miércoles, 24 de febrero de 2016

La fenomenología, el psicoanálisis y la intersubjetividad




Noli foras ire, in te redi, in interiore homine habitat veritas
(No vaya al exterior, regrese al interior, la verdad yace dentro del hombre)
San Agustín


En las sedosas páginas de la edición quince de la Enciclopedia Británica publicada en 1974 -lo aclaro para que no vaya a pensar, amable lector, que para redactar este blog me basé en Wikipedia ni en El Rincón del Vago Punto Com- puede leerse que la palabra ‘fenomenología’ apareció en el siglo XVIII, cuando Johann Heinrich Lambert la utilizó para referirse a la sección de la teoría del conocimiento que diferencia entre verdad, ilusión y error. Luego en el siglo XIX se usó para designar la obra de Hegel, donde el filósofo plantea el desarrollo del espíritu desde la percepción a través de los órganos de los sentidos hasta el conocimiento absoluto. Y en el siglo XX empezó a emplearse para el movimiento cuyo objetivo es investigar y describir los fenómenos según se perciben, sin ocuparse de la causalidad, liberándose de preconceptos y suposiciones.

La fenomenología abarca perspectivas variadas. Su punto de partida se sitúa en Edmund Husserl (1859-1938), pensador alemán nacido en Australia. La consideraba un método destinado a trasformar la ciencia y la filosofía, y la elaboró progresivamente a lo largo su carrera como filósofo profesional. En todo caso, se dice que este enfoque no nació, se desarrolló, pues tiene una larga historia, y es una línea heterogénea de pensamiento.

Se trata del método que propone encarar desprevenidamente la experiencia ante el fenómeno, lo más libre que se pueda de prejuicios y del interés de describir con exactitud. El punto es dejarse impresionar. Después puede vislumbrarse la esencia del fenómeno junto con sus relaciones, basándose en el estudio de casos concretos provenientes de la experiencia o la imaginación, rastreando sus variaciones sistemáticas. Más aun, algunos insisten en que es necesario investigar la manera en que el fenómeno se presenta a la consciencia intencional -es decir, la atención dirigida hacia el objeto-. Pero otros investigadores, en cambio, proponen que el método también puede explorar la génesis de la presentación del fenómeno. Y algunos pensadores más buscan formas existenciales, estudiando el significado del fenómeno, por ejemplo de la angustia, utilizando la interpretación hermenéutica. El objeto del estudio fenomenológico es la información absoluta captada mediante intuición pura, inmanente, buscando comprender las estructuras esenciales, o noesis, y las entidades objetivas que les corresponden, o noema. En otras palabras, se infiere el objeto en sí a través de la experiencia que produce la relación con fenómeno en el observador.

Husserl argumenta que la filosofía es una ciencia. Como Kant piensa que lo empírico tiene una validez relativa, nunca absoluta, apodíctica, entonces investiga la esencia, en lugar del dato. Por ejemplo, critica el historicismo por su relativismo, pues sus premisas se construyen a través de observadores que relatan el suceso estando inmersos en el contexto histórico particular; de modo que concuerda con Dilthey en que la historia es un género literario que trata de hechos, pero no es una ciencia.

La fenomenología, en cambio, busca la esencia. Es lo opuesto al positivismo y al empirismo, escuelas que propenden por solo tener en cuenta el dato concreto. Elementos que hay que considerar porque de allí nació el pensamiento de Franz Brentano (1838-1917), filósofo descollante de la época, que fue el maestro de Husserl y que también influyó en su contemporáneo Sigmund Freud (1856-1939), por ejemplo. Husserl era matemático, y Brentano lo atrajo a la filosofía, su psicología descriptiva parecía un buen fundamento para una filosofía científica. De hecho la intencionalidad es central en la fenomenología, y proviene del pensamiento de Brentano.

Como es bien sabido, la originalidad, como la objetividad, es un ideal inalcanzable. No hay una idea que sea el punto de partida de todas las demás. De manera que de la obra de Brentano surge indirectamente la fenomenología, a través de su alumno Husserl, y, por lo tanto, la filosofía actual. Resulta que Brentano había utilizado las ciencias naturales como modelo para pensar, pues a su vez estaba influenciado por Descartes, Leibniz, Santo Tomás y Aristóteles. Por la época en que vivió Brentano debió ser un positivista posthegeliano, pero como fue sacerdote al principio de su vida, una feliz coincidencia que lo llevó a que sus raíces filosóficas estuvieran en los escolásticos, por lo tanto en la tradición aristotélica, lo cual hizo que su pensamiento fuera fecundo, preciso y serio. Consideraba el idealismo desde Kant hasta Hegel una pérdida de tiempo, pues su posición era opuesta a la suya. Como Aristóteles propendía por la observación directa sin deducciones racionales, pues solo así podía alcanzarse la esencia. De modo que el pensamiento de Brentano es revolucionario: es la conexión entre la filosofía griega y la moderna.

Entonces el trabajo filosófico de Husserl empezó a fines del siglo XIX preguntándose cómo llegaron a conformarse los números, que no son un producto natural sino un logro de la mente. Por esta vía llegó al análisis y la crítica del psicologismo, la idea de que la psicología es la base de la lógica pura. Entonces estudió la esencia de los actos mentales. Examinó la relación entre la consciencia y el ser, donde el ser es producto de la consciencia, y debe investigarse mediante una ciencia que capte la esencia, como la fenomenología. La consciencia es el lugar a donde se construyen los significados a partir de intuiciones puras, sin interpretaciones, allí se encuentra el objeto como fenómeno, no como entidad objetiva. Pero el pensamiento de Husserl también se relaciona con el de Bolzano y con el de los filósofos ingleses, en particular de Hume, además consideró a Kant y guarda cierto nexo con otros discípulos de Brentano, como Anton Marty y Alexius Meinong.

Por otra parte, Husserl también entró en conflicto con el naturalismo -la aplicación de los métodos de las ciencias naturales a todo conocimiento, incluso el que trata de la mente-, de modo que su enfoque se hizo antinaturalista. Los intentos de legitimar las ciencias humanas con una psicología experimental fracasaban en esa época porque el objeto de estudio dejaba por fuera gran parte del problema.

En general hace cien años se consideraba un dislate tomar el pensamiento como fenómeno natural. Es más, Freud también encaró esta misma dificultad, como puede leerse en el “Proyecto de una psicología científica”. Y aun cuando toda la obra freudiana está permeada por la intuición de que hay una base biológica para la mente, no tenía los recursos científicos para documentarlo. Estos pensadores estaban limitados por el conocimiento disponible de la época. En todo caso, estamos hablando de trabajos sobre este tema que aparecieron cuando recién descubrían la estructura microscópica del tejido nervios, antes de los hallazgos revolucionarios de la neurofisiología, del descubrimiento de los genes y sus mecanismos de expresión, así como de los progresos tecnológicos en este campo.

Pero, curiosamente, aún hoy perdura el antiguo hábito del pensamiento antinaturalista. Más de un siglo después en el número del International Journal of Psychoanalysis que apareció publicado en diciembre de 2015, figura un artículo que aboga por no estudiar neuropsicoanálisis escrito por Rachel Blass en colaboración con Zvi Carmeli. Cuando hoy el pensamiento imperante sí considera la mente un fenómeno natural. La mente construye representaciones del mundo modificando la neurobiología, mientras que, al mismo tiempo, la neurofisiología se expresa en la mente. Hay una relación recíproca entre mente y cerebro, conformando la unidad psicosomática.

Es más, la ontogenia de la intersubjetividad es una nueva área de investigación. Se trata del estudio de cómo se llega a desarrollar en el ser humano el fenotipo intersubjetivo, cómo se logra ese rasgo que lo hace construir relaciones simbólicas, emocionales, inconscientes, que van mucho más allá del cuerpo. Pongamos el caso de una pareja enamorada, que es mucho más que dos. Entonces la ontogenia de la intersubjetividad se pregunta cómo se logra la capacidad de vincular a las personas, cómo se alcanza este rasgo desde el desarrollo embrionario, fetal y luego en el postparto, conformando y madurando las estructuras neurológicas que dan lugar a esa capacidad mental que llamamos intersubjetividad. Cómo trasforman al individuo esas relaciones mente cuerpo en la medida en que trascurre la vida, interactuando consigo mismo y con los demás, desde la infancia hasta la senectud.

De todos modos, y de regreso a Husserl, la fenomenología acepta el dato pero también tiene en cuenta lo que no puede percibirse mediante los órganos de los sentidos, así como lo categórico, las relaciones y valores, siempre y cuando se presenten intuitivamente. Acepta los universales. Tolera las relaciones esenciales de lo empírico. Además coincide con el análisis lingüístico en tener en cuenta el reflejo del fenómeno en el aura de los significados del lenguaje común y corriente como punto de partida para el análisis fenomenológico, haciendo la salvedad de que el estudio lingüístico no basta como fundamento para el análisis del fenómeno, porque el idioma no necesariamente revela su complejidad.

Por el otro lado, contrario al fenomenalismo, la fenomenología descarta el límite poroso entre apariencia y realidad, pues considera que los fenómenos son lo único que existe y siempre hay intencionalidad en la construcción consciente de la experiencia a través de la percepción. Además la fenomenología insiste en la formación y verificación intuitivas de conceptos, entonces se opone a las reinterpretaciones trasformadoras del fenómeno, a cambio de analizarlo por lo que es en sí mismo y en sus propios términos; un postura también contraria a la del racionalismo, que privilegia la razón por encima de la experiencia, y la de la filosofía analítica, que sustituye las percepciones y las construcciones simples por los análisis complejos acerca de lo que está dado, como en el caso de la navaja de Ockham, el franciscano inglés del siglo XIII educado en Oxford. Por último, está en completo desacuerdo con el planteamiento del existencialismo de que la existencia humana es inadecuada para el análisis fenomenológico porque le da carácter de objeto a lo que no puede dársele carácter de objeto.

El método básico de la fenomenología es reduccionista. La existencia del mundo debe sopesarse, no porque dude de su existencia, lo que sucede es que el mundo en sí no es su objeto de estudio, más bien investiga cómo se construye conocimiento acerca de él. La reducción invierte la visión de su orientación hacia adelante, hacia el objeto, para dirigirla hacia adentro, hacia la consciencia, hacia cómo el fenómeno afecta al observador. La intuición es central. La persona capta algo inmediato a su presencia corporal, evento primordial sobre el que todo se fundamenta y hace colateral cualquier especulación filosófica.

El primer paso es una reducción fenomenológica: todo se percibe en la consciencia, lo cual incluye intuición, recuerdo, imaginación, juicio. El segundo paso es la reducción eidética, es decir en pos de la esencia. Sucede que la consciencia no es suficiente para llegar a conocer, entonces acude a intuiciones sobre la esencia y la estructura en busca de aquello que permanece inalterado a pesar de la infinidad de manifestaciones del fenómeno. Husserl lo llamó, invariable. Hasta que por último, el tercero paso es la reducción trascendental, lo nombró así siguiendo a Kant, pues en esta etapa vincula el fenómeno con el tiempo y el espacio, abriendo la puerta a la construcción del significado.

Entonces la fenomenología propone el retorno a la intuición y a descubrimientos esenciales como base última de la filosofía. El investigador fenomenológico siempre tiene en cuenta al observador, las diversas formas de su intencionalidad y su actitud reflexiva, porque así accede esa persona en particular al ámbito de los objetos. Cada individuo se acerca al dato a través de los significados que le atribuye, de modo que hay que examinar cómo las categorías del observador abarcan los objetos del mundo. Así que la fenomenología no es ajena a la ciencia, por el contrario trata de entender que sucede en el interior de ella, así que vuelve objeto de estudio un problema que antes no lo era.

Para Husserl el mundo de la vida recibe su forma a través de la experiencia inmediata de la persona. La relación entre la mente y el mundo está mediada por el cuerpo. No se explica el éxito rutilante de las ciencias naturales y del fracaso estrepitoso de las ciencias humanas. Así no puedan determinarse mediante una medición exacta, las verdades del mundo de la vida no son inferiores a las verdades de las ciencias exactas, son explicaciones complementarias. Lo que se necesita no es exactitud sino el acto fundamental. Y Husserl le echó la culpa de esta situación a Descartes, el primer hombre moderno, por haber creado en su filosofía la escisión entre la objetividad de lo físico y la subjetividad de lo trascendental; pero ahora la fenomenología supera este hiato artificial, antiguo y equivocado, en pos de que el hombre cultive conjuntamente lo objetivo y lo subjetivo.

