos a estas ocasiones en que la mente se llena espontáneamente de ideas nefastas, paranoides. Resulta al ser un alma romántica, apasionada por el drama, de carácter explosivo propenso al recuerdo, el dilema y la digresión, su cabeza empezó a mostrarle imágenes tremendas en las que lo veía en situaciones apasionadas con otras mujeres, incluso con la hermosa asiática que comía sola en el restaurante en esa noche. Y él inocente, ni siquiera le dirigió la palabra a esa señora, mucho menos le sonrió. Pero ella en lugar de hablar sobre el tema, en vez de plantearle sus inquietudes e incomodidades, utilizó el recurso que los psicoanalistas llaman “agresión pasiva”. Se aseguró de atormentarlo hasta donde más pudo con la finalidad de que lamentara por el resto de sus días siquiera haberse atrevido a dedicarle una mirada a esa mujer. Y parte del castigo implacable que le infringió fue dejarlo así, a oscuras, sin saber que había pasado durante esas semanas para que aprendiera de una vez por todas que no debía andar por ahí mirando a otras.

Entretanto para él la vida continuó con su rutina inmutable, cómoda, segura. Olvidó el impase. Muchas veces habían tenido conflictos de esta clase, ella era muy aprehensiva. De sobra sabía que había batallas que valían la pena y otras que no, así que dejó pasar este evento. Y la noche en la que al fin ella decidió explicarle lo que le había molestado tanto en esa ocasión en el restaurante japonés le aclaró el asunto que la motivó a castigarlo tan despiadadamente, mientras que a él no le interesó el tema, simplemente siguió viendo un partido de fútbol muy emocionante de la Liga Europea. Él ya no se acordaba el curioso incidente del sushi para la cena, mientras que ella sí lo recordaba con toda nitidez, entonces rabió todavía más, es más, nunca olvidó este suceso.