Sucede que la fenomenología pasa por Descartes, el primero en construir una teoría de la subjetividad -la llama res cogitans, en contraposición a la res extensa, la información concreta, objetiva, que se percibe, y se mide-, es más, para este pensador la subjetividad es central, tiene carácter ontológico, hasta el punto que su aforismo es, “dudo luego existo”. Sin embargo, para él los sujetos son mónadas aisladas, noción que perdura en la filosofía durante siglos hasta llegar al psicologismo, en esta concepción las mentes son independientes, interactúan unas con otras, pero no se trasforman ni se afectan, tampoco construyen conjuntamente.

Me parece que los filósofos han estudiado la mente durante más de dos milenios, así que bien puede afirmarse que la raíz de estos conceptos están en la filosofía. Después de todo, fueron ellos quienes se ocuparon de comprender al hombre y sus vicisitudes, junto con sus relaciones con los demás y con la naturaleza. Algo semejante a lo que sucedía con la física y la astronomía en la antigüedad, cuando los filósofos también se encargaron de esas áreas del saber. Por el otro lado, además de un tratamiento, el psicoanálisis es una concepción del hombre y un movimiento, de modo que también tiene contexto cultural, filosófico.

Tenga en cuenta que la descripción del método fenomenológico es asombrosamente parecida al manejo técnico de la contratrasferencia –es decir, la subjetividad del psicoanalista en el diálogo analítico-, en especial en lo relacionado con la idea de alcanzar una disposición anímica que le permita dejarse impresionar por lo que trae la persona al consultorio, sean palabras, objetos, acciones o emociones. Y a través de esa actitud de observador desprevenido, neutro y abstinente, a lo largo del proceso analítico, puede llegar a conocer lo esencial en la persona, el contenido inconsciente y el conflicto, con la finalidad terapéutica de que viva más plenamente, con lo que dispone.

El psicoanalista siente, percibe, escucha, observa, recuerda y vincula esa experiencia con el aquí y el ahora, conmigo, de lo que está sucediendo inconscientemente en la sesión con esa persona en particular. Esta información perceptiva adquiere forma al identificar el patrón, se trata de la manera que el analista organiza y piensa sobre el contenido de lo que allí sucede con esa persona. Pero estos elementos solo adquieren significado en relación con las vicisitudes inconscientes de quien está ahí al interpretarlos en relación con el tiempo, el espacio y la presencia física del analista.  De modo que aun cuando cada analista, como cada persona, es diferente, la finalidad terapéutica del psicoanálisis es que la persona viva mejor, entonces al utilizar la técnica analítica, indistintamente del analista, la persona encontrará su camino personal. Se trata de una posición más coherente consigo mismo.

En otro orden de ideas, la fenomenología dio lugar a desarrollos posteriores, y alrededor de ella se formó el grupo Múnich. Alexander Pfänder se interesó por una psicología fenomenológica que se dedicó a la lógica pura, además redactó un texto filosofía fenomenológica. Moritz Geiger aplicó el método a la estética, Adolf Reinach a la filosofía del derecho, Max Scheler se enfocó en los problemas del valor y la obligación, el polaco Roman Ingarden trabajó en ontología estructural y analizó varias obras de arte, mientras Hedwig Conrad-Martius, un realista cósmico, estudió la ontología de la naturaleza. Sin embargo, ninguno de los seguidores tempranos de Husserl cultivó el idealismo trascendental, más bien se dedicaron al Realismo.

Martin Heidegger (1889-1976) también estudió a Brentano, y además fue alumno de Husserl hasta que en 1916 se unió al Grupo de Múnich. Sin embargo su distanciamiento del maestro empezó casi de inmediato. Mientras Husserl proponía innovar, de modo que con excepción de Descartes, Locke, Hume y Kant, no valía la pena estudiar filosofía, Heidegger argumentaba que sí había que conocerlos a todos. Para él la fenomenología era un método y una metafísica. Regresó a la ontología. Partía de que en griego, según Aristóteles, ‘phainomenon’ significa aquello que se muestra desde sí mismo, mientras que ‘logos’ es permitir que lo que se muestra se vea desde sí mismo de la manera exacta en que se muestra, por sí mismo. Además se alejó del método reduccionista de Husserl.

A principios del siglo XX imperaba en la filosofía una aversión por la metafísica, tal vez por eso Husserl eludió el tema, lo cual fue otro de los puntos de desencuentro con Heidegger. Por ejemplo, Husserl diría que la fórmula de Newton es verdadera así nadie haya pensado en ella; en cambio Heidegger argumentaría que este problema es una insignificancia porque la fórmula no existiría si nadie la hubiera pensado. En todo caso, como Husserl sigue a Sócrates, Platón, Descartes y Kant en que la filosofía es una ciencia estricta y definitiva. Además del pensamiento de su maestro, utiliza el de Scheler, pero también guarda relación con las formas más precisas de la metafísica, en especial con Aristóteles. Su tesis doctoral fue sobre John Duns Scotus, el gran franciscano inglés, pero también se interesó por Kant, y en sus trabajos pueden identificarse ideas presocráticas, de Platón y San Agustín, también conocido como el filósofo del hombre interior, al igual que de Descartes, Hegel, Kierkegaard, Dilthey y Bergson.

Empezó por estudiar el ser con un método hermenéutico que parte de la situación del ser humano, de manera que se volvió objeto de estudio lo que ya se comprende. En especial en lo relacionado con la poesía y la metafísica, pues se basaba en que el ser se ha olvidado a cambio de la tecnología y la fascinación del hombre moderno por dominar la Tierra, controlando seres considerados objetos. En su análisis, quien puede preguntarse acerca del ser, porque es capaz de hacerlo, tiene una posición privilegiada. El Dasein, es decir el estar aquí y ahora, es estar en el mundo. Así que es superfluo el antiguo problema de la diferencia sujeto objeto. La estructura básica del Dasein se origina en los estados de ánimo, la comprensión y el logos, delimitados por el presente. Entonces solo hay dos posibilidades para el hombre: lo auténtico y lo inauténtico, por ejemplo, cuando alguien más decide por uno.

En todo caso, el pensamiento de Heidegger es bastante desarrollado, incluso creó una terminología filosófica de muy difícil comprensión y traducción, buscaba expresar nuevas ideas y revelar realidades ignoradas a través de un lenguaje que no estuviera ya cargado de significados. Y en la segunda mitad del siglo XX, en el universo psicoanalítico sucedió algo semejante con la obra del inglés Wilfred Bion: desarrolló su propio lenguaje por la misma razón. Esta, me parece es una solución loable e ingeniosa, aun cuando también restringe las posibilidades de acceso a la obra. A veces hasta se necesita un exégeta para comprenderlos.

En suma, según “La historia de la filosofía” de Julian Marías los antecedentes de la fenomenología pueden rastrearse por más de dos mil años. Se reconoce por su precisión, fecundidad y alto nivel académico, y cuando apareció plenamente en el siglo XX se consideró el renacimiento de la auténtica filosofía. Por esa época no había una escuela imperante, el positivismo había desplazado al idealismo. Había anarquía filosófica, aun cuando en Inglaterra prevalecía el psicologismo, y Husserl se resistía a ese movimiento, por un lado porque predominaba el escepticismo, es decir, negaba que la verdad pudiera conocerse, y, por el otro lado, era relativista, cualquier cosa podía ser verdad. La fenomenología es la ciencia de los objetos ideales, así que es una ciencia a priori, una ciencia universal, estudia la esencia de la experiencia, que en últimas es un evento psíquico. Además de la experiencia, la fenomenología investiga el objeto de ella, porque es intencional y su referencia es esencial. Los objetos ideales, especies o esencias, son atemporales, mientras los reales están aquí, ahora, conmigo.

En el psicoanálisis también está presente esta dualidad: a la vez que es una disciplina hermenéutica que da significado al fenómeno, es una ciencia. La relación analítica tiene mucho que ver con dar significados a palabras, emociones, sensaciones, actitudes y conductas, en la sesión. Construye significados interpretativos, hermenéuticos. Pero también de la secuencia de las sesiones surge el proceso analítico, lo cual lleva a la elaboración de los conflictos. Entonces el psicoanálisis, como ciencia, es una disciplina que construye conocimiento basándose en innumerables casos concretos, estudiando sus variaciones, identificando regularidades de donde luego surgen explicaciones sobre la génesis de los fenómenos clínicos.

Tomemos el caso del duelo. Existe un duelo ideal como concepto que figura en los libros de teoría, y en este sentido es eterno, atemporal, invariable. Pero, por el otro lado, cómo una persona en particular vive su duelo aquí y ahora, conmigo, frente a esta pérdida en especial, es el fenómeno, el objeto de la clínica psicoanalítica. Así que cada duelo en la práctica es diferente. El aspecto hermenéutico está en darle significado a esos contenidos mentales inconscientes en la situación analítica. Y el proceso analítico es el desenvolvimiento de esa situación en una persona con su contexto.

Luego se construye conocimiento psicoanalítico al estudiar el caso individual, mediante el tradicional reporte de casos. Pero también pueden agruparse muchos casos de duelos elaborados en procesos psicoanalíticos, incluso con diferentes analistas, y compararlos mediante pruebas estadísticas cualitativas o cuantitativas, información que puede emplearse para describir desenlaces, así como para compararlos con otros tratamientos, como el conductismo o los psicofármacos, hasta puede ponerse a prueba el psicoanálisis frente a diagnósticos mentales para medir su eficacia en esas circunstancias. Al fin y al cabo, el psicoanálisis es un tratamiento, y puede investigarse para buscar verdades esenciales, pero también para buscar regularidades en el fenómeno clínico, y para medir su eficacia y establecer sus indicaciones.

Es por eso que en las publicaciones psicoanalíticas periódicas coexisten los tradicionales reportes de casos con trabajos hechos con diversos tipos de diseños, tanto cualitativos, como cuantitativos. Vivimos una época interesantísima, presenciamos la construcción del psicoanálisis basado en la evidencia. Y déjeme decirle que el proceso psicoanalítico se correlaciona fuertemente con la mejoría de las personas, y tiene indicaciones bastante amplias en salud mental. Pero, por ahora, dejemos acá esta digresión sobre investigación psicoanalítica, para seguir con la historia tan interesante que traíamos sobre filosofía.

En Alemania, luego de la Segunda Guerra Mundial, resurgió el interés por la fenomenología en Colonia por iniciativa de Ludwig Langrebe, Gerhard Funke y las ediciones de Walter Biemel, y también se difundió por el mundo. En Francia, uno de los primeros fue Emmanuel Lévinas, un personalista pluralista que combina las ideas de Husserl y Heidegger.

Así mismo Jean Paul Sartre (1905-1980), el principal existencialista francés, también parte de estas ideas, en especial del análisis de la consciencia de Husserl, al diferenciar entre la consciencia perceptual y la imaginativa, mediante el concepto de la intencionalidad. Además emplea la ideación como método y acepta la importancia de la psicología, hasta propone un psicoanálisis existencial. Por el otro lado, de Heidegger toma el problema de la nada, aun cuando descarta la idea del Dasein. Considera la diferencia entre ser en sí –que es opaco, materia, inalterado- y el ser para sí –o sea la consciencia permeada por la nada, donde la mala fe predomina, sin poder superarla porque es fáctica, está dada y trasciende, puede llegar a ser, no puede combinarse-. Su definición de hombre es un ser con posibilidades que se encuentra o se pierde en las elecciones que toma en relación consigo mismo. Concepto lejanamente emparentado con el Dasein que se materializa a sí mismo.

El carácter fenomenológico del análisis de Sartre está en la manera en que dilucida el comportamiento, en especial en lo que se refiere a amor, odio, sadismo, masoquismo e indiferencia, los movimientos psíquicos que son aptos para la interpretación filosófica. Además la influencia de Hegel también aparece en la obra de Sartre al interpretarlo todo de manera dialéctica, el hombre en relación con el otro, el mirar y ser visto, al dominar y ser dominado. Pero, por el otro lado, para Sartre la libertad es la característica básica del hombre, de modo que este autor está vinculado a la tradición de los grandes filósofos moralistas franceses. Claro que al final de su vida hace un viraje marxista, aun cuando desarrolla un método influenciado por la hermenéutica: ahora las elecciones del hombre están limitadas por sus condiciones sociales y psicológicas.

Pero el psicoanálisis también está permeado de esta misma dialéctica hegeliana. Al fin y al cabo, en su concepción de la mente es central la dialéctica consciente inconsciente, del yo no yo, de lo genital pregenital, de lo esquizoparanoide depresivo, de subjetividad intersubjetividad, solo para citar algunos ejemplos. La dialéctica se considera central en el hombre. Por otro lado, la dialéctica entre el determinismo y el libre albedrío también está presente en el análisis, con la premisa de que entre más madura y sana es la persona, más posibilidades tiene de libre albedrío, y para poder llegar a esa situación se habría liberado de las ataduras al pasado, a figuras de autoridad y a funcionamientos arcaicos, estereotipados, a la compulsión a la repetición.

De regreso a la difusión de la fenomenología en Francia y su relación con el existencialismo, partiendo de la idea de Husserl de la vida en el mundo, Maurice Merleau-Ponty -quien murió en 1961- gira alrededor de la noción de que la percepción de las sensaciones corporales, es decir del cuerpo como experiencia y como vía para la experiencia, en que el sujeto percibido se encarna como enlace al mundo fenomenológico. Su fenomenología de la presencia humana en el mundo ofrece una alternativa al dilema rígido del idealismo y el realismo, ya que la consciencia y el mundo pueden coexistir en una relación recíproca, mutua. Entonces la fenomenología se vuelve la vía para revelar la participación esencial de la experiencia humana en el mundo, empezando por la percepción de la cotidianidad. Al final Merleau-Ponty terminó siendo más cercano a Heidegger que a Husserl. De todos modos, dio una nueva interpretación al cuerpo desde la perspectiva fenomenológica, ligándolo a la percepción del espacio, el mundo natural, el tiempo y la libertad. Así que este autor es el fenomenólogo más influyente de su país y un representante importante del existencialismo francés, junto con Sartre y Simone de Beauvoire, una escritora y novelista, también vinculada a Jessica Benjamin, una psicoanalista norteamericana de línea intersubjetiva y feminista.

Pero también Paul Ricoeur es un estudioso de la experiencia de la volición y del problema del concepto teológico de la culpa, además es el traductor de Husserl que acercó su filosofía a los jóvenes. Mientras que Suzanne Bahelard, también traductora suya, pone el acento en su importancia para la lógica moderna. Y Jacques Derrida, un filósofo que se mueve en el límite entre el pensamiento y el lenguaje, combina la fenomenología y el estructuralismo en su interpretación de la literatura, abriendo la puerta al postestructuralismo o postmodernidad.

Las obras póstumas de Husserl y su biblioteca personal se encuentran en la Universidad Católica de Lovaina en Bélgica, por iniciativa de HL Van Breda y Alphonse de Waelhens. Mientras en Holanda Stephan Strasser trabaja en psicología fenomenológica; en Italia Enzo Paci dirige el círculo de la fenomenología; en Checoslovaquia trabaja Jan Patocka, experto en fenomenología de tradición metafísica, mientras que en Polonia lo hace Roman Ingarden. Además hay actividad en este campo en Yugoslavia, Portugal, Inglaterra, Sudamérica, Japón y la India.

En Estados Unidos la fenomenología fue más bien marginal hasta que florecieron los trabajos de Marvin Farber, estudiante de Husserl, y las publicaciones de Alfred Schütz, un sociólogo austriaco estudioso del área cognitiva, que desarrolló una sociología fenomenológica. Y Aron Gurwitsch, un filósofo lituano, que llegó a la fenomenología a través de sus estudios de la psicología Gestalt en la obra de Adhemar Gelb y Kurt Goldstein, un autor que también influyó en Merleau-Ponty, y que toca áreas tan variadas como matemáticas, ciencias naturales, psicología y metafísica. Por último, también figura Herbert Spiegelberg, un fenomenólogo oriundo de Alsacia, que redactó la primera historia del movimiento.

De modo que la fenomenología ha influido en otras disciplinas como matemáticas y biología, pero sobre todo en psicología, donde Brentano y Carl Stampf abrieron el paso a William James, con la escuela de Würzburg y la Gestalt. Y en psicopatología figura Karl Jaspers, un existencialista contemporáneo que subrayó la importancia de la exploración fenomenológica de la subjetividad del paciente. Y lo siguió Ludwig Binswanger, entre otros. Además la fenomenología es importante en la psiquiatría existencial norteamericana y ha afectado la sociología, la historia y la teología. Así que la fenomenología ha resultado un lenguaje que comunica muchas disciplinas y devolvió la respetabilidad a lo cotidiano y lo subjetivo de las personas.

Y en 1984 el psicoanalista norteamericano Robert Stolorow publicó sobre fenomenología psicoanalítica. La raíz extranalítica de la intersubjetividad. En esas páginas plantea la situación en términos de que el psicoanalista es alguien que vive experiencias en relación con la persona que asiste a su consulta, y en el nivel más profundo de sus construcciones teóricas siempre hay subjetividad, aspectos emocionales, inconscientes, elementos que van mucho más allá de lo concreto. De modo que el mundo material es un dominio de la experiencia, lo cual se opone a la idea materialista y determinista de que el mundo físico tiene una esencia predominante que supedita la consciencia humana. Stolorow se une a los que abogan por una ciencia de la experiencia. Pero, mientras el psicoanálisis está hecho de las observaciones acerca del caso por caso, interpretaciones que surgen de la relación analítica, el filósofo reflexiona privadamente, en pos de construir conocimiento en términos universales, no individuales. En todo caso, Stolorow se basó fundamentalmente los planteamientos Husserl, Heidegger y Sartre acerca del estudio sistemático de la experiencia, pues diferencian entre los objetos en el mundo de la experiencia y las propiedades de la subjetividad propiamente dicha.

La otra fuente filosófica de la fenomenología psicoanalítica, o intersubjetividad, es el estructuralismo. Un enfoque que atraviesa también por disciplinas como psicología, filosofía, antropología, lingüística y crítica literaria. El análisis estructural es un método para estudiar cómo se llega a un modo particular de comprensión. Parte de las relaciones entre los fenómenos estudiados, no el fenómeno en particular, de modo que el aspecto empírico de la investigación estructural es inteligible al ordenar principios y patrones, se trata de principio inmanentes, intrínsecos del fenómeno que se estudia, y no busca factores externos, ni es una investigación causal, tampoco busca predecir. No establece conexiones entre causa y efecto, más bien estudia relaciones entre fenómenos que conforman unidades, y por lo tanto sistemas abiertos que pueden ser impredecibles. Después de todo no tienen porqué predecir el desenlace. Lo cual no quiere decir que no haya leyes que lo rijan. Así que lo adecuado de una explicación estructural no está en su capacidad predictiva, sino en unificar fenómenos mediante explicaciones de eventos que antes parecían no estar relacionados. Busca lo invariable. Una configuración estructural que se mantiene en diferentes circunstancias. La finalidad del análisis estructural es identificar las regularidades en un sistema de eventos que antes era inexplicado, desordenado, caótico. Y el psicoanálisis es la ciencia de la estructura de la subjetividad, se ocupa del patrón que organiza la experiencia y la conducta de cada persona.

La mayoría de escuelas psicoanalíticas de la actualidad han virado en el sentido de la intersubjetividad. Los psicoanalistas del mundo son más conscientes de que su subjetividad es tan determinante como la de la persona que asiste a la consulta. Que la neutralidad y la abstinencia son ideales deseables, sí, pero inalcanzables.

La intersubjetividad se atribuye fundamentalmente al psicoanálisis norteamericano porque el primero en utilizar el sustantivo ‘intersubjetividad’ en este sentido fue Stolorow, aun cuando el primero en emplearlo como adjetivo, fue Lacan. Además, según Werner Bohleber -un psicoanalista alemán de quien Peter Fonagy dice que es un erudito en filosofía europea continental-, unos años más tarde vino Thomas H Ogden, también analista norteamericano y abanderado de la intersubjetividad, quien desarrolló sus ideas acerca del tercero analítico intersubjetivo a partir de la noción del sujeto cuerpo que figura en las especulaciones filosóficas de Merleau-Ponty. Por eso se dice que Ogden lleva la fenomenología un paso más allá.

Pero la intersubjetividad no es una metapsicología, una teoría ni una escuela, tampoco es un enfoque revisionista. Es una categoría a donde desde hace un poco más de treinta años se agrupan los pensadores psicoanalíticos que consideran que la relación analítica es el producto simbólico de la dialéctica de las subjetividades del analista y el analizando en el setting analítico. Las raíces conceptuales psicoanalíticas de la intersubjetividad se encuentran fundamentalmente en la corriente postkleiniana, sin dejar de lado a Winnicott, Fairbairn y Freud, entre otros autores.

Claro que, por el otro lado, los militantes del bando poskleiniano dudan que la intersubjetividad aporte algo nuevo a la noción de que la relación trasferencia contratrasferencia es una situación total mediada por la identificación proyectiva, fantasía central a la hora de construir relaciones objetales y conocimiento psicoanalítico. Argumentan que lo que sucede es que las ideas de Klein llegaron tarde a Estados Unidos. Luego de la Segunda Guerra Mundial en ese país predominó la psicología del yo de Hartmann, después vinieron la psicología interpersonal de Sullivan y la escuela kohutiana; mientras que, por el otro lado, en los años 50 Mitchell, seguidor de Schafer y Loewald, desarrolló el modelo relacional, muy cercano al objetal inglés, pero sin tanta resonancia en el psicoanálisis mundial. Hasta que por fin en los años 80 los norteamericanos descubrieron el enfoque postkleiniano, unos cuarenta años después de que los británicos lo hallaran.


Soy de los que piensan que el psicoanálisis siempre ha sido intersubjetivo. Desde el principio ha sido una relación terapéutica que se basa en la construcción de significados a través de la interacción entre la persona y el psicoanalista. Lo que sucede es que en su etapa inicial el objeto de estudio psicoanalítico era el contenido mental de la persona que estaba en consulta con el analista. Luego, con los desarrollos teóricos posteriores en especial de la teoría objetal, se llegó a la conclusión de que el psicoanálisis es una relación entre dos personas, aun cuando asimétrica porque la persona busca ayuda, y el analista utiliza la técnica e interpreta las relaciones inconscientes que se dan entre ellos. Y, por último, mirar la relación analítica como un fenómeno intersubjetivo enriquece todavía más la situación analítica, porque el psicoanalista se vuelve copartícipe de esa estructura simbólica que se construye conjuntamente con esa persona que está ahí. 

miércoles, 17 de febrero de 2016

Neuropsicoanálisis


Este blog surge del ensayo que llamé, Neuropsicoanálisis, y que apareció publicado recientemente en la Revista de la Sociedad Colombiana de Psicoanálisis, http://www.socolpsi.org/revista.html, su bibliografía  exacta es:

Barrios S (2015). Neuropsicoanálisis. Rev Soc Col Psi 40: 215-421.

‘Neuropsicoanálisis’ fue un término acuñado por el psicoanalista y neuropsicólogo sudafricano, Mark Solms. Desde 1999 se publica la revista semestral titulada, Neuropsychoanalysis, an interdisciplinary journal for psychoanalysis and the neurosciences, órgano de difusión de la International Neuropsychoanalysis Society, creada en el año 2000. Organización que realiza congresos mundiales, anuales, promoviendo la investigación en este campo, sociedad científica que hoy cuenta con miembros en todo el mundo, con la finalidad de investigar la unión mente cuerpo.

Nada es solo lo que parece ser, la mente tiene bases biológicas. Así como hay neurobiología de la honestidad, la fe y la generosidad, de la xenofobia, la codicia y el racismo, de la satisfacción laboral, el alcoholismo y la disciplina, también la hay del aprendizaje a partir de la experiencia, el desarrollo psicosexual y el cambio psíquico, sin dejar de lado el efecto terapéutico del psicoanálisis. Existen relaciones recíprocas entre la mente y el cerebro, y en este sentido la mente sí afecta la materia, mientras el cerebro interviene en todo comportamiento. El estudio sistemático de la unidad mente cuerpo es un campo legítimo y pujante de investigación que enriquece y aumenta el poder predictivo tanto del psicoanálisis como de la neurobiología, construyendo un idioma que abre puertas al dialogo interdisciplinario.

Resulta que el cerebro, al igual que el resto del cuerpo, opera como un sistema cuya función es más que la suma de sus componentes. La mente es al sistema nervioso como la defensa es al sistema inmunológico. Para seguir con esta analogía, la primera línea de defensa es la piel y las mucosas. Y el sistema inmunológico está conformado por los glóbulos blancos, una gran familia de células que se ajustan a las necesidades momentáneas del individuo: unas aprenden a partir de la experiencia microbiológica, las exposiciones previas a los gérmenes al infectarse o al vacunarse; otras se encargan de identificar al agresor, sea bacteria, hongo o virus, así como las células del propio cuerpo que envejecieron y las anormales, como en el caso de las tumorales; y algunas células más se encargan de eliminar al agresor mediante varias estrategias. Del mismo modo, las células nerviosas, o neuronas, se distribuyen por todo el cuerpo y se especializan en diferentes actividades, y al conectarse unas con otras conforman redes que realizan funciones como la percepción, la consciencia y la memoria. Construyen representaciones del mundo y regulan el funcionamiento del organismo, permitiéndole encarar los desafíos que el medio ambiente plantea para ocupar con éxito el nicho y trasportar el ADN al lugar a donde sea más probable procrear, este es el efecto de la selección natural. 

Los mamíferos sucumben a los instintos al someterse a ellos, no los entienden. Así, los rasgos adaptativos, los que aumentan el potencial reproductivo, pasan a la siguiente generación. De manera que el cerebro y los órganos de los sentidos no están diseñados para conocer la verdad, tan solo para solucionar problemas prácticos.

Un taza de café, por ejemplo, no está ubicada en un lugar particular del cerebro. Es una representación resultante de la interacción de regiones cerebrales especializada en los aspectos que dan lugar a la experiencia de tomar café, forman una red neuronal. Algunas células se especializan en percibir el color, otras en las líneas horizontales, en las verticales, las oblicuas y las curvas de la taza, algunas más se encargan de la temperatura, de la sensación líquida y de los diferentes matices que generan los ésteres solubles y los volátiles que dan lugar al sabor y al aroma del café. Aunados a la experiencia emocional de tomárselo, por los recuerdos que conlleva, porque no es lo mismo hacerlo en la mañana, en piyama, en la casa, luego de una buena noche de sueño, que en la mitad del día, de pie, corriendo en el trabajo. Así que un café es la activación de un conjunto de células nerviosas. Pero ahí no para todo. Esa red neuronal se modifica, se enriquece y se renueva, a esto se llama neuroplasticidad, de modo que la taza de café es conocida y desconocida al mismo tiempo.

Así todas las experiencias, sin excepción, desde el nacimiento hasta la muerte, están construidas en redes neuronales. En la mente no hay nada insustancial. Es más, para muchos la muerte cerebral, es la muerte de la persona. El límite de la mente es la vida. El significado de cada experiencia depende del observador. Unas son más complejas y determinantes que otras, como en el caso de las primeras relaciones del bebé, que son emocionales y corporales, sin palabras, y perduran durante toda la vida, son la base sobre la cual se estructura la mente que llegará a ser.

Es imposible estudiar un tema sin un enfoque reduccionista, como decir, un rayo es una descarga eléctrica. Y el proceso psicoanalítico también es una experiencia, como lo es el desarrollo psicosexual y el aprendizaje a partir de la experiencia, entonces no hay por qué suponer que haya algo inmaterial en él, tiene bases biológicas como cualquier otra experiencia. El análisis también es una representación en redes neuronales del paciente y del analista. Es la activación de incontables relaciones objetales que se viven en la actualidad de la sesión, y se modifican en las vicisitudes de esas dos personas que protagonizan el encuentro analítico.

El objeto de estudio del psicoanálisis es el hombre. No hay dos pacientes iguales, como no hay dos analistas iguales, o mejor, no hay dos personas iguales, y aun así, es posible el efecto terapéutico del análisis y la investigación científica sobre la mente. Hay evidencia estadística de alta calidad que correlaciona el proceso psicoanalítico con beneficio para el paciente. Es decir, la actitud analítica es terapéutica al trabajar sobre la relación trasferencia contratrasferencia mediante neutralidad y abstinencia e interpretación.

Mientras que, por el otro lado, la neurobiología no accede a la profundidad de la condición humana, esto es pedirle peras al olmo. Sus supuestos son elocuentes científicamente, pero carecen de contenido existencial. Aun cuando sus planteamientos son confiables y reproducibles, no aluden a la mentalidad del individuo. Es una temeridad utilizar la neurobiología para hacer inferencias sobre el contenido mental de alguien en particular en un momento dado.

Estudiar neuropsicoanálisis es fértil. El psicoanálisis y la neurobiología son lenguajes diferentes que se refieren al mismo fenómeno, la distancia entre ellos es una ilusión óptica producida por la narrativa empleada. Al referirse a la relación mente cuerpo como un objeto externo se habla de neurobiología, y cuando se mira como la subjetividad de la persona, se trata de psicoanálisis. Es artificial la división mente cuerpo. Distinción semántica que solo depende del fraseo con que se describen los eventos mentales y los neurobiológicos, son dos caras de una misma moneda. Todo depende de las necesidades del hablante. El lenguaje neurobiológico no equivale al psicoanalítico, pero sí son complementarios, y juntos abren puertas a nuevas líneas de investigación, como el inconsciente, la causalidad psíquica y la psicopatología, las experiencias tempranas y la predisposición a enfermedades, el preconsciente y el inconsciente y la corteza prefrontal, construcción de la identidad, la psicoterapia y los cambios en el cerebro, psicofarmacología y psicoanálisis, el síndrome del sobreviviente al trauma.

sábado, 22 de agosto de 2015

Acerca de la concepción actual del mecanismo de defensa psicológico de la represión


Desde que empecé a formarme como psicoanalista leo con juicio y admiración la Standard Edition de las obras completas de Sigmund Freud, no porque sea el universo entero del psicoanálisis, lo digo porque con el tiempo nuestra disciplina ha progresado desde el punto de vista técnico y conceptual. Incontables investigadores la han desarrollado, aun cuando para el público no sea tan notorio, y para muchos, el análisis se reduce a las publicaciones freudianas. Lo que me maravilla de su obra es que a pesar de sus limitaciones humanas, puesto que él, como cualquier otra persona, era producto de su contexto y estaba sujeto a su punto de vista, fue el primer psicoanalista y el descubridor de la teoría del inconsciente y de la técnica para trabajarlo. La raíz del psicoanálisis está en Freud, no cabe duda, y luego nuestra disciplina floreció. Pero lo que más me asombra de todo esto es la finura de sus observaciones y su habilidad para organizar sistemáticamente esos datos transformándolos en información, en un cuerpo teórico, en una técnica, una disciplina intelectual, científica, incluso artística, una concepción del ser humano y en movimiento creciente que agrupa psicoanalistas dispersos por todo el mundo. Es muy interesante leer cómo Freud construyó poco a poco, paso a paso, su concepción psicoanalítica de la mente, concepción que aún hoy no se ha acabado de construir.
Creo que la mayoría de los psicoanalistas estarían de acuerdo conmigo en que “Lo inconsciente” de 1915 es uno de los textos fundamentales de Freud. No descubrió el inconsciente, pero sí su lógica, conceptos freudianos que permanecen inalterados cien años más tarde (Matte-Blanco, 1988; Bott Spillius, et al, 2011; Barrat, 2013; Blass, 2015). Nadie ha superado ni enmendado su concepción del inconsciente, sigue siendo la piedra angular del psicoanálisis del siglo XXI. Por eso quise unirme a esta celebración del centenario de esta publicación invaluable. Sigue siendo cierta la idea de Freud de 1925: lo inconsciente, lo reprimido y la resistencia son los componentes principales del psicoanálisis (Laverde, et al, 2012; Barratt, 2013). Y en estas reflexiones seguiré el destino, un siglo más tarde, del capítulo IV de “Lo Inconsciente” titulado, “La Tópica y la Dinámica de la Represión” (Freud, 1915, pgs 180-185), desde el punto de vista metapsicológico, de la técnica, la teoría y del neuropsicoanálisis. Y este blog que tiene ante sus ojos es el mapa conceptual de mi intervención en este evento.



Es imposible ver la realidad sin fantasía, el inconsciente siempre está activo (Freud, 1915). Es inexacta la noción de que la censura lo mantiene a raya, impidiéndole aflorar al preconsciente y al consciente. El inconsciente está en continuo desarrollo, coopera con el preconsciente y el consciente. Se trata de una relación fluida, pues sus derivados influyen en el preconsciente consciente, mientras que las vicisitudes del mundo exterior afectan el inconsciente, hasta el punto que es imposible delimitar con nitidez la frontera entre ellos, las complejidades de sus relaciones son las complejidades de la vida. La antinomia fundamental del ser humano es la coexistencia de la realidad interna y la externa, siempre, en toda operación mental, desde la solución del problema matemático más abstracto hasta el sueño más apasionado (Matte-Blanco, 1988). En el inconsciente coexisten sin contradicción pulsiones con tendencias opuestas, que en parte están vinculadas a la consciencia, así que a la vez que son inconscientes, son incapaces de ser conscientes, es decir, cualitativamente, descriptivamente, pertenecen al inconsciente, su origen define el destino. Esta es la naturaleza de las fantasías normales, así como de las neuróticas, y también de las etapas preliminares de la formación de sueños y síntomas. A pesar de su alto nivel de organización no pueden hacerse conscientes. Se acercan a la consciencia, inalterados, pero no llegan plenamente. Temas que también aparecen en la nota de pie de página de la sección número 5 anexada en 1920 a “Tres Ensayos de la Teoría Sexual” de 1905.
Las formaciones sustitutivas también son organizaciones de los derivados inconscientes, y desde el punto de vista de la consciencia, todo proviene del preconsciente. Pero el preconsciente en realidad se origina en el inconsciente, tiene el carácter de sus derivados y está sujeto a censura antes de llegar a la consciencia, aun cuando también hay partes del preconsciente que son susceptibles de ser conscientes, sin censura. Si bien el objeto de la censura es decisivo antes de hacerse preconsciente y consciente, las cosas pasan del preconsciente al consciente en virtud de la atención, reflexión que también aparece en “La Interpretación de los Sueños” de 1900. En todo caso, es una disposición particular que en el “Proyecto” de 1895 y en “Los Dos Principios del Suceder Psíquico” de 1911 Freud la vincula al principio de realidad (Freud, 1915).
En esas páginas asombrosas figura, entre otros conceptos trascendentales, y muy vigentes, la noción del mecanismo de defensa psicológico de la represión. Proceso que afecta la idea en el límite entre el preconsciente y el inconsciente, al retirarle gran parte de la energía libidinal que la enviste, y que, aun cuando reprimida, sigue activa en el inconsciente, es decir, mantiene algo de sus conexiones pulsionales (Freud, 1915, p.180). El mecanismo aísla la idea y protege la consciencia. Pero estas precauciones no son fiables, pues solo defienden del mundo exterior, nunca del interior, y alcanza la idea sustitutiva que surge de adentro hacia afuera, desde la dirección del enlace con la idea reprimida. Se trata de la represión propiamente dicha, una fuerza que viene del interior, y que también llamó represión secundaria, en todo caso, un mecanismo que afecta la idea preconsciente consciente.
El paso del inconsciente al preconsciente es un cambio en el estado, no en el contenido, es un problema más dinámico que topográfico. Pero, ¿por qué hay una represión primaria?, si se trata de una idea que no tiene relación con el preconsciente. Hay un proceso que mantiene la represión, aún después de ejercerla, que protege al preconsciente de la presión inconsciente. Un proceso que consume energía perpetuamente y que da lugar a una represión primaria cuya presencia es perenne.
Así que con este texto freudiano surge una nueva forma de ver los fenómenos psíquicos, además de las perspectivas dinámica y topográfica, aparece la económica, es decir, las vicisitudes del monto de excitación, su magnitud relativa. Y plantea que la investigación psicoanalítica lleva a que cuando un evento se expresa en términos dinámicos, topográficos y económicos, se habla de una metapsicología. Término que Freud ya había utilizado el 13 de febrero de 1896 en su correspondencia a Fliess, así como en “La Psicopatología de la Vida Cotidiana” de 1901.
Entonces intenta una descripción metapsicológica de las tres neurosis conocidas por él en ese momento. Y tenga en cuenta que Freud propone que la represión se dirige hacia las ideas libidinales, encara las pulsiones sexuales. En la ansiedad histérica hay una angustia sin nombre. En el inconsciente hay un impulso erótico que iba a aflorar al preconsciente, es un conflicto, y las fuerzas inconscientes libidinales de la idea reprimida finalmente se descargan como angustia. Una vez instaurado el mecanismo, la líbido se fuga ligándose a ideas sustitutas que tienen asociación con la reprimida, y evaden la represión precisamente porque se trata de una idea remota. La idea sustituta, por ser desplazamiento, permite racionalizar la angustia inevitable cuando la idea reprimida emerge del inconsciente como si en realidad fuera el punto de partida de ella (Freud, 1915).
En el caso de las fobias, en cambio, la angustia se manifiesta cuando se intensifica el impulso amoroso y cuando se percibe el objeto fóbico. La idea sustituta se manifiesta como evitar, renunciar, prohibir. Funciona como mecanismo para disipar angustia. Alivia dándole salida mediante una formación sustitutiva, pero la represión no es completa, funciona como una señal inhibitoria a través de la fuga por parte del preconsciente. Y téngase en cuenta que la idea de una pequeña liberación de displacer que funciona como señal que anuncia para no llegar a una liberación plena, figura en el pensamiento freudiano desde “El Proyecto” y “La Interpretación de los Sueños”, pero luego la desarrolla todavía más en “Inhibición Síntomas y Angustia”. En todo caso, la formación de sustitutos mediante desplazamientos puede continuar indefinidamente. El mecanismo defensivo proyecta al exterior el peligro instintivo. Se comporta como si la angustia no proviene del mundo instintivo sino del mundo exterior (p. 184), de las percepciones, entonces reacciona fugándose del elemento fóbico. El proceso es exitoso en que la liberación de la angustia puede controlarse, pero sacrifica la libertad, los intentos de refugiarse de las exigencias de los instintos siempre son estériles, insatisfactorios.
Por último, en la histeria conversiva la idea reprimida se traduce en síntoma, noción que ya había tocado en “Estudios sobre Histeria” de 1895. En la conversión, preconsciente y consciente participan en la formación del síntoma. Los representantes instintivos se manifiestan, y se satisface la condición de expresar el impulso junto con el efecto defensivo. Y en la neurosis obsesiva, predomina el consciente. La falta de descarga sugiere que la represión es menos efectiva que en la histeria de ansiedad.
En cuanto al destino metapsicológico del mecanismo de la represión durante estos cien años, ha sucedido mucho, incluso antes de la muerte de Freud en 1939. En “Lo Inconsciente” queda planteado que la represión está en la base de todas las medidas de defensivas, como en el caso de la formación sustitutiva, el desplazamiento, la racionalización, la proyección, la conversión, la somatización, las obsesiones y las compulsiones. La represión es la raíz de estos mecanismos. La finalidad de todos los mecanismos de defensa es reprimir impulsos agresivos y eróticos. Es más, para Freud, ‘represión’ y ‘mecanismo de defensa’ son lo mismo en ese momento, y luego en “Inhibición, Síntomas y Angustia” los separa.
Además en los trabajos de Freud, Ferenczi y Abraham aparece la proyección basada en lo anal, mientras que la introyección en lo oral. También sigue elaborando la conversión en la histeria, así como la proyección y el desplazamiento en la paranoia, junto con la negación y la escisión, mecanismo que Freud descubrió entre 1937 y 1938. En él, el yo niega la realidad, como en el caso del fetichismo, y se escinde en dos versiones del mundo. Esta es la raíz del pensamiento kleiniano (Bott Spillius, et al, 2011; Barratt, 2013). Pero también Freud plantea que los mecanismos de defensa se dirigen tanto a los impulsos eróticos como a los agresivos, a la vez que resalta que son el punto de partida del desarrollo mental. Son paradójicos, pues son centrales en el suceder psíquico, lo favorecen y lo frenan: inicialmente protegen al yo, pero si se quedan inveterados, rígidos, lo interfieren, y aun así son fundamentales para el funcionamiento mental (Bott Spillius, et al, 2011). Se trata de una transacción a donde se logra el mejor equilibrio posible para esa persona, por precario que sea.
Y en 1936 Anna Freud siguió estudiando el tema, hizo la taxonomía de los mecanismos de defensa. Además otros investigadores también aportaron, en especial Fenichel y Klein, a quien le interesaron los mecanismos de defensa infantiles en relación con la mente, el cuerpo y los objetos (Bott Spillius, et al, 2011).
Para Klein, siguiendo a Freud, resistencia es la fuerza que se opone a hacer consciente lo inconsciente, una manifestación de ansiedad, una trasferencia negativa. La negación, en cambio, es una defensa temprana, primitiva y agresiva, que Freud describió en “Sobre Masoquismo” de 1927 como una escotomización de la realidad. Un mecanismo defensivo que arrasa con la percepción, y a diferencia de la represión, aniquila la parte indeseable del objeto y del yo que se vincula a él. La negación es omnipotente, y difiere de la represión en que elimina de la consciencia o la memoria la experiencia, sea un evento interno o externo, mientras que en la represión el sujeto y el objeto permanecen intactos. La diferencia no es del todo clara, pero los kleinianos suelen preferir las palabras ‘escisión’ y ‘negación’, mientras que los freudianos clásicos, ‘represión’. De todos modos, la negación es central en la defensa maníaca, al negar las limitaciones de yo y la importancia del objeto (Bott Spillius, et al, 2011).
Klein también siguió la línea freudiana de que la represión inicialmente se dirige en contra de lo agresivo, y posteriormente, con el advenimiento del complejo de Edipo, incluye los impulsos libidinales. Entonces surgió la diferencia entre los mecanismos de defensa primitivos, tempranos, orientados hacia angustias vinculadas a la pulsión de muerte, y la represión ligada a conflictos y ansiedades libidinales. Así que el énfasis de Klein no está en la represión, la escisión ni la negación, mientras que en el psicoanálisis clásico, sí, la represión afectar el contenido afectivo y cognitivo. De hecho, el nivel de violencia de las defensas es diferente: los mecanismos primitivos son más agresivos que los neuróticos. Los primitivos distorsionan y empobrecen el yo, son fantasías omnipotentes. Además la escisión subyace a la represión, y sus formas más tempranas conducen a la desintegración, mientras que la represión no suele desintegrar. La represión es menos destructiva, está vinculada a la percepción de la realidad interna y externa, y la integridad del yo se conserva.
Claro que, por el otro lado, las defensas primitivas afectan la calidad de la represión, pues la escisión influye en la forma en que se implementará la represión, llegado el momento. Determina la interacción consciente inconsciente, en otras palabras, el grado de porosidad de las partes de la mente y sus relaciones unas con otras, elementos que definen la rigidez, la violencia o la fragilidad de los mecanismos esquizoparanoides tempranos, al igual que el nivel de integración consciente inconsciente, y por supuesto, en la represión, la escisión afecta el límite consciente inconsciente, y ninguna de las dos partes del yo se desintegra tan severamente. La escisión de los primeros meses de vida afecta la represión que vendrá, ya lo dijimos. Si los mecanismos esquizoparanoides tempranos y sus ansiedades no se han elaborado suficientemente, el resultado es que en lugar de una frontera fluida entre consciente inconsciente se formará una rígida. Así que cuando la severidad de la escisión disminuye, es más cercana a la realidad exterior, en la medida en que se alcanza la posición depresiva con mayor aceptación de la realidad interna y externa, y mejor adaptación al mundo (Klein, 1935).
Así que la relación entre escisión y represión puede verse como una división vertical y una horizontal. La defensa más severa, la escisión, parte la mente en dos, con relaciones objetales del yo diferentes en cada parte, que coexisten separadas, horizontalmente. En cambio la represión controla parte de la mente que está más integrada, y la vuelva inconsciente sin destruir su unidad, es una división vertical que impide que el contenido inconsciente suba al preconsciente y luego al consciente. La represión emerge gradualmente afectando la realidad y la naturaleza de los objetos externos.
Luego vino Bion en 1962 con su idea de los elementos alfa y beta. Se trata de un modelo teórico alternativo para estudiar la diferencia entre la represión y los mecanismos de defensa primitivos, como la identificación proyectiva. La función alfa es el proceso psicológico que genera significados a partir de la información sensorial bruta. Da origen al contenido mental que puede emplearse para pensar y soñar, y se afrontan con represión. Pero si falla, la mente acumula elementos beta, contenido impensable solo apto para descargarlo mediante identificación proyectiva patológica, masiva, y la mente se desarrolla como un instrumento solo para evacuar.
En la actualidad la escisión es un concepto muy rico y útil, que abarca una variedad amplia de fenómenos, es un mecanismo de cuatro tipos. Uno es disociativo, la escisión de la personalidad aparece ante el trauma, y en cierta medida lo escindido sigue siendo accesible para la consciencia. El segundo tipo implica negación, la escisión amputa la percepción indeseable o su significado en un intento de evitar el sufrimiento que supone la represión. Los otros dos tipos de escisión implican partir el objeto en bueno y malo, una se dirige hacia la representación del objeto a partir de la fragilidad del yo y de determinantes ambientales, mientras que el tipo de escisión de la mente es un acto primariamente destructivo que busca proteger lo bueno de la destructividad de la pulsión de muerte. Los cuatro tipos de escisión se originan en Freud. La utilidad práctica de estas ideas es que son planteamientos que aportan en la teoría y la práctica psicoanalítica, y además ahondan la comprensión de la condición humana (Blass, 2015; Sechaud, 2015; Weiss 2015).
En otro orden de ideas, en cuanto al destino de la represión desde el punto de vista de la técnica psicoanalítica, lo inconsciente, lo reprimido y la resistencia son las ideas centrales del psicoanálisis, de allí surge nuestra ciencia, una terapéutica basada en que la psicología de la represión es el origen de la estructura y la dinámica de la mente. La trasferencia nace de la compulsión a la repetición y del eterno retorno de lo reprimido, que se manifiesta en el consultorio como lo inconsciente, lo reprimido y la resistencia (Barratt, 2013).  
Y aquí es importante precisar que lo reprimido no es lo mismo que el inconsciente descriptivo, que abarca lo reprimido, pero también partes del yo y el preconsciente, además allí se encuentra la raíz de la asociación libre y la trasferencia, de modo que esta diferenciación se justifica ampliamente.
Entonces la concepción del proceso psicoanalítico ha cambiado dramáticamente durante el último siglo. Para Freud (1915) el efecto terapéutico del psicoanálisis es levantar la represión, hacer consciente lo inconsciente del paciente. El analista es un investigador que se dedica al estudio de sus contenidos mentales, y al hacerlos conscientes, producen alivio, entonces se puede alcanzar una vida más satisfactoria. Pero es inconcebible una mente libre de represión, como tampoco existe una mente excesivamente reprimida (Barratt, 2013).
Hoy, con la investigación de innumerables analistas basados en Freud y Klein, el psicoanálisis se ha vuelto una técnica bipersonal. La contratrasferencia ya no es un síntoma neurótico del analista, se ha transformado en la vía regia para captar y trabajar la trasferencia. Entonces el proceso es el devenir de la relación trasferencia contratrasferencia y la interpretación en condiciones de neutralidad abstinencia, a donde el paciente asocia libremente mientras el analista lo recibe con atención flotante. Así que, esquemáticamente, podríamos decir que el proceso analítico se trata de que el analista y el analizando elaboren juntos sus represiones y trasforman esos contenidos en pensamiento, manteniendo la asimetría de la situación analítica (Ivey, 2008; Bohleber, 2010; Coderch, 2012; Kirshner, 2015).
Por el otro lado, en cuanto al destino teórico de la represión durante los últimos cien años de investigación también ha sucedido mucho. Freud no descubrió el inconsciente, pero sí su lógica y la técnica para trabajarlo y estudiarlo (Matte-Blanco, 1988; Barrat, 2013). En aquel entonces tenía una concepción geométrica de la mente, que llamó el modelo topográfico, en el que lo inconsciente primariamente reprimido y secundariamente reprimido es el prototipo de todo fenómeno mental y la consciencia, junto con la idea de que el influjo del mundo exterior es marginal en la causalidad psíquica. El inconsciente es el Vorbild, o sea el prototipo, el estándar, el ejemplo. Y lo reprimido, lo inconsciente, es el objeto de trabajo del psicoanálisis. La represión es una defensa que logra que los pensamientos se alejen del preconsciente consciente, impidiendo reflexionar sobre ellos. El preconsciente no es consciente, es inconsciente descriptivamente, pero no se ha reprimido, las investigaciones empíricas en otras disciplinas concuerdan en que este es un aspecto fundamental del funcionamiento mental, algo muy semejante a la memoria de trabajo de la neurociencia. Así que hay un degradé entre lo que es consciente, lo preconsciente y lo reprimido, lo inconsciente, una barrera que debería ser permeable y fluida.
Gran parte del funcionamiento mental está afuera del preconsciente consciente, los eventos inconscientes en el sentido descriptivo, como en el caso de los automatismos del lenguaje, mecanismos que guían el funcionamiento preconsciente consciente pero son inconscientes. La idea de que la represión defensiva es un mecanismo de defensa que se encarga de eliminar del consciente y el preconsciente todo lo que es amenazante para el yo, mientras la represión primaria opera en lo más profundo del inconsciente, son elementos fundamentales en la estructuración de la mente a partir de la condición polimorfo perversa de la unidad psicosomática. De modo que sigue siendo cierta la premisa freudiana de 1914 de que el psicoanálisis es la psicología de la represión. Freud se preguntaba cómo se construía la mente a partir de las representaciones del mundo y la energía que se invertía en ellas, o no se invertía en ellas, en últimas, cómo surgía el orden del caos, ideas relacionadas con la noción de la compulsión a la repetición. Pensamientos que están en la raíz de la ‘unidad indivisible’ de Ignacio Matte Blanco (1988), por ejemplo. De manera que en este contexto es necesario el concepto de represión primaria, solo así podría surgir la consciencia, y su lógica aristotélica, en contraposición al inconsciente y su lógica particular, lo que Green llamaba “el puro presente del tiempo de los sueños”.
Freud se preguntaba cómo aparece el principio de realidad a partir del principio de placer, cómo surge lo objetal a partir de lo narcisista. A través de la represión primaria Freud descubre un inconsciente inaccesible al consciente, aun cuando el eterno retorno de lo reprimido siempre está allí operando. De aquí surgen tres elementos prácticos: hay sentimientos y pensamientos reprimidos intolerables para el yo consciente, pero estos contenidos siempre insisten en retornar y afectan la consciencia de una manera que el paciente no comprende, mientras que hacer consciente lo inconsciente es un trabajo arduo que va en contra de una resistencia, pero que alivia al modificar la compulsión a la repetición, entonces emerge el cambio psíquico (Sandell, et al, 2000; Barratt, 2013).
Elementos que apuntan hacia el ideal de madurez, salud, normalidad y al objetivo terapéutico del psicoanálisis. Se busca un funcionamiento fluido entre el inconsciente, el preconsciente y el consciente, que abra la posibilidad de gratificar tanto al narcisismo como al objeto, reconociendo la diferencia, aceptándose, integrando las partes escindidas de la personalidad con un yo permeable a los desafíos del mundo exterior siempre cambiante, pero también del mundo interior. Implicaría aceptar que no hay una zona libre de conflicto en la personalidad, que el equilibrio es solo de los muertos, la vida es un continuo movimiento, es sentir, ser y saber a lo largo de la continuidad existencial.
Y desde el punto de vista de la neurobiología, también ha sucedido mucho en relación con la represión. Podríamos decir que Freud tenía una relación difícil con el neuropsicoanálisis. Desde el principio buscó las bases biológicas de la mente y estaba convencido de que existían. El yo es corporal. Ideas que atraviesan toda su obra, pero, por el otro lado, también afirmaba que había un abismo entre la neurología y el psicoanálisis de la época (Barratt, 2013). Es más, todavía hoy, para los estudiosos de neuropsicoanálisis, lo planteamientos freudianos son un puente entre psicoanálisis y neurobiología, tal vez porque en una época de su vida fue neurólogo, y luego, al adquirir su identidad analítica, no abandonó del todo sus inquietudes sobre la unidad psicosomática. Claro, Freud murió antes del descubrimiento de los genes y de que sucedieran los progresos en la neurobiología que se dieron en la segunda mitad del siglo XX. Hoy se sabe que todo evento mental es cerebral, en la mente no hay nada inmaterial (Kaplan-Solms, Solms, 2002; Kandel 2012).
Pero la idea freudiana sigue en pie: la represión implica que el contendido queda por fuera de la consciencia y se pierde el control ejecutivo sobre él. La consciencia no es la agencia ejecutiva del yo, incluso el yo en gran medida es inconsciente, contrariando el esquema topográfico de Freud, a donde aceptó que había una disociación funcional. Desde esa época se sabía, por ejemplo, que la neurobiología de las palabras tiene un componente motor y uno sensorial, y sus anormalidades se manifiestan clínicamente en las afasias. En el caso de la afasia de Wernike, enfermedades cerebrales interfieren con la consciencia reflexiva, se trata de una inhabilidad para ligar pensamientos a imágenes audioverbales. Y hacer consciente lo inconsciente es la base de la cura mediante el habla, método que opera con éxito en contra de la represión, la resistencia, aliviando el sufrimiento neurótico (Sandell, et al, 2000; Kaplan-Solms, Solms, 2002).
Así mismo, la represión está presente en la anosognosia y la anosodiaforia. Los pacientes con lesiones presilvianas derechas suelen presentar estos síntomas, podríamos decir, hacen más represión, pero, por qué toleran menos la tristeza, la pérdida y la dependencia. Anosognosia quiere decir que el paciente no percibe su limitación funcional, ignora que se cuerpo ya no es como antes. En cambio en la anosodiaforia el paciente desconoce que está físicamente incapacitado en el nivel emocional, hasta podrían aceptarlo conscientemente, pero no emocionalmente, simplemente permanece indiferente frente al cambio corporal. Es común que se presente la anosognosia en la fase aguda de las lesiones presilvianas derechas, y con el tiempo cambia a una anosodiaforia en la crónica.
Además hay una metapsicología de la región ventromesial frontal, la región cerebral que tiene que ver con las trasformaciones económicas fundamentales que inhiben el proceso primario, favoreciendo el proceso secundario. Sus alteraciones afectan el principio de realidad, la estructura del yo y el superyó, el juicio y la represión. Cuando hay enfermedades en esa región se desestructuran las introyecciones narcisistas y aparece una regresión a la psicosis. Entonces la corteza prefrontal sí asume funciones ejecutivas superiores. Los únicos pacientes verdaderamente libres de represión son los que tienen enfermedades cerebrales que afectan la región ventromesial frontal. Adicionalmente la época en que se alcanza la madurez neurológica de esta zona del cerebro coincide con la etapa de la gran represión de la latencia (Kaplan-Solms, Solms, 2002). Así que la represión también es un campo de investigación apasionante para los cultores del neuropsicoanálisis y la neurobiología.
En conclusión, un siglo más tarde, “Lo Inconsciente” (Freud, 1915), y en particular el capítulo IV titulado “La Tópica y la Dinámica de la Represión”, siguen siendo ideas centrales del psicoanálisis de siglo XXI desde el punto de vista metapsicológico, de la técnica, la teoría y el neuropsicoanálisis. Se enriquecieron y se trasformaron luego de cien años de investigación, pero siguen siendo centrales para nuestro oficio artesanal. Los elementos fundamentales del psicoanálisis son lo inconsciente, lo reprimido y la resistencia, camino amplio y fértil de investigación y desarrollos psicoanalíticos venideros.
Según la nota del editor, James Strachey (Freud, 1915, p. 161-165), esta versión inglesa de “Lo Inconsciente” se basó en una edición posterior al documento original, apareció en 1925. En las versiones previas este era un ensayo continuo sin subtítulos que Freud delimitó con notas al margen, notas que en la actualidad son los títulos de las diferentes secciones del artículo. Redactó ese documento inicial en tres semanas entre el 4 y 23 de abril de 1915.
Desde entonces se considera, sin exagerar, que las “Publicaciones Sobre Metapsicología” son las obras teóricas más importantes de Freud, y que “Lo Inconsciente” es el apogeo de esa serie. El inconsciente es la base del psicoanálisis, Freud nunca dejó de insistir en ello. En “Algunas Lecciones Básicas Sobre Psicoanálisis”, obra póstuma que apareció en 1940, hay una nueva versión de las ideas consignadas en “Lo Inconsciente”. Sucede que el objetivo de este artículo no es filosófico, aun cuando en todo caso sí tiene mucho que ver con la ontología del ser humano, la consciencia, la tensión entre el libre albedrío y el determinismo, en fin toca muchos temas de interés filosófico. Más bien era una necesidad práctica para la construcción de su modelo psicoanalítico de la mente. Este artículo es indispensable.
De este texto también es muy interesante que aun cuando Freud nunca perdió su interés por lo psicosomático, es un documento puramente psicoanalítico. Si bien, las raíces de “Lo Inconsciente” pueden rastrearse hasta “El Proyecto”, e incluso antes de eso, pues dos o tres años antes, en sus trabajos sobre afasias, particularmente en el caso de Frau Emmy von N, aparece por primera vez el vocablo ‘inconsciente’. Y luego en “Estudios sobre Histeria” también utilizó un enfoque neurológico y psicoanalítico, cuando empezaba a esbozarse la teoría de la represión y del método catártico para tratarla. Después, en la “Interpretación de los Sueños” la teoría ya era coherente desde el punto de vista neurológico, y definitivamente era un escrito psicoanalítico. Con estos textos revolucionarios el inconsciente se estableció definitivamente.
Sin embargo, no es una noción libre de ambigüedades. Ya Freud había explorado las diferencias entre el uso descriptivo, el dinámico y el sistémico de la expresión, análisis que figura en “Lo Inconsciente” y luego surge otra vez en “El Yo y el Ello” de 1923 y en las “Nuevas Lecciones Introductorias” de 1933. Aludía a que la frontera entre consciente e inconsciente no es nítida, pero es el mejor recurso de que disponemos para iluminar la oscuridad en las profundidades de la mente, y la represión es fundamental en la comprensión de este universo.


Referencias

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martes, 6 de enero de 2015

¿Por qué te hace el amor, y no quiere ser tu novio?


Una paciente mencionó desde el diván en mi consultorio psicoanalítico que había leído con sumo interés un artículo llamado, ¿Por qué te hace el amor, y no quiere ser tu novio? Luego de que la sesión terminó me volvió a la cabeza ese título tan taquillero, me impresionó la osadía y el ingenio de aquel autor capaz de nombrar su documento de esa manera tan incendiaria, por lo pintoresca. Entonces recordé una pieza de reggaetón que escuché recientemente, se llama, No quiere novio, quiere vacilar na’ más. Pensé que muchas personas, mujeres y hombres, reflexionan sobre este asunto. Así me pareció que era un buen tema, y un título adecuado para el primer blog del 2015.

El lector conocedor de la neurociencia dirá que es fácil la respuesta a este interrogante. Sucede que la ilusión opiácea de los románticos amores proviene del influjo de hormonas sexuales, como testosterona y estrógeno, pero también tiene que ver con la concentración de oxitocina, y, por supuesto, con el efecto de neurotransmisores, como la serotonina, junto a otros neuropéptidos y a la acción placentera de las feromonas. Así que los enamorados exageran, son imprácticos y con frecuencia absurdos, por el carácter adictivo propio de la condición bioquímica que llamamos amor. El enamoramiento es una construcción cerebral. Una manifestación psicosomática de su tendencia a crear representaciones del mundo, que, estamos convencidos, son verdaderas. Y la seguridad es un sentimiento que no aporta evidencia para confirmar ni rechazar la exactitud de las observaciones, esto se sabe desde Aristóteles. Entonces la respuesta de los que enarbolan el argumento de la neurofisiología al por qué hay quienes le tienen aversión al compromiso es que el noviazgo es una convención social vacía, pues el determinismo de la biología tutela este sentimiento, tal como sucede con cualquier otro estado anímico, así que no se justifica ese formalismo estéril.

Un cristiano, en cambio, acotaría que el matrimonio es el remedio contra la pasión. Sucede que cuando se presenta el caso vulgar de la pareja fundamentada en la concupiscencia, en los caprichos del cuerpo, nuestra morada transitoria, la persona está desconociendo que el amor es una gracia de Dios. El sexo solo es dable con fines reproductivos dentro del matrimonio sacramental. De manera que cuando la pareja está por fuera de esos confines es una relación llena de pecado, y, como es de esperarse, esta situación anómala conlleva sufrimiento y añoranza, puesto que hay algo incompleto. Se trata de una parejita subterránea llena de vergüenza. Entonces la solución para el vértigo de los amores reprobables es simple: ejerza la templanza, no ceda a las veleidades de la carne, aléjese del pecado con disciplina en ofrenda al creador de todo lo que existe, incluso del sexo, así podrá gozar de la recompensa de un alma inmaculada y serena, y por qué no, de pronto su pareja también puede encontrar el camino del bien y se case con usted algún día.

Pero ambas respuestas que acabamos de esgrimir dejan un mal sabor en la boca. En las palabras definitivas de Walt Whitman, la humanidad es amplia, contiene multitudes. Así que lo primero que tengo para decir a propósito del problema que traemos hasta este momento es que para las parejas hay incontables maneras de estar juntas, y ninguna parece ser mejor que la otra, siempre y cuando no atente contra la dignidad ni la integridad de los demás. En especial ahora que la expectativa de vida ha aumentado tanto y en muchos paises, al menos entre los que predomina el sistema de valores occidental, hay una cierta tendencia a ser tolerantes con la diversidad. La condición humana es vasta y contradictoria, hasta el punto que es imposible desarrollar una ley universal como la gravedad que explique todas las mentalidades concebibles. No existe una idea que sea el punto de partida de todas las demás, las cosas tienen contexto, son relativas y cambiantes, por eso las generalizaciones suelen tener excepciones. Allí donde hay mente, hay conflicto.

De manera que la pregunta de los doscientos cincuenta mil dólares es más bien: ¿y cómo llegó su relación sentimental a ser tan insatisfactoria, y a perdurar a pesar de sus carencias? Después de todo, el amor es un sistema en el que ambos aportan, tanto para la construcción, como para la destrucción de la relación. Así las cosas, en la pareja no hay víctima ni victimario, incluso entre las que tienen un funcionamiento sadomasoquista. Hay complementariedad, mientras uno es pasivo el otro es activo, o de pronto, mientras uno agrede el otro padece, incluso si uno opta por el mundo de las ideas el otro prefiere lo concreto, y así sucesivamente, son muchos los aspectos que unen por ser diferentes, y así complementarios. El uno cubre las carencias del otro, y viceversa, de modo que juntos hacen una buena yunta. Y tenga en cuenta que las anotaciones consignadas en este blog son aplicables tanto para parejas heterosexuales como homosexuales.

Pero también es plausible que ese sentimiento de que falta un centavo para el peso, el lamento y la crítica, conforman un lenguaje estructurado. Un sistema de comunicación particular de cada pareja que tiene efectos y desenlaces variados y conocidos, un dialecto que se construye inconscientemente con el tiempo y la experiencia y la convivencia. Las personas se quejan con sinceridad. Algunos lo hacen como manifestación de angustia, otros de depresión. Son esfuerzos para comunicar y afectar al ser amado, quieren movilizarlo. Así que el catálogo de los defectos de la pareja es fatigante, sí, desesperante, también, pero no hay que perder de vista que, adicionalmente, es amoroso, tierno, conmovedor.

Parecería entonces que el deleite del amor está en transformar al otro según lo que cada cuál cree es mejor. ¿Pero, por qué no escogió a su pareja como la quería desde el principio? Si lo que buscaba era un noviecito confiable y consistente, un hombre predecible que a la vez fuera un continuo inventor de situaciones románticas y divertidas, que además fuera fiel y devoto a usted, así como un amante ingenioso y entregado, ¿por qué eligió al que seguro la haría sufrir por amor? Y otro tanto también le sucede a los hombres, si es ávido de ternura y afecto y atención y comprensión, ¿por qué perseveró con la cabrona? Los psicoanalistas llaman ‘decisiones neuróticas’ a elecciones como estas que van en contra de la naturaleza de las personas, aquellas en las que predomina el conflicto inconsciente, llevándolos a construir situaciones que maltratan al repetir el trauma. Así que lo que llamamos pasado es el efecto en la actualidad de situaciones ya vividas, y, desde este punto de vista, amar es asumir las consecuencias de heridas causadas y reparadas en otras épocas.

De manera que en la elección de la pareja intervienen incontables factores personales que se conjugan con los del otro. Tal vez Pablo Neruda y Mario Benedetti han confundido a la humanidad: su poesía trata mayoritariamente de la cara erótica del amor, soslayando el aspecto siniestro que también conlleva, pues en la construcción de la pareja intervienen tanto elementos amorosos, como agresivos, en todo caso, partes de la personalidad de cada cual que requieren gratificación. El asunto está en que lo destructivo no sea tan preeminente, incluso que esté al servicio de lo constructivo.

De allí proviene esa necesidad continua del enamorado de preguntarse sobre la relación y su destino, esa urgencia de siempre estar deshojando margaritas: me quiere mucho, poquito, nada; me quiere mucho, poquito, nada. Sucede que el amor tiene una condición paradójica, pues queremos amar y ser amados, pero al estar enamorados se siente vulnerabilidad, incertidumbre, terror a la intimidad por la trascendencia que el otro adquiere, de manera que a la vez que se hacen cosas para acercar a la pareja, también se hacen para alejarla.


Así que sentirse incompleto con el otro, irónicamente, es una necesidad que permite amar, porque si el otro es imperfecto es posible estar con él, de lo contrario sería intolerable. Y si fuera su novio legítimo seguro no sería tan atractivo.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Verdi y el Parricidio


En las veintisiete óperas de Giuseppe Verdi (1813-1901), uno de los grandes compositores de este género, el motivo dominante es que la tragedia empieza cuando aparece el padre. La desgracia proviene de su intervención en la vida de los hijos, y, lo más interesante, en medio del conflicto edípico el parricidio no es concreto como sucedió con los personajes de Fiodor Dostoievski, en una suerte de vendetta Verdi condena a la figura paterna a sobrevivir con todo el peso de las consecuencias terribles de sus actos nefandos. Castigo mucho más severo que la muerte. Este trabajo de psicoanálisis aplicado que aquí empieza gira alrededor de la noción de que el público de las óperas de Verdi se conmueve al identificarse a partir de su propia tragedia edípica, al fin y al cabo, el arte comunica porque el usuario de la obra se identifica con ella, por así decirlo, se ve reflejado como en un espejo. Y para el neurótico promedio el parricidio es un acto simbólico, acto mucho más terrible y complejo que el parricidio material, después de todo, si no se elaboran los conflictos inconscientes el penar perdurará durante toda la vida, y en virtud de la compulsión a la repetición sus consecuencias se reflejarán en las relaciones objetales venideras, pues el complejo de edipo es la experiencia central a la hora de estructurar el pensamiento.

En Rigoletto, por ejemplo, el Duque de Mantua es un soltero empedernido entregado a la regularidad de sus hábitos irregulares, un tipo de ambiente. Resulta que inadvertida e inesperadamente se enamora de la muy dulce e inocente Gilda, la hija única y la alegría de Rigoletto, el bufón de la corte, un sujeto amargado y deforme y envidioso. Cuando el padre descubre que la niña de la casa está en conversaciones con Mantua, de quien sospecha ya la ha despojado de su honra, se lamenta del infortunio, canta Ah! solo per me l’infamia, en esta aria maravillosa el bufón consternado se pregunta por qué la infamia solo le toca a él. Enloquecido de dolor decide tomar cartas en el asunto: evitará que el indeseable se convierta en su yerno, contrata al sicario Sparafucile para liquidar al atrevido. Además le muestra a Gilda, desde la distancia, cómo el Duque, por una parte, seduce a Maddalena, la hermana del asesino a sueldo, quien además funge como su asistente, y por otra, canta un aria estupenda, machista y cínica, sí, pero también inolvidable y hermosa, se trata de La donna e mobile, es decir, la mujer es voluble. En ella divaga risueño sobre cómo las damas son veleidosas como una pluma al viento, cambian con facilidad de estado de ánimo y de manera de pensar: así como son bellas y adorables, son confusas, lloren o rían, de manera que siempre sufrirá quien las tome demasiado en serio, y jamás será feliz quien no haya probado sus delicias. Pero resulta que Mantua era un consentido de las mujeres, entre muchos encantos tenía el don de la elocuencia y era divertido, entonces en Maddalena empieza a florecer cierto cariño hacia él, está enamoradisca. Y mientras Rigoletto enceguecido de la ira le da instrucciones precisas a Sparafucile, no se da cuenta de que Gilda lo está oyendo tramar el atentado en contra del Duque. Ella, enamoradísima, decide secretamente tomar el lugar de su amado para salvarlo, así él sea un desalmado, y a expensas de su vida propia. Mientras Maddalena, al rato, le implora a su hermano que no mate a Mantua, que más bien engañe a Rigoletto fugándose, al fin y al cabo, ya le pagó. Pero el asesino a sueldo tiene ética, se niega a aceptar la propuesta. En cambio conciben la idea de matar a la primera persona que entre en la taberna a la hora acordada y luego le entregarían ese cadáver al bufón entre un saco. Llegado el momento de la acción, Sparafucile no nota, ni le importa, que Gilda ha llegado en lugar del Duque de Mantua, sigue adelante con el plan, y la apuñala. Pero casi de inmediato Rigoletto descubre que el ardid ha fallado al escuchar al Duque cantando despreocupado La Donna e Mobile. Tiene un mal presagio. Destapa el saco que le entregó Sparafucile. Descubre horrorizado que se trata del cuerpo agonizante de su hija, quien ahora canta entre los brazos incrédulos del padre filicida, V´ho ingannato, copeovole fui, o sea, te engañé, la culpa es mía. Un aria tremenda en la que con el último hálito de vida le pide perdón y la bendición a su papá para poder ir al cielo. Hasta que por último cae el telón señalando el final de la ópera, mientras Rigoletto llora inconsolable sobre el cadáver tibio de su hija asesinada a manos del sicario que él mismo contrató.

Elegí Rigoletto como ejemplo inicial en este ensayo, porque es la ópera de Verdi que más me gusta. No tanto porque según los expertos se trata de una producción de 1851, en la que hubo progreso decisivo en cuanto a la coherencia formal. Puso el énfasis en las arias por encima de los recitativos -es decir, las secciones de diálogo semejantes a una conversación que contribuyen al progreso de la narración-, el logro técnico consistió en que les dio nuevas cualidades desde el punto de vista lírico y melódico, además las aligeró y les quitó rigidez formal, articulándolas sin que se les noten las costuras con el resto de la obra. Pero también en esta ópera hizo que el interés musical girara sobre una serie de dúos cuyo apogeo es el famosísimo cuarteto, o mejor, la coincidencia dos dúos, Gilda y Rigoletto, por un lado, y el Duque de Mantua y Maddalena, por el otro. ¡El ingenio de Verdi es innegable!

Al aplicar el lente psicoanalítico a la trama de esta ópera puede verse que el compositor se fascina con la moral y las buenas costumbres, tema edípico por excelencia. Experimenta con la noción de qué sucedería si desafiara el establecimiento, qué pasaría al poner a prueba la ansiedad de castración. La figura de Rigoletto, el padre, es de contrastes: es un hombre sufrido, bondadoso y bien intencionado, solo quiere proteger a su familia, pero es ambivalente, está poseída de un egoísmo ilimitado y una tendencia destructiva poderosa, ejerce la tiranía de los buenos motivos y es incapaz reconocer en el otro un individuo independiente y autónomo, irrespeta a los demás. En esta ópera es evidente la necesidad de amar y ser amado, puede reconocerse la capacidad de sacrificio: el Duque Mantua está enamorado por primera vez en su vida,  ama a Gilda, quien a su vez es capaz de dar su propia vida a cambio de la de su amorcito, además Maddalena, en medio de todo, es una mujer de buenos sentimientos, mientras que Sparafucile tiene moral. Por otro lado, en su faceta tanática, también comparten el escenario elementos violentos, homicidas y egoístas, con una sexualidad polimorfo perversa, narcisista, promiscua y fálica, aun cuando en pleno proceso de búsqueda del reposo de la madurez en pos de una sexualidad genital, adulta, entregada, exclusiva, definitiva, tolerante de la diferencia, con las angustias que supone elegir un objeto de amor que, aun cuando exogámico, es de raíz edípica. Por último, figura la epistemofilia, esta tragedia está ligada al descubrimiento de la verdad, la búsqueda del conocimiento de la adultez. Conjeturo que Verdi tuvo esta misma lucha interna, como cualquier otro neurótico, de modo que su tendencias amorosa, destructiva y el deseo de saber, también se translucen en esta ópera, después de todo, como es sabido, en su personalidad había elementos de sadomasoquismo, pues era irritable, rencoroso, vengativo y muy exigente, pero también tenía una vida emocional intensa que se debatía entre la disposición perversa y el don artístico. Sentía culpa, no renunciaba del todo a la contrición ni a la creación, en últimas, pecaba simbólicamente en su obra. Los personajes de Verdi no son completamente buenos ni malos, él era un estudioso de la condición humana, y seguramente por eso llegó a ser el maestro del drama musical..

Por el otro lado, en Il Trovatore -es decir, el trovador, una ópera de 1853-, la acción ambientada en España es violenta y heroica, cuenta con música poderosa. Esta es una obra interesante desde el punto de vista del análisis que traemos hasta acá, porque toca el tema de la madre a la vez que mantiene la rivalidad con el padre vengativo y tiránico. La trama se desenvuelve ante la mirada impávida de la figura materna pasiva, sometida, rencorosa, una gitana senil y enferma y manipuladora de nombre Azucena. El Conde de Luna, padre, aseguró que una gitana embrujó e incineró a su hermano menor, por ello la condenó a la hoguera, y en el momento de la inmolación ella le ordenó a su hija, Azucena, que vengara su muerte, lo cual hizo raptando al hijo menor del Conde, y luego lo convenció de que también lo había quemado. Entonces en su lecho de muerte el Conde le pidió a su hijo mayor que vengara la muerte del niño. Con los años, se llega a saber la verdad a través de las vicisitudes de un triángulo amoroso entre el trovador, Manrico, y el Conde de Luna, hijo, los dos aman a Leonora, aun cuando ella se inclina definitivamente por el tierno y desposeído Manrico, sus únicas posesiones mundanas son su laúd y sus trovas fascinantes. Mientras los gitanos cantan el bellísimo coro del yunque, Vedi le fosche notturne, en español, ved, el cielo infinito lanza su oscuridad, Azucena yace en su lecho mientras le cuenta a Manrico que no es su hijo, que es el menor del Conde de Luna, padre, y que accidentalmente incineró a su propio hijo. El trovador ama a Azucena como si fuera su madre biológica, siempre fue leal y amorosa, pero también descubre que su hermano mayor, el vicario del padre por ser el primogénito y el heredero del título, ahora es su enemigo a muerte a causa de un lío de faldas, lo cual explica la fuerza sobrenatural que le impidió matarlo. Además se entera de que su amada cree que ha muerto, y se recluirá en un convento esa misma noche para ofrecer lo que le queda de vida, poco o mucho, al servicio de dios. Azucena le ruega a Manrico que la olvide, pero no tiene fuerzas suficientes, y él, terco, enamorado, corre a buscarla. Y llega oportunamente para impedir que el Conde de Luna y a sus esbirros secuestren a Leonora, mientras el villano canta el aria Il balen del suo sorriso per me ora fatale, es decir, la luz de su sonrisa, hora fatal de mi vida. A continuación el Conde opta por la alternativa de raptar a Azucena para luego quemarla en la hoguera, convencido de que ella mató a su hermano menor y es la madre de Manrico. Entre tanto, Leonora y Manrico saborean la dulzura de sus románticos amores, nada más en el mundo les interesa, hasta que le cuentan al trovador todo lo que ha sucedido, la situación se vuelve tensa, Leonora se desmaya, un patatús a causa de las emociones tan fuertes, y él va a rescatar a Azucena. Pero todo sale mal. Entonces el Conde captura a Manrico. Ahora es Leonora quien intenta liberarlo. Le implora piedad al Conde de Luna, y le ofrece entregársele a cambio del trovador, aun cuando en secreto bebe el veneno que lleva en su anillo para morir antes de consumar el matrimonio. Esperando la ejecución,  Manrico calma a Azucena. Cuando por fin la anciana se duerme, Leonora se le acerca a él, y le dice que está libre. Pero no quiere irse sin ella, la ama. Entonces ella le cuenta que ha tomado veneno para mantenerse fiel a él. Hasta que, entre sus brazos, agoniza mientras canta Prima che d’altri vivere, que significa, antes que vivir como la mujer de otro. Ahora el Conde encuentra a su amada muriendo abrazada de su rival. Lo manda matar. Y para cuando Azucena despierta, el malvado le muestra con aire victorioso el cadáver de Manrico,  a lo que la anciana responde cantando extasiada y triunfante, Egli era tuo fratello, era tu hermano, vengando así la muerte de su madre, y el Conde contesta con el aria final de la ópera, E vivo ancor, es decir, y debo seguir viviendo.


Según la nota introductoria que James Strachey redactó para Dostoievski y el Parricidio, este artículo está dividido en dos partes: la primera tiene que ver con las ideas de Sigmund Freud sobre la personalidad de Dostoievski, además de los ataques epileptoides, toca su actitud ambivalente hacia el complejo de edipo y su pasión por el juego, al fin y al cabo este artículo se publicó en tiempos de psicología monopersonal, cuando el psicoanalista era experto en la mentalidad del paciente. También incluye la primera discusión sobre histeria desde sus publicaciones más tempranas, y plantea su perspectiva tardía a propósito del complejo de edipo. Pero, sobre todo, Strachey insiste en que con este artículo Freud tuvo la oportunidad de escribir sobre un novelista que admiró enormemente. De todos modos, las reflexiones de este trabajo de psicoanálisis aplicado que usted tiene ante sus ojos en este momento, surgen de ese texto freudiano y luego seguirán la ruta teórica postkleiniana, inglesa, del siglo XXI, al fin y al cabo, el conocimiento psicoanalítico ha seguido en continuo desarrollo. Así que con este mapa conceptual terminado solo resta redactar el artículo completo.

jueves, 9 de octubre de 2014

Elogio de la Vida a Solas


La vida a solas es grata, apacible, no es igual que ser solitario, por el contrario es disfrutar del placer de encontrarse consigo mismo, es deleitarse con la intimidad propia. Y no son puras mañas, como lo leí hace ya algún tiempo en un libro, o tal vez en una revista, es un asunto trascendental. Un día un filósofo profesional aseguraba que amaba la soltería porque el matrimonio era una paradoja de la democracia: mientras este modelo de organización social promulgaba la libertad, la igualdad y la fraternidad, el matrimonio no, era todo lo contrario. Pero no se trata simplemente del terror a la intimidad de un hombre. Una mujer profundamente espiritual y sensible afirmó en una oportunidad, así como así, sin siquiera pensarlo dos veces, el amor es el arte de la distancia.

Hay quienes conjeturan que los que viven solos se pasan los días y las noches del timbo al tambo en pos de aventuras inconfesables entre sábanas ajenas sin que nadie pueda decirles nada. Pero según he podido constatar en relatos de gente que vive sola, este estado de cosas no es lo mismo que la promiscuidad, estas personas también sienten placer con muchas cosas, son polifacéticos, unos se entusiasman con la lectura y la escritura, otros gozan con la pintura, y algunos más oyen música, incluso no falta quien prefiere dormir como un muerto. Por otro lado, sin querer decir que esta es una observación científicamente justificada, en la actualidad hay cierta tendencia a que las mujeres sientan aversión por los oficios domésticos, lo cual no tiene ningún problema, viven solas, mientras que entre ellos sucedió lo contrario, apareció una fascinación por los oficios domésticos, y tampoco hay problema, viven solos. De modo que ahora es común encontrar más cocineros que cocineras, y hasta prefieren preparar los alimentos en privado a la hora de confeccionar recetas experimentales antes de ponerlas a prueba con algún comensal. O simple y llanamente el que vive solo puede dedicarse con facilidad a lo que los italianos llaman il dolce far niente, es decir, pueden abandonarse al dulce encanto de hacer nada. Hay gente de todos los pelambres. Una vida contemplativa y recogida propicia la reflexión y la introspección, actividades como la creatividad y la meditación requieren privacidad, no pueden realizarse en medio de la muchedumbre. No en vano los monasterios son lugares quietos que satisfacen necesidades profundas del espíritu humano.

Se me viene a la cabeza una mujer de edad intermedia quien me contó inconsolable, al calor de una taza de café, que una noche le dijo a su pareja, un señor que vivía solo, ¡tú no quieres comprometerte, haces lo que te da la gana!, a lo que él respondió lleno de paciencia con la perogrullada que acababa de escuchar, claro, de eso se trata. Y no es cierto que quienes viven solos se entregan a juergas bestiales. Ni creo que sea correcta la especulación de ciertos sectores de la opinión femenina, en especial ahora que se casó el madurísimo George Clooney con la joven Amal Alamuddin, en el sentido de que a los que viven solos les llueven propuestas matrimoniales por parte de solteras esperanzadas en un hogar divino y apacible sin los sobresaltos de casarse con un muchacho veleidoso.

El psicoanalista inglés Donald Winnicott (1896-1971) escribió extensamente sobre la capacidad de estar solos como uno de los logros del desarrollo de la personalidad, un aspecto central de la madurez. Y no solo se refería a la habilidad de estar sin nadie más, aludía a que esta destreza abre la puerta para que el adulto sea capaz de ser quien es, y al mismo tiempo que acepta su individualidad, reconoce la diferencia con los demás. No siente urgencia de trasformar a nadie, ni, en el peor de los casos, de liquidar al otro cuando no funciona como quisiera. Se trata más bien de desarrollar la flexibilidad que le permita funcionar con satisfacción dentro de la colectividad sin perder de vista la individualidad, mantiene la autonomía sin desdibujarse en el grupo. El ser humano es gregario, y la tensión entre lo individual y lo colectivo es central en la vida del hombre desde que nace hasta que muere, mientras que la mente se desarrolla en medio de la relación dialéctica con los demás, y tenga en cuenta que el mínimo grupo es de tres personas, padre, madre e hijo.

Como decía arriba, Winnicott es uno de los pioneros de la idea revolucionaria de que la seriedad del juego infantil es crucial en la estructuración de la mente del adulto que llegará a ser. Al principio, en la fantasía, el bebé toma el objeto como si fuera parte de sí mismo mientras la mamá amorosa y devota lo acompaña en su subjetividad; pero con el tiempo el niño aprende, el juego se hace más complejo,  toma y deja el objeto, y vuelve a tomarlo y a dejarlo, todo esto ante los ojos cariñosos de su mamá, quien de esta manera participa en su exploración del universo, en ese ir y venir, en ese aparecer y desaparecer, y si ella logra estar allí sin romper la ilusión durante un tiempo suficiente, este proceso natural le da confianza al bebé, y llega a disfrutar de su capacidad de gobernar los objetos del mundo, pero siempre con el trasfondo de la madre confiable en medio de las vicisitudes de su habitualidad, incluso del amor y el odio que entrañan todas las relaciones humanas, y así crean juntos un espacio virtual que sirve de escenario para esta experiencia fascinante del niño; entonces poco a poco logra la capacidad de estar solo, concibe a su mamá, con quien juega, a quien ama y está disponible, puede recordarla tranquilo cuando ella está ausente, vuelve a descubrirla entre su mente; hasta que, por último, el niño llega a construir la noción de que él y ella no son un solo cuerpo, a través del juego ha encontrado el ser y el no ser, entonces puede aceptar que ella también aporte y tenga iniciativa en el juego, y él feliz.ismo, mientras la mama que sera seriedad del juego infnatil es uesto, no es lo mismo que vivir solitario.promueve e

Así que la capacidad de estar solos es un paso fundamental tanto en la construcción de la identidad como en la manera de estar con los demás. Abre la puerta para explorar el mundo sin terror a la libertad, tolerando la incertidumbre que la existencia implica y la angustia que produce el espacio vastamente grande de las posibilidades que ofrece la vida. Estas experiencias tempranas devienen en modelos para las relaciones venideras, están en la raiz del amor, la amistad, el sentido del humor, y muchas otras actividades. Hacen parte de la forma en que cada cual ocupa su espacio vital, si es intrusivo o módico, xenofóbico o acogedor, en fin, hay incontables maneras de estar en el mundo según la mentalidad de cada cual.

Y, como la mente es tan móvil, la capacidad de estar solo continuamente se está forjando en relación con los demás, no se queda fosilizada entre la mente del niño que una vez fue, antes por el contrario siempre es actual en medio de los avatares de los vínculos con los demás. Es por eso este enfoque teórico también es un modelo para pensar en la relación psicoanalítica, ya que este proceso promueve la capacidad de estar solo con satisfacción, así como la de lograr una vida más grata y equilibrada con los demás. El psicoanálisis es un discurso de liberación que se dedica al estudio del continuo que va desde lo biológico hasta lo social